HUÁNUCO DEL AYER: El Guardia Balduco y su extraña aparición

 

Por Fortunato Rodríguez y Masgo

 

Miércoles ceniza marzo del 80, el terrorismo y el narcotráfico pretendía arrebatar la tranquilidad de la apacible ciudad primaveral de Huánuco. La noche estaba triste y solitaria, la luna llena no llegó desde la lejanía de la cumbre del Jirca a la hora y la oscuridad reinó inquietando la ciudad. Tener un amor secreto y pasajero, las horas y las manijas del reloj marcaba casi la media noche, caminamos con mi hermano mayor en dirección a la vieja casona en la última calle de la urbe, a orillas del majestuoso río Huallaga que estremecía su caminar y correntada con latidos de enormes piedras que arrastraba como cadena de esclavo sujeto en sus pies como condenado.

Andábamos alertas para no tropezar y caer a la redes de aquella sombra mística, a lo lejos un foco prendido parecida a una vela encendida de velorio que lagrimeaba y pretendía apagarse por el susurro del Huallaga, colgada en un poste de alumbrado público tratando de iluminar algunos centímetros de la estrecha y recta calle, por donde nos desplazamos.

De pronto, algunos metros más adelante, caminaba medio raro nuestro vecino y amigo Baldomero, cariñosamente Balduco hijo de don Pashco. Llevaba entre manos un paquete que parecía una camisa o unas sábanas blancas, apretamos el paso para darle alcance y  acompañarnos hasta el sector de “Los Profundos”, cerca de la Capilla de la “Cruz Blanca”. Como siempre, en tinieblas, parecía una cueva de ánimas o murciélagos en un jolgorio de terror.

De pronto, Balduco desaparece en medio del tumulto de la tenebrosas – dijimos – seguro que está regresando de su “querida” y no desea que ningún “chismoso” lo vea. Proseguimos con nuestro caminar, como si hubiéramos prendido el volumen de la radio, al instante escuchamos un concierto de aullidos de perros, en medio de la tiniebla y oscuridad, aparecen un grupo de gatos que caminaban tras de un minino cargado por cuatro de ellos, arrastrándolo, como una procesión. Paralizados y los poros de nuestra piel como de gallina, un viento frio, sentimos miedo y terror, lo que estábamos viendo, era para no creer. Primero Balduco desaparece y ahora la procesión del gato que descienden hasta el rio en medio de tristes aullidos internándose en la tenebrosa oscuridad.

A los minutos recobramos la serenidad y caminamos raudamente hasta llegar a casa, donde ambos tomamos un buen copón de shacta (aguardiente) para el susto, ¡obra del demonio!

A la hora del desayuno, relatamos lo sucedido. Nos escucharon atentamente, sorprendidos, en especial la “mamacha” abuela de la familia, quien nos dijo que son “muertos sin almas que deambulan por este mundo, porque fallecieron trágicamente, están penando por donde caminaron”; y con relación a los gatos manifestó: “Es un rito que hacen ellos, anunciado la muerte de las personas”. Qué miedo sentimos a pesar que el sol radiaba en el inmenso valle de los chupachos.

A las horas, como reguera de pólvora, se comentó en la ciudad huanuqueña: “En la selva de Tingo María, sucedió un enfrentamiento entre los policías y los terrucos”, muchos murieron y entre ellos Balduco, quien era un valeroso Guardia Civil, le llegó la muerte defendiendo la puerta de su institución, ahora tendido en el frío suelo del puesto policial apuñando su FAL (fusil automático ligero). Se enfrentó a campo abierto contra los traicioneros senderistas, que pretendieron ingresar a las instalaciones del puesto, pero ahí estaba

Balduco para defender a su Patria, a su institución, a sus compañeros de armas, a su pueblo,  sin importarle su juventud, menos su vida. Se parapetó en el torreón de vigilancia, manteniendo a raya a los traicioneros asesinos, que no pudieron avanzar, a pesar que eran numerosos y contaban con armas de largo alcance.

A las horas levantaron el cadáver de Balduco, trasladado por sus compañeros a su tierra natal de Huánuco, luego velado en medio de llanto y dolor, todo el barrio unido llorando al lado de su héroe.

Al día siguiente, muy temprano, llegó la carroza para trasladarlo a la jefatura policial, donde recibió los honores, condecoraciones y ascenso póstumo al grado inmediato.

Ya en el Cementerio General, las escenas de tristeza, los hermanos no dejaban que lo sepulten, los padres se desmayaron y a la fuerza lo introdujeron al nicho sellando la lápida. Familiares y amigos se retiraron llevando consigo los gratos recuerdos del guardia Balduco, resaltando su persona con mucho sentimiento humano, humilde de corazón, y gran soldado al servicio de su Perú.

A los días comprendimos que la vida está llena de misterios, en especial aquella noche donde observamos caminar a Balduco minutos antes de su muerte, él estaba transitando por el barrio, quizás fue su alma o se materializó en cuerpo-alma y de esa manera se despedía de este mundo para trasladarse a otra dimensión y perdurar eternamente, solo Dios sabe cómo es ese mundo, donde llegaremos algún día para descansar eternamente.

*Periodista, economista y abogado

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