Por: Jorge Chávez Hurtado
Llegué al auditorio del Museo Regional Leoncio Prado Gutiérrez cuando la tarde empezaba a apagarse lentamente sobre la ciudad de Huánuco. Había aceptado con gusto la invitación de Cyntia Díaz, secretaria del museo, para conducir la ceremonia de conmemoración por el Día Internacional de los Museos, que se recuerda cada 18 de mayo. Mientras acomodaba mis papeles y observaba la mesa de honor, sentí que aquella no sería una noche cualquiera.
A pesar de haber llegado temprano, el auditorio ya comenzaba a llenarse. Vi estudiantes de Turismo de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, algunos jóvenes de Ingeniería Civil, docentes y ciudadanos deseosos de escuchar a los conferencistas invitados. Había en sus rostros algo que pocas veces se ve en actividades culturales: genuino interés.
Fue entonces cuando se acercó César Antezana Andrade, maestro del turismo huanuqueño. Y nuestra conversación fluyó de inmediato hacia Garu, aquel complejo arqueológico suspendido entre montañas y neblinas antiguas. Hablamos de su riqueza histórica y, casi inevitablemente, apareció el nombre del maestro Víctor Domínguez Condezo, el inolvidable “VEDOCO”. César me contó entonces que juntos subieron hasta las cumbres más altas de Garu para observar los primeros rayos solares durante el solsticio de invierno. Por un instante, sentí que VEDOCO seguía caminando entre aquellas montañas, como si los hombres que aman profundamente su tierra jamás terminaran de marcharse del todo.
De pronto, Cyntia se acercó discretamente para anunciarme que debíamos iniciar la ceremonia.
Entonces me dirigí hacia el atril y advertí que el auditorio no solo estaba lleno de personas, sino también de preguntas. Había jóvenes intentando entender por qué Huánuco posee una riqueza histórica inmensa y, sin embargo, muchas veces parece caminar de espaldas a ella.
Presenté las palabras de Keiko León Cierto, presidenta de la Asociación de Guías Oficiales de Turismo de Huánuco, quien saludó al público por el Día Internacional de los Museos. Luego comenzaron las conferencias esperadas.
El primero en tomar la palabra fue el arquitecto Luis Enrique Contreras, especialista en Gestión del Patrimonio Histórico. Desde el inicio capturó la atención del auditorio al afirmar que la protección del patrimonio no corresponde únicamente a especialistas o autoridades, sino a toda la sociedad.
Entonces habló del Mercado Central de Huánuco, el viejo mercado, ese lugar donde todavía parece latir el Huánuco antiguo. Dijo que debería ser declarado Centro Histórico porque frente a él permanece la histórica parroquia de La Merced y porque muchas calles y casonas del entorno aún conservan la arquitectura de antaño. Habló también del antiguo pozo de agua que todavía existe en su parte central y de cómo allí sobreviven expresiones auténticas de la cultura popular: vestimentas típicas, herramientas artesanales, comidas tradicionales y memorias vivas de los pueblos profundos de la región.
Pero quizá lo que más estremeció al auditorio fue cuando afirmó que antiguas parroquias de Huánuco estuvieron comunicadas por túneles y que aquello no era leyenda, sino una realidad histórica sustentada en sus investigaciones. “Que no te cuenten, investiga”, dijo con firmeza. Y aquella frase quedó flotando en el aire como una exhortación urgente a despertar.
Más adelante habló del Complejo Arqueológico de Huanacaure, en San Pablo de Pillao, territorio sagrado de los Chupachos antes de la llegada de los incas. Mencionó kallankas, plazas ceremoniales y colcas ancestrales. Mientras lo escuchábamos, parecía que Huánuco emergía desde debajo de la tierra para recordarnos que todavía guarda una civilización inmensa dormida bajo sus montañas.
Luego tomó la palabra la magíster Norma Aguilar Jara, directora del Museo Regional Leoncio Prado Gutiérrez. Habló sobre la relación entre los museos, el turismo y la colectividad. Explicó que las cerámicas de Kotosh, Shillacoto y otras culturas de la región se conservan en el museo y destacó la Sala de los Chupachos como uno de los espacios más importantes del recinto.
Anunció también que el próximo 15 de julio se abrirá una sala especial dedicada al héroe Leoncio Prado Gutiérrez y que se vienen realizando coordinaciones con la familia Prado para incorporar nuevas reliquias y legados históricos. Mientras hablaba, uno entendía que los museos no solo conservan objetos: conservan la dignidad cultural de un pueblo.
La última exposición de la noche estuvo a cargo del arqueólogo José Onofre Mayta, especialista de la Dirección Desconcentrada de Cultura. Confirmó la importancia de Huanacaure y explicó cómo los incas llegaron hasta ese lugar atraídos por la producción de la mejor coca del antiguo Perú, la hoja sagrada de los incas. Mostró además cerámicas del Horizonte Medio y recordó que las pinturas rupestres no son simples dibujos antiguos, sino espacios profundamente sagrados.
La ceremonia concluyó con el brindis del arquitecto Contreras, quien afirmó que la única manera de defender nuestro legado histórico y cultural es educando a niños y jóvenes para que conozcan la riqueza de Huánuco.
Al terminar el evento salí caminando lentamente por el jirón Dos de Mayo. La noche avanzaba sobre la ciudad y yo pensaba en todo lo que Huánuco posee y en todo lo que todavía no comprende de sí mismo. Pensaba en sus ruinas olvidadas, en sus casonas heridas por el abandono y en las nuevas generaciones que podrían salvar nuestra memoria si aprenden a mirar su propia tierra con orgullo.
Llegué finalmente a mi casa con la impotencia respirándome en la espalda.
Pero también con una certeza: mientras existan maestros, arqueólogos, historiadores, museólogos, caminantes y jóvenes dispuestos a escuchar, Huánuco todavía podrá salvar su memoria.
Afuera, la noche seguía avanzando lentamente sobre los viejos jirones de la ciudad. Y comprendí entonces que hay noches en las que uno no vuelve simplemente de una conferencia… sino acompañado por los fantasmas luminosos de su propia tierra.
Y así, compungido, emocionado y esperanzado, comencé a escribir esta crónica.








