La defensa de la Alameda: resultado de la comunicación ecológica

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

La defensa de la Alameda de la República no nació de un día para otro. Es el resultado de años de comunicación ecológica que transformó nuestra manera de entender que proteger un árbol también es proteger nuestra calidad de vida.

 

Durante décadas, hablar de desarrollo significaba construir más. Más cemento, más pistas, más infraestructura. Los árboles, muchas veces, eran vistos como obstáculos que debían retirarse para dar paso al progreso. Hoy esa percepción ha cambiado profundamente. La reacción ciudadana frente al proyecto de intervención de la Alameda de la República, en Huánuco, es una muestra de ello. Más allá de la discusión sobre una obra pública, estamos presenciando el resultado de una transformación comunicacional que ha modificado la forma en que la sociedad entiende su relación con el medio ambiente.

La conciencia ambiental es el fruto de décadas de estrategias comunicacionales impulsadas por organismos internacionales, gobiernos, organizaciones civiles, medios de comunicación y el sistema educativo. Campañas como “La Hora del Planeta”, promovida por WWF, lograron convertir un gesto simbólico, apagar las luces durante una hora, en un mensaje global sobre el cambio climático. Iniciativas como “Earth Day”, “Fridays for Future”, las campañas para proteger la Amazonía frente a la deforestación, la difusión de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y cientos de proyectos de educación ambiental fueron sembrando un nuevo imaginario colectivo: los árboles ya no representan únicamente paisaje; representan vida, bienestar, patrimonio y futuro.

Ese cambio demuestra uno de los mayores logros de la comunicación social. La comunicación no solo informa; también construye valores, modifica comportamientos y redefine aquello que una sociedad considera importante. Durante años, las campañas ambientales apelaron a las emociones, a la evidencia científica y al sentido de responsabilidad compartida hasta convertir la protección de la naturaleza en un valor ampliamente aceptado.

Por eso hoy la ciudadanía reacciona cuando siente que un ecosistema está amenazado. La Alameda de la República no es únicamente un espacio de tránsito. Es uno de los pulmones urbanos de Huánuco y un pequeño ecosistema que ha tardado décadas en consolidarse. Sus árboles adultos brindan sombra, reducen la temperatura de la ciudad, capturan dióxido de carbono, filtran contaminantes y ayudan a disminuir el ruido urbano. En sus copas encuentran refugio diversas especies de aves como gorriones, tórtolas, cuculíes, colibríes y otras especies propias del valle del Huallaga. Entre sus ramas también habitan insectos polinizadores como abejas y mariposas, fundamentales para el equilibrio ecológico. Sus jardines, aunque descuidados, albergan arbustos, plantas ornamentales, microorganismos y pequeños organismos que forman parte de una red de vida muchas veces invisible para quienes solo observan el concreto.

Quienes defienden la Alameda no están defendiendo únicamente árboles. Están defendiendo un ecosistema urbano que tardó más de cuarenta años en construirse.

Eso no significa negar que la Alameda necesite una intervención. Sería irresponsable afirmar que todo debe permanecer exactamente igual. Los árboles requieren tratamientos fitosanitarios, podas técnicas, monitoreo permanente, reposición de ejemplares enfermos cuando corresponda, recuperación de jardines, mejor iluminación y accesibilidad universal. Sin embargo, mejorar no significa reemplazar o quitar.

La comunicación ambiental también nos ha enseñado otro concepto: la restauración ecológica busca intervenir respetando los procesos naturales, no sustituyéndolos indiscriminadamente. Esa es precisamente una de las principales observaciones formuladas por especialistas y colectivos ambientalistas frente al proyecto impulsado por el Gobierno Regional. Su preocupación no radica únicamente en la infraestructura propuesta, sino en la pérdida de árboles adultos cuya función ecológica no puede recuperarse en el corto plazo.

Con frecuencia se afirma que serán sembrados nuevos árboles como compensación. La intención puede ser positiva, pero desde la ciencia forestal la comparación resulta desproporcionada. Un árbol recién plantado de entre metro y medio y dos metros necesita varias décadas para alcanzar la capacidad de captura de carbono, regulación térmica, producción de oxígeno y refugio para la fauna que hoy ofrece un árbol adulto de más de cuarenta años. El tiempo ecológico no avanza al ritmo de las obras públicas. Lo que tarda unos días en ser talado puede requerir generaciones para recuperarse.

Quizá la mayor enseñanza que deja esta controversia no esté en el expediente técnico ni en los planos arquitectónicos. Está en la respuesta de la ciudadanía. Hace veinte o treinta años probablemente muy pocas personas habrían salido a defender árboles urbanos. Hoy cientos de ciudadanos participan en marchas, debates y pronunciamientos porque entienden que proteger el ambiente también significa proteger su calidad de vida.

Eso habla bien de nuestra sociedad. Significa que la comunicación ambiental cumplió su propósito. Logró transformar una preocupación especializada en una convicción ciudadana.

Tal vez el verdadero progreso ya no consista en escoger entre naturaleza o desarrollo, sino en demostrar que ambos pueden coexistir. Para lograrlo, los gobiernos deben entender que la comunicación ecológica ya no es un complemento de la gestión pública, sino una herramienta esencial para informar, escuchar y construir decisiones junto a la ciudadanía. Porque una ciudad moderna no se mide por la cantidad de concreto que exhibe, sino por su capacidad para conservar aquello que ninguna obra puede reconstruir en pocos años: la vida que crece silenciosamente bajo la sombra de un árbol.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

Leer Anterior

Policía busca a dos desaparecidos

Leer Siguiente

Alianza UDH quedó eliminado de la Copa de la Liga pese a triunfo ante Unión Minas