Las que abrieron el camino

Tributo a las pioneras de la educación universitaria femenina en el Perú

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Hubo un tiempo en el Perú en que la universidad era un territorio prohibido para las mujeres. No por ley escrita, pero sí por una convicción social tan arraigada que parecía natural. Las aulas, los laboratorios, las bibliotecas y los títulos profesionales estaban pensados para los hombres. El conocimiento, como tantas otras cosas, tenía género.

Por eso, cuando en mayo de 1892 una joven de 19 años cruzó las puertas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el hecho fue mucho más que una admisión académica. Fue una ruptura. Laura Esther Rodríguez Dulanto se convirtió ese día en la primera mujer en ingresar a una universidad peruana.

Había llegado hasta allí con una calificación perfecta de veinte. Pero la excelencia académica era apenas una parte de la historia. Lo verdaderamente extraordinario era el camino que había tenido que abrir para poder rendir siquiera los exámenes que la llevarían a ese momento.

A fines del siglo XIX no existían colegios secundarios para mujeres en el país. La formación escolar femenina terminaba mucho antes de los niveles necesarios para aspirar a la educación superior. Para que Laura pudiera demostrar sus conocimientos, sus padres debieron solicitar al Ministerio de Instrucción que se le permitiera rendir evaluaciones ante un jurado especial. Fue un trámite excepcional, casi una concesión. El sistema educativo no estaba diseñado para recibirla. Sin embargo, allí estaba.

Dos años después, la joven dio un paso todavía más audaz: decidió matricularse en la Facultad de Medicina. En aquel tiempo, la medicina no era solo una profesión exigente. Era también un espacio profundamente masculino, asociado a la autoridad científica y al ejercicio público del saber.

Durante las clases de anatomía, Laura no podía observar directamente las prácticas junto a sus compañeros. Se consideraba inapropiado que una mujer presenciara el estudio de cuerpos desnudos, incluso en un contexto estrictamente científico. Para resolver el dilema moral de la época, se instaló un biombo detrás del cual la estudiante debía colocarse mientras se desarrollaban las lecciones.

Ese biombo resume con claridad la lógica que durante siglos reguló el acceso femenino al saber. A las mujeres se les podía permitir estudiar, pero no demasiado; acercarse al conocimiento, pero sin ocupar plenamente su lugar.

La situación cambió recién en el tercer año de carrera. El desempeño sobresaliente de Laura terminó imponiéndose sobre las resistencias iniciales. El decano de la Facultad de Medicina le autorizó entonces a participar en las necropsias en igualdad de condiciones que sus compañeros.

Ocho años después de haber cruzado por primera vez las puertas de la universidad, el 16 de septiembre de 1900, juró como la primera médica cirujana del Perú.

El hecho tenía una dimensión personal indiscutible, pero también un significado colectivo. Por primera vez quedaba demostrado que una mujer podía recorrer todo el camino universitario en el país y ejercer una profesión científica.

La historia, sin embargo, no se construye con un solo nombre. Mientras Laura desafiaba los límites en el campo de la medicina, otras mujeres comenzaban a transformar el mapa educativo desde distintos frentes.

Entre ellas destacó Elvira García y García, nacida en Lambayeque en 1862, una figura central en el desarrollo de la educación femenina en el Perú.

En 1906 obtuvo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos el título de profesora de Segunda Enseñanza. Era la primera vez que una universidad peruana otorgaba ese grado a una mujer. Pero su aporte trascendió rápidamente el logro individual.

Elvira entendió algo fundamental: el verdadero cambio no consistía solo en que algunas mujeres lograran estudiar, sino en crear las condiciones para que muchas más pudieran hacerlo.

Fundó el primer kindergarten del Perú, introduciendo nuevas formas de educación inicial que marcarían el desarrollo pedagógico del país. Más adelante dirigió el histórico Liceo Fanning de Lima, una institución clave en la formación de generaciones de mujeres que aspiraban a una vida intelectual y profesional.

Su proyecto educativo continuó expandiéndose con la creación de una Academia de Enseñanza Superior para Mujeres. Allí, en un contexto donde las oportunidades seguían siendo limitadas, se formaban estudiantes que buscaban ir más allá de los roles tradicionales asignados a su género.

Cada institución creada, cada aula abierta, cada estudiante formada ampliaba un poco más el horizonte educativo femenino en el país.

La magnitud de ese aporte tardó en ser reconocida. Recién en 2022 el Estado peruano le otorgó de manera póstuma la Orden al Mérito de la Mujer. El homenaje llegó más de un siglo después de que comenzara su labor educativa.

Lo que enfrentaron mujeres como Laura Esther Rodríguez Dulanto y Elvira García y García no fue solo discriminación personal. Fue un sistema entero construido para mantenerlas fuera. No había escuelas secundarias para mujeres, no existían universidades que pensaran en recibirlas, no había marcos legales que protegieran su derecho a estudiar ni referentes cercanos que demostraran que aquello era posible. La exclusión no era un accidente del sistema, era parte de su estructura.

A pesar de ello, las primeras universitarias peruanas decidieron avanzar. A sus nombres se sumaron otros que también ayudaron a abrir camino, como Trinidad María Henríquez y Beatriz Carbajal, entre las primeras mujeres en alcanzar formación profesional universitaria en el país.

Cada aula universitaria donde hoy estudian mujeres es también el resultado de un proceso largo, lleno de obstáculos y resistencias que otras tuvieron que enfrentar primero.

Por eso, cuando el calendario marca el 8 de marzo, la fecha no debería limitarse a una celebración simbólica. También es una oportunidad para recordar que la igualdad en el acceso al conocimiento no apareció de manera espontánea. Resultado de decisiones individuales tomadas en contextos profundamente adversos. Decisiones que transformaron poco a poco la estructura de la educación en el país.

Hubo un tiempo en que una estudiante tuvo que esconderse detrás de un biombo para aprender medicina. Hoy ese biombo ya no está.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

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