Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay hombres que pasan por la vida dejando recuerdos. Y hay otros que consiguen algo más difícil: convertirse en parte de la memoria de un pueblo. El maestro Wilmer Ramos Giles pertenece a estos últimos.
—Maestro Wilmer, feliz cumpleaños. Son 89 años de vida bien bendecidos para usted —le dije el 6 de setiembre último.
—Muchas gracias, Jorge —me respondió.
Fue una respuesta sencilla. Pero después el maestro Wilmer pronunció una frase que se quedó dando vueltas en mi memoria: “Quisiera detener el tiempo con mis manos, pero eso es imposible”.
Desde entonces no he podido dejar de pensar en ella.
Porque, ¿quién no ha querido alguna vez detener el tiempo? Detenerlo cuando nuestros padres todavía están en casa, cuando podemos escuchar sus voces, cuando los amigos permanecen juntos, cuando los hijos son pequeños y las fotografías familiares todavía no tienen ausencias.
Yo sé lo que significa ese deseo.
Mi padre, don Abelino Chávez Dueñas, tenía en el maestro Wilmer a un amigo, un maestro y un aliado cultural. Confiaba en él para revisar los borradores de sus libros. Sabía que aquellas manos que corregían una página también conocían el alma de nuestra tierra.
Cuando mi padre murió, quedé devastado. La partida de un padre produce una orfandad que ninguna edad consigue evitar. Uno puede tener muchos años, hijos, responsabilidades y caminos recorridos, pero ante la muerte del padre vuelve a sentirse pequeño.
Y en aquellos días apareció el maestro Wilmer. Tuvimos un diálogo virtual, sereno y profundo. Hablamos de mi padre, de su amigo que acababa de partir hacia la eternidad. Sus palabras fueron entonces una forma de abrazo. Por eso mi afecto por el maestro Wilmer no nació de su impresionante hoja de vida. Nació de la vida misma: de mi padre, don Abelino; de la amistad con su hijo, Mito Ramos; y de mi entrañable amistad con su amada esposa, la maestra Vilma García Negrete.
El maestro Wilmer nació en La Unión, Dos de Mayo, el 6 de setiembre de 1937, hijo de los profesores Fausto Ramos Cárdich y Hercilia Giles Arteta de Ramos. Quizá allí comenzó su destino: en un hogar donde la educación no era solamente una profesión, sino una manera de entender la existencia.
Desde 1960 caminó por las aulas. Fue profesor del Aurelio Cárdenas, de la Gran Unidad Escolar Leoncio Prado y de Nuestra Señora de las Mercedes; director fundador del Colegio Nacional Enrique López Albújar de Pachas y funcionario de la Dirección Regional de Educación de Huánuco. Más adelante fue secretario general de la UNHEVAL, presidente de su Comité Electoral Universitario y presidente del Directorio de la Sociedad de Beneficencia Pública de Huánuco.
Fue también escritor, periodista, abogado, doctor en Administración y autor de libros sobre redacción y comunicación. Participó en la edición del Libro de Oro, orígenes de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán y publicó artículos relacionados con la educación, la administración y el turismo.
Pero hay algo que los títulos académicos no consiguen explicar.
El maestro Wilmer también cantó a su tierra. Junto a su esposa, la admirable maestra Vilma García Negrete, escribió mulizas y huaynos dedicados a La Unión. Vilma, poseedora de una maravillosa voz, ha sido reconocida como una gran intérprete de la canción huanuqueña.
Y aquí quiero detenerme.
En uno de mis programas de radio tuve el honor de bautizar, con profundo respeto y admiración, a la maestra Vilma como “La Dueña y Señora de la Canción Huanuqueña”. Aquella expresión la pronuncié por primera vez también en una de las ediciones del Día de la Canción Huanuqueña. No fue una frase lanzada al viento: nació de mi admiración por su voz, su trayectoria y su amor por nuestra música.
Quizá por eso las canciones del maestro Wilmer y Vilma tienen algo más que melodía. Tienen nostalgia.
“En las alas del viento quiero volver a ti, La Unión querido”, escribió el maestro.
Qué manera tan hermosa de extrañar.
En esas palabras están La Unión, el Vizcarra, Aguamiro, Ripán, Verdecocha, Montebandera, San Cristóbal, Chacamayo y Cantagallo. Están los carnavales, la juventud, los amigos y aquellos paisajes que el tiempo va alejando, pero que la memoria se niega a abandonar.
El maestro Wilmer ha recibido reconocimientos por su trayectoria. En 2019 fue condecorado por la Municipalidad Provincial de Huánuco y un campeonato Inter Masters de los Colegios Profesionales llevó su nombre. Al año siguiente fue designado presidente del Tribunal de Honor del Colegio Regional de Licenciados en Administración de Huánuco.
Pero sospecho que el reconocimiento más profundo no está en ninguna medalla. Está en sus alumnos. En sus libros. En sus canciones. En Vilma. En sus hijos. En sus amigos. Y, para mí, está también en aquella palabra que me ofreció cuando más necesitaba consuelo.
Por eso, maestro Wilmer, aquella frase suya sobre el tiempo adquiere ahora otro significado. No podemos detenerlo con las manos. No podemos devolver a quienes se fueron. No podemos impedir que cambien los paisajes, que crezcan los hijos o que las fotografías vayan acumulando nostalgias.
Pero sí podemos hacer algo. Podemos llenar el tiempo de amor, de enseñanza, de música y de memoria. Usted lo ha hecho durante 89 años. Y quizá esa sea la manera más hermosa de vencer al tiempo: dejar algo de nosotros en la vida de los demás. Por eso, cuando vuelva a sonar una muliza y el viento atraviese las calles de La Unión, alguien recordará su nombre.
Y el maestro Wilmer seguirá allí: en sus alumnos, en sus libros, en sus canciones, en Vilma, en sus hijos, en sus amigos y, desde luego, en la memoria de mi padre.
Usted quiso detener el tiempo con sus manos. No pudo. Pero consiguió algo quizá más hermoso: hacer que el tiempo se detenga un instante cada vez que alguien pronuncia su nombre, recuerda una de sus enseñanzas o vuelve a cantar una de sus canciones.
Y eso, maestro Wilmer, es permanecer.




