Caperucita con los hijos níveos

(Cuento)

  Por Víctor Raúl Osorio Alania (*)

 Había carraspeado bataholas el cielo, más de lo habitual. La lluvia hizo presencia, luego la blanca nevada, muy rápido llegó la tarde, jalando de la diestra a la sosegada noche. La gente de la villa que columpia como péndulo buscaron abrigo junto a las estufas atizadas con champa estrella y pasaron a las camas para continuar abrigados y así poder vencer el frío que los hacía tiritar. ¡Alalau!

Como todavía no había sueño, unos charlaban, otros guardaban silencio y la familia que ocupa estos renglones observa –desde la cama– la película de Caperucita.

Flavio, el padre, estaba obsesionado por ampliar su horizonte cultural, en tanto, Sofía, la madre, tejiendo ropón cogía la trama del cuento; Edy, la engreída del hogar, formuló su primera inquietud: Papá, ¿y su capita dónde está?

Porque te desesperas Edy, seguro que ya le pondrán, aseguró el padre. El vídeo mostró a la abuela curando los moretones de Alan Owen, para luego colocar a Linet la caperuza. El tiempo que dura una pestañada fue suficiente, pues Linet en un santiamén quedó convertida en Caperucita.

 

Primera sesión. Aquella circunstancia de imagen, fantasía y parpadeo generó amistad entre Caperucita y Edy. Cruzaron las calles sinuosas de la antigua villa y las simétricas de la nueva ciudad.

¿Por qué las calles de tu pueblo son serpenteantes?, consultó Caperucita.

Existen dos versiones –empezó a responder Edy–. La primera. Según arribaban a este pueblo cimero, los pallaqueros construían su covacha junto al socavón, de esa manera brotaron calles tortuosas.

¿Y cuál es la segunda versión?, inquirió Caperucita.

Edy no se inmutó. Los cerropasqueños, redivivos a 4.338 msnm, para capear la furia del wayra en sus dos estaciones (la estación del invierno y la estación del tren), han edificado calles chuecas.

Consumieron jugo de maca con sándwich de queso, antes de continuar la excursión citadina, donde trasluce Caperucita con los hijos níveos.

Segunda sesión. Los números arábigos del almanaque le recordaron a Edy el aniversario de su centro de estudios y de la metrópoli. Hicieron rima con números.

Sumar uno / es ninguno…

¡Lanza adiós! / ¡vuelve dos!

Llega el tres, / veintitrés.

Al teatro / van de cuatro…

¡Brinca cinco! / ¡Ríe ahínco!

Año seis, / día seis…

Diente siete / gran ariete…

Un Pinocho / busca el ocho…

Hola nueve, / ¿cuándo llueve?

Salieron corriendo hacia el Jardincito. Deberían llegar, las estaban esperando. La chica visitante (con seis años cumplidos) llevando su capita y caperuza escarlata, además de su canastita llena de pastelillos y otros dulces; mientras que la anfitriona (de cinco abriles) vestía según la usanza de su tierra natal: blusa blanca, pañolón tipo Alaska, sombrero de paja, falda mil rayas, medias color carne y zapatos negros tipo reloj.

Yo nunca desfilé con farol, ¿será bonito?, expuso Caperucita.

Yo tampoco, por eso te pedí que me acompañes, contestó Edy.

Caperucita, ¡qué bonito!, las profesoras encabezan el paseo de faroles.

Panderetas, platillo, tambores, bombo, triángulo, flauta… pusieron música a la noche. Padres, madres y curiosos observaban la comparsa; mientras aplaudían –así podía notarse– estaban sumidos en una nostalgia infinita. Agosto trae más de un recuerdo inocente, el vuelo de las cometas, por ejemplo.

¡Buena profesoras!, saludó Caperucita, mostrando su canastita.

Una de las pedagogas respondió cantando: «adónde vas, / con esa canastita, / adónde vas, / adónde vas, / cuidado con el lobo, / cuidado con el lobo…», auuuuu…».

Inhalemos el aroma de la flor para ahuyentar al tiburón que pretende “devorar” el parque, sugirió Edy.

La educación cual Gotitas de Miel endulza la vida, sino pregunten a quienes sonríen al ver los faroles con rostros de estrella, plantel, robot, no podía faltar la imagen del chinito arrocero.

Chek, chek; chek, chek suena el robot. El chino ríe porque el robot es lento en su caminar, diría Caperucita.

Ciudadanos de corazón noble siembra Gotitas de Lluvia, exhiben templo, payaso pipo, gato, pocillo. «El pocillo de tamaño descomunal, ancho por la boca, estrecho por el asiento» –contaba el gato de siete vidas–, «ha sido utilizado por Goliat, pronto David lo cogió como trofeo de guerra al vencerlo con su honda israelita». Parece cosa seria, diría el payaso Pipo.

Nieve inspiradora, / nieve juvenil, / nieve inigualable conserva tu afecto, porque así lo piden chiquillos de todos los jardines. Alegra encontrar Gotitas de Nieve bajo la sonrisa infantil, han seleccionado helicóptero, plantel, barco y el infaltable ratón Mickey, pariente muy cercano de la ratona pretenciosa, aunque él sobresale por su nobleza.

¡Gotitas de Agua! ¡Gotitas de Agua! Gritan incansables las voces sensibles, desde las alturas caen tiernas pizquitas hídricas. Agüita juguetona acompaña esta delegación.

Caminaron de puntillas y sigilosas para mirar. ¿¡Increíble!? En el patio hay un ovni, adentro juegan cósmicos, hay que invitarlos para jugar, comentó Caperucita.

Gracias amiguitas, difícil salir del platillo volador, nosotros jugando trabajamos…

Retocen ustedes nomás, pueden usar como tobogán la parte exterior de nuestra nave.

¿Vendrán de Júpiter?, consultó Caperucita.  

Quien sabe amiga, tal vez vienen del planeta Marte, argumentó Edy.

Cuando suponían sobre la presencia de aquellos visitantes, viendo pasar otros faroles, pensaron, jugaron, pronunciaron, recordaron y aprendieron el orden del sistema solar. A dos manos dibujaron el Sol y los planetas: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno.

Mientras hacían suposiciones, las secciones avanzaban con distinto ritmo. ¿Quién se comió la zanahoria? Seguro el conejo de la buena suerte, animalito de orejas largas y fina dentadura, afirmó Edy, medio quejumbrosa.

Llorar para estudiar, lema voceado con bálsamo a leche por Gotitas de Lágrimas. Pensar que muchos de ellos lloraron el primer día de clases, ahora, junto a su familia, son actores e invitados de honor en todo aniversario.

Una sonrisa pueril ilumina los faroles del aula Gotitas de Rocío, donde brillan vivas neuronas. Vaya sorpresa, han preparado árbol de Navidad, símbolo de amor y paz; estrellas grandes y pequeñas que valen por su luz propia en la urbe carente de fluido eléctrico; y no podía faltar una maqueta del Jardín, ahí extienden el dedo índice o auricular y ubican cada salón de clases.

 Tercera sesión. Muy temprano, cuando despierten, serán una sola persona. Caperucita estará en el cuerpo de Edy, ha de participar en el desfile de faroles, saldrá como Caperucita del ande, su mamita (Sofía) acaba de tejer la chompa grande y larga con su caperuza roja, rojita. Estará abrigada llevando en corazón y mente a su gemela Caperucita.

(*)  “El Puchkador de la Nieve”

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