HUÁNUCO DEL AYER: La fiesta de Bajada del Niño huanuqueño

Por Fortunato Rodríguez y Masgo

 La ciudad primaveral de Huánuco, amaneció́ lloviendo aquel jueves 6 de enero de los años 70, el frío calaba esa madrugada; los Jirkas no dejaban dormir, relámpagos, rayos y truenos, retumbaban las paredes de tapial de la vieja casona, parecía quebrarse la tierra como una cáscara de huevo.

Para tranquilizarnos nuestra abuelita, Antuquita, nos decía “seguro que están coléricos los taitas: coquita, cigarrito, caramelito y shacta están pidiendo, eso los apaciguara, debemos llevarles, y pronto pasará”.

Mientras el imponente río Huallaga cruzó el Valle de los Chupacho, desde San Rafael hasta el despeñadero de Chinchao, feroz, más aún: enormes piedras, inmensos troncos de árboles, chanchos, carneros, perros; todo traía en sus crestas lodosas y estuvo a punto de desbordarse y se antojó tragarse la vivienda de don Muquicho Falcón, vecino honorable del Cementerio.

Los pobladores de Llicua atemorizados y en vela todo el amanecer por la furia del Jirka Paucarbamba, amenazando en todo momento desprender el huayco de la quebrada de Llicua Alta, y llegaría a la Alameda de la ciudad de los mishti huanuqueños e inunda las principales calles el bravo Huallaga.

¡Gracias Dios!, de pronto todo se calmó y se iluminó el hermoso cielo huanuqueño, la vida volvía a brillar al salir el sol en el firmamento, imponente. Del susto cervical de la madrugada, volvía la alegría y tranquilidad en la comarca, los paisanos merodeaban la ciudad comentando lo sucedido en el alba.

Entre tanto, en la hermosa casona colonial, revestida de arcos, ubicada en la Alameda de propiedad de don Félix Garay, cariñosamente don Fillico, viejo productor y acopiadora de café́ en las alturas de Chinchao y Pillao, último los detalles de la celebración de la Bajada de Niño. Por el cual, contrató al señor Jacinto Castañeda, para decorar la Capilla de Cruz Blanca (Los Profundos), destacando el altar y la fachada del recinto sagrado que lo cubrió con un inmenso velo blanco púrpura y dorado impregnado de estrellas y flores naturales, iluminando el ambiente con fluorescentes a colores generado por un motor a gasolina.

Don Fillico, salió́ de casa a las siete de la noche, llevando en brazos la imagen del Niño Jesús, acompañado de la familia y los amigos, detrás la orquesta del maestro Eliseo Talancha, que entonaba una sonora marcha. Llegaron a la ermita, donde el padre Trujillo inició la santa misa. Durante el sermón, sorprendió a los fieles: “ociosos, solo buscan fiesta, shacta, trabajen y dejen de bailar, luego están de rodillas aquí́ pidiendo perdón a Dios. Si yo fuera Guardia Civil les encierro en el calabozo por 24 horas”. Dejando perplejos a los creyentes.

En medio de los sermones del cura, afuera, prendieron el castillo de bombardas y se elevaron los cohetes de 4 tiempos fabricados por don Amador Visag, un hombre carismático, bonachón, famoso por el arte de la pirotecnia que siempre estaba presente en los grandes acontecimientos de las fiestas costumbristas y patronales de la sierra y selva central del Perú́; por tal razón, no podía faltar en el jolgorio del acaudalado cafetalero Fillico.

Concluido el culto religioso, con cura y todo, se dirigieron a la casa del anfitrión, quien acondicionó su huerta para recibir a los invitados. Al instante comenzó́ la rumba bajo el acorde de la orquesta del famoso maestro ambino Eliseo Talancha, campeón del Coliseo Nacional de Lima, integrante de la orquesta que acompaño nada menos al Picaflor de los Andes, quien interpretó con mucho sentimiento huaynos, mulisas, yaraví́ y valses huanuqueños.

Buen incentivo para bailar hasta no poder, las sotanas del padre Trujillo también se divertían al compás de la banda, se sirvió la exquisita pachamanca de chancho enterrada en tierra y aderezada con chincho, cada invitado recibía una buena porción.

Y la fiesta continúo toda la madrugada, sin descansar, hasta rayar el sol. Un nuevo día con la mesa tendida, el desayuno puesto: café́ de huerta, empanadas de gallina hechas por el maestro panificador Chancaquita Mendoza, los ricos chicharrones con mote y zarza de cebolla con ají́; delicias reanimadoras de la buena noche.

De pronto la melodiosa canción, “Cuando salí́ de mi tierra de nadie me despedí́” interpretado por la gran banda de músicos de “Los Pillco Mozos”, dirigido por los hermanos Nicolás y Carlos Miller Figueroa, quienes también se habían deleitado con el exquisito desayuno, de inmediato estaban en el ruedo zapateando los invitados este emblemático huayno.

Así́ transcurrieron las horas festivas al compás de este conjunto de músicos huanuqueños. Ya en horas de la noche, los presentes cargaron una cesta de trucay para danzar con ella el ayhuallá́ (despedida) por las principales calles del barrio de la Alameda, siempre tomando copones de shacta, acompañado de la banda de músicos que hicieron hasta llorar sus trompetas, saxos y clarinetes, por su parte resonó el bombo del viejo Julio Deza que marcaba el paso y boliche que hacía diabluras en el tambor.

Simultáneamente don Amacho Visag ágilmente soltaba los cohetes en cada esquina señalando el camino de la despedida, retornando todos a la casa de don Fillico, quien lloroso despidió́ a cada uno de sus invitados, sin antes haber consumido el tradicional locro de gallina de chacra, quienes caminaban cascabeleando con dirección a su morada.

Así́ culmino esta inolvidable fiesta en honor al Niño Jesús, que se celebra en mi Huánuco querido cada enero, donde las personas son bienvenidas y disfrutan el sentimiento huanuqueño.

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