A los que se fueron, los sigo buscando en sus canciones

 

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Hay despedidas que uno nunca aprende a soportar.

Por más años que pasen, por más velorios que acompañemos, por más entierros que presenciemos, hay un momento en que la muerte vuelve a sorprendernos con la misma crueldad de la primera vez. Y entonces comprendemos que no estamos despidiendo solamente a una persona. Estamos despidiendo una voz, una memoria, una manera de sentir la vida.

 

A mí me ha tocado vivir de cerca demasiadas despedidas.

He tenido que mirar, con el alma rota, cómo se iban apagando los hombres y mujeres que hicieron de Huánuco una canción. Compositores, autores, músicos, cantantes, intérpretes, promotores culturales, conferencistas, maestros de una generación que aprendió a querer esta tierra no solamente con palabras, sino con melodías.

Y cada vez que uno de ellos partía, sentía que algo de nuestra historia se marchaba también.

 

Porque los maestros no mueren de una sola vez.

Primero se va su cuerpo. Después queda su voz en alguna grabación, su nombre en un programa, su fotografía en una pared, sus canciones en la memoria de quienes alguna vez las escucharon. Y finalmente queda ese extraño silencio que aparece cuando uno quiere volver a conversar con ellos y descubre que ya no están.

 

Quizá por eso me ha dolido tanto cada despedida.

Porque durante años he tenido el privilegio, y también la condena emocional, de acercarme a sus historias, escuchar sus voces, preguntarles por sus canciones, conocer sus nostalgias, recoger sus recuerdos. He entrado en sus mundos cuando todavía tenían tiempo para contarme cómo nació una melodía, quién inspiró un huayno, dónde aprendieron una tonada, qué tristeza convirtió una experiencia en canción.

 

Y luego, un día, tuve que ir a despedirlos.

Qué difícil es entrevistar a un maestro mientras vive y después escribir sobre él cuando ya está muerto.

Qué contradicción tan dolorosa: haber buscado tantas veces sus palabras para que otros las escucharan y terminar buscando, después de su partida, palabras que puedan explicar su ausencia.

Pienso en Gumersindo Atencia Ramírez, Andrés Fernández Garrido, Wilde Palomino, Véder Rétiz Bedoya, Francisco Solano, Ubaldo Fernández, Carlos Miller, Uti Cabanillas, Alisio Luciano, Genaro Arana, Celio Alva, Nicolás Miller, Roel Tarazona Padilla, David Machuca Chocano, Félix Rosales, Isaías Vargas, Félix Sánchez Garay, Hugo Valderrama, Peter Arce, Chicho Gayoso, Milka Cabrera, Edith Cuestas, Roxsana Ambicho y en tantos otros hombres y mujeres que entregaron su vida a la música huanuqueña.

Pienso en quienes escribieron versos cuando quizá nadie imaginaba que aquellos versos terminarían convirtiéndose en parte de nuestra memoria colectiva. Pienso también en Joselo Atencia, quien, sin tener como estilo la música tradicional huanuqueña, supo cantarle, desde sus canciones de estilo romántico, a Huánuco y al distrito de Amarilis.

Y entonces vuelvo a preguntarme: ¿qué hacemos cuando se mueren los que nos enseñaron a cantar? Quizá hacemos lo único que podemos: recordarlos.

Recordarlos no como fotografías inmóviles, sino como hombres y mujeres que alguna vez rieron, amaron, sufrieron, soñaron y crearon. Recordarlos con sus virtudes, sus silencios, sus contradicciones, sus luchas. Recordarlos con la dignidad de quienes entendieron que una canción puede sobrevivir al hombre que la escribió.

También me ha tocado despedir voces que parecían destinadas a no callarse nunca. Y cuando esas voces se apagaron, descubrí que el silencio también puede doler.

Hace pocos días, nuevamente, la muerte nos puso frente a esa verdad. La despedida de Roxsana Ambicho Maiz volvió a recordarme que detrás de cada artista existe una historia humana que solamente comprendemos plenamente cuando ya no podemos volver a escucharla.

Estar cerca de esas familias, mirar sus lágrimas, escuchar los recuerdos de los hijos, observar cómo una fotografía se convierte de pronto en el centro de una casa llena de silencio, es una experiencia que ninguna escuela de periodismo puede enseñar.

Uno aprende allí que la cultura también se llora. Se llora porque detrás de cada canción hay una vida. Se llora porque detrás de cada compositor hay noches de inspiración, sacrificios, olvidos y esperanzas. Se llora porque cuando muere un intérprete no desaparece solamente una garganta: desaparece una manera irrepetible de pronunciar nuestra tierra.

Y quizá eso es lo que más me duele. Haber tenido que aprender, casi a la fuerza, que mi camino por la cultura huanuqueña también estaría lleno de despedidas.

He acompañado a maestros en sus últimos homenajes. He escuchado sus nombres pronunciados con la voz quebrada. He visto flores cubrir ataúdes. He visto a sus familiares abrazarse como si quisieran detener el tiempo. Y he regresado a casa llevando conmigo una tristeza que no siempre pude contar.

Pero también he comprendido algo. Mientras alguien recuerde una canción, el maestro no habrá muerto completamente.

Por eso sigo escribiendo. Por eso sigo preguntando. Por eso sigo buscando historias.

Porque quizá este ha sido uno de los sentidos más profundos de mi propio destino: estar cerca de quienes hicieron cultura y, cuando llegue la hora inevitable de la despedida, recoger con cuidado aquello que la muerte no puede llevarse.

Sus canciones. Sus palabras. Sus recuerdos. Su huella.

Alguna vez también nos tocará partir. Y quizá entonces otros tendrán que decidir qué queda de nosotros. De mí quisiera que quedara, al menos, este intento obstinado de que ningún maestro huanuqueño se marche completamente al olvido.

Porque he aprendido, con cada muerte, que los pueblos no pierden a sus grandes hombres cuando los entierran. Los pierden cuando dejan de recordarlos.

Y mientras yo tenga memoria, mientras pueda escribir y mientras una canción huanuqueña siga estremeciendo mi corazón, los maestros que admiré y despedí seguirán teniendo un lugar entre nosotros.

Aunque ya no pueda estrecharles la mano. Aunque ya no pueda escuchar su voz. Aunque tenga que buscarlos, para siempre, en una canción.

Y quizá esa sea la forma más hermosa, y más dolorosa, de seguir diciendo:

Maestro, todavía estás aquí.

Leer Anterior

Negociación política entre poderes: El Congreso debate la delegación de facultades al Ejecutivo para legislar en seguridad y fenómeno El Niño

Leer Siguiente

Isaac Newton y Von Neumann avanzan en básquet de los Juegos Escolares