No elegimos mal: elegimos desde donde podemos

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

 Los resultados electorales no son un accidente del azar ni una muestra de ignorancia colectiva. Son el espejo fiel de un país que no ha resuelto sus desigualdades más profundas

¿Escogemos mal o simplemente estamos viendo el reflejo de un fenómeno social mucho más profundo? Esa es la pregunta que persistente, cada vez que se anuncian los resultados de unas elecciones. Y, como tradición, emergen las voces que culpan al votante: “la gente no sabe elegir”, “otra vez eligieron mal”. Pero quizá el problema no está en el acto de elegir, sino en todo lo que ocurre antes de ese momento decisivo frente a la cédula de votación.

Las elecciones del último domingo no solo han definido preferencias políticas; han vuelto a desnudar las fracturas de un país que aún no logra entenderse a sí mismo. Pensar que el voto es únicamente una decisión racional e informada es una simplificación peligrosa. En realidad, el voto es también emoción, experiencia, memoria y, sobre todo, contexto. Es la respuesta de una ciudadanía que no parte del mismo punto de acceso ni de las mismas oportunidades.

Desde una mirada educativa, el problema se vuelve aún más evidente. Durante años se ha instalado la idea de que el acceso a la educación ha mejorado porque más personas logran terminar el colegio o ingresar a la educación superior. Sin embargo, acceso no es sinónimo de calidad. En el Perú, la educación sigue siendo, en muchos casos, un privilegio antes que un derecho plenamente garantizado. No basta con estar matriculado en una institución; educar implica formar criterio, desarrollar pensamiento crítico, comprender el entorno social y político, y construir ciudadanía.

Diversos informes de organismos internacionales han advertido sobre las brechas en la calidad educativa en América Latina, y el Perú no es la excepción. Evaluaciones como PISA han mostrado limitaciones en comprensión lectora y pensamiento crítico, habilidades esenciales para analizar propuestas políticas y tomar decisiones informadas. Si a ello se suma la desigualdad territorial, donde en muchas zonas rurales el acceso a servicios educativos básicos sigue siendo limitado, el panorama se complejiza aún más.

Entonces, ¿podemos realmente exigir el mismo nivel de discernimiento político a ciudadanos que han crecido en contextos profundamente desiguales? Aquí es donde la narrativa de “escoger mal” se desmorona. No se trata de incapacidad, sino de condiciones. Muchas personas votan desde la urgencia, desde la necesidad inmediata, desde la esperanza de que alguien, por fin, atienda aquello que el Estado ha ignorado durante décadas.

El votante no siempre elige pensando en el bien común. El empresario vota por la estabilidad que favorezca su negocio. El estudiante vota por una educación que le abra oportunidades. El agricultor vota por quien prometa atender su producción. El ciudadano en situación de vulnerabilidad vota por quien le ofrezca una salida a su precariedad. ¿Es eso egoísmo? Tal vez no. Tal vez es supervivencia.

Sin embargo, desde ciertos sectores se observa una constante descalificación. En redes sociales, especialmente, se ha normalizado un discurso cargado de superioridad moral: quienes creen tener mayor información y formación critican duramente a quienes votan distinto. Se juzga sin comprender. Se señala sin escuchar. Se etiqueta sin analizar.

Ese es otro síntoma preocupante: la pérdida de empatía como tejido social. Hemos dejado de intentar entender las realidades ajenas. No logramos ver que detrás de cada voto hay una historia, una necesidad, una expectativa. En lugar de construir puentes, levantamos muros de opinión.

Este quiebre no es menor. Una democracia no se sostiene únicamente en elecciones periódicas, sino en una ciudadanía capaz de dialogar, de reconocer al otro, de construir consensos. Cuando esa capacidad se erosiona, lo que queda es una suma de intereses individuales que compiten entre sí, sin un horizonte colectivo claro.

Y aquí es donde la educación vuelve a aparecer como pieza clave. No como una solución inmediata ni simplista, sino como un proceso estructural. Una educación integral no solo transmite conocimientos, sino que forma ciudadanos. Enseña a cuestionar, a argumentar, a escuchar, a comprender la complejidad de lo social. Permite salir del pensamiento individual para imaginar lo colectivo.

Pero esa educación aún es desigual. Mientras algunos acceden a espacios que fomentan el pensamiento crítico, otros apenas logran completar una formación básica, muchas veces con limitaciones severas. En ese escenario, hablar de decisiones políticas “correctas” o “incorrectas” resulta injusto si no se consideran las condiciones en las que esas decisiones se gestan.

Además, existe un factor que suele pasar desapercibido: la relación entre abandono estatal y radicalización del voto. Cuando una población se siente históricamente ignorada, es más probable que busque opciones que prometan cambios drásticos. No porque desconozca los riesgos, sino porque el status quo nunca le ofreció respuestas reales. El voto, en esos casos, se convierte en una forma de protesta, de ruptura, de búsqueda desesperada de visibilidad.

Por eso, más que preguntarnos por qué las personas “eligen mal”, deberíamos preguntarnos qué hemos hecho como sociedad para que esas elecciones respondan a necesidades no atendidas. Qué tipo de Estado hemos construido. Qué tipo de educación estamos ofreciendo. Qué tan conectados estamos realmente como país.

Quizá el verdadero problema no sea que elijamos mal, sino que no hemos aprendido a construir juntos aquello que queremos elegir. Y mientras esa brecha persista, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: elecciones que nos dividen, resultados que nos frustran y una sociedad que, en lugar de encontrarse, se fragmenta cada vez más. Porque solo cuando entendamos que el voto es el reflejo de nuestras desigualdades, podremos empezar a cambiar lo que realmente importa: las bases sobre las que decidimos.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

Leer Anterior

Operación “Qatar” rescata a 20 mineros secuestrados en Pataz

Leer Siguiente

Selección peruana de natación artística logra 15 medallas en Panamericano de Santiago