Shaolín: el maestro que enseñó a sonreír a las matemáticas

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Cuando uno escucha hablar del maestro Shaolín, la imaginación suele trasladarse hacia las artes marciales orientales, a aquellos hombres disciplinados que dedican su vida a perfeccionar técnicas de combate. Sin embargo, el Shaolín de esta historia ha librado una batalla diferente. No ha enfrentado adversarios sobre un tatami ni ha roto ladrillos con sus manos. Durante décadas ha combatido un enemigo mucho más complejo: el miedo que miles de niños y jóvenes sienten frente a las matemáticas.

Lo conocía de vista. Había escuchado sus intervenciones en entrevistas radiales concedidas a colegas periodistas y sabía de la fama que lo acompañaba como innovador de la enseñanza matemática. Sin embargo, no había tenido la oportunidad de conversar con él. El encuentro se produjo una mañana en la tradicional feria sabatina de la Alameda de la República. Mientras la ciudad debatía la remodelación de aquel emblemático espacio, intercambiamos un saludo que pronto se convirtió en una conversación cordial. Me sorprendió su sencillez. Detrás del reconocido educador encontré a un hombre amable, cercano y dueño de una humildad que suele distinguir a las personas verdaderamente grandes.

Aquel breve diálogo terminó convirtiéndose en la puerta de entrada a una historia fascinante. José Carlos Chamorro Bermúdez nació en Huánuco el 9 de junio de 1979, hijo de don Francisco Chamorro Sánchez y doña Gloria Bermúdez Suárez. Realizó sus estudios primarios en la Institución Educativa Felicitas Garay de Hinostroza y la secundaria en el Colegio Nacional Mixto Illathupa. Más adelante cursó estudios superiores en educación en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y en la Universidad César Vallejo.

Sin embargo, la historia del profesor Shaolín comenzó mucho antes de las aulas universitarias. Nació en su hogar, al lado de su padre. Mientras muchos estudiantes crecían pensando que las matemáticas eran difíciles y aburridas, Francisco Chamorro enseñaba a su hijo mediante juegos y desafíos. Aquellas experiencias despertaron una pasión que marcaría toda su vida. A los doce años ya dictaba clases particulares y, a los diecisiete, inició su labor docente en el colegio San Juan Bosco.

Poco tiempo después llegó a la institución educativa El Principito, donde encontró a otro de los hombres fundamentales de su formación: el profesor David Machuca Chocano. De él aprendió técnicas de matemáticas lúdicas que luego desarrolló y perfeccionó con creatividad propia. Mientras muchos docentes se limitaban a repetir procedimientos, José Carlos buscó nuevas maneras de acercar los números a los estudiantes. Su propósito era simple y profundo a la vez: demostrar que aprender matemáticas también podía ser divertido.

Los resultados no tardaron en llegar. Fue reconocido con el Premio Cóndor de Oro como mejor profesor de matemáticas de Huánuco en los años 2010 y 2011. Paralelamente desarrolló materiales innovadores como las Manitos para Multiplicar, la Tabla Zampoña, el Reloj Matemático y el Ajedrez Matemático, además de consolidar su taller “Matemáticas: un Juego Divertido”, una propuesta pedagógica que ha beneficiado a cientos de estudiantes y familias.

Pero el alcance de su trabajo estaba destinado a superar los límites de las aulas. En 2017 creó el canal de YouTube Mat Shao, donde comenzó a publicar videos explicando de manera sencilla temas matemáticos que suelen generar dificultades. Lo que empezó como un proyecto educativo terminó convirtiéndose en un fenómeno de alcance nacional e internacional. Miles de estudiantes encontraron en sus contenidos una forma clara y amigable de comprender aquello que antes les parecía imposible.

En esta nueva etapa, su familia tuvo un papel decisivo. Fue su hija Sharon quien lo animó a expandir su presencia en las redes sociales y a producir contenidos para nuevas plataformas. Poco a poco, el proyecto familiar fue creciendo hasta alcanzar miles de seguidores dentro y fuera del Perú.

Durante la pandemia, cuando la educación atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia, el profesor Shaolín continuó enseñando a través de plataformas virtuales. Implementó estrategias innovadoras que llamaron la atención de medios nacionales. Frecuencia Latina lo entrevistó por el uso creativo de la tecnología aplicada a la enseñanza, mientras que otros espacios educativos destacaron su capacidad para mantener el interés de los estudiantes en tiempos de aislamiento.

Pero su labor no se limita a la enseñanza de las matemáticas. En los últimos años también ha impulsado proyectos de promoción de la lectura. Junto al padre Juan López participó en una iniciativa destinada a implementar bibliotecas en instituciones educativas rurales, logrando reunir más de 1,800 libros gracias al apoyo de personas y empresas comprometidas con la educación.

Su vocación lo llevó también a escribir. Es autor de “La Mejor Bicicleta del Mundo”, una obra que resalta la importancia del apoyo familiar en la formación de los hijos. Asimismo, publicó un libro dedicado a estrategias prácticas para el aprendizaje de las matemáticas. Actualmente trabaja en una nueva obra titulada “Profe No Profe”, un homenaje a los dos hombres que marcaron profundamente su vida: su padre Francisco Chamorro y el maestro David Machuca.

El apodo de Shaolín no nació en el aula ni en un escenario académico, sino en su propia casa. Me cuenta José Carlos Chamorro que sus padres eran aficionados a las películas de los monjes Shaolín y que, en su infancia, llegaron incluso a vestirlo como uno de ellos: con una trenza improvisada, la bata de uno de sus hermanos y los zapatos de ballet de su hermana. Aquella imagen familiar y juguetona terminó dándole el nombre que lo acompañaría toda su vida.

Al final, queda claro que la historia de Shaolín no es únicamente la de un docente exitoso. Es la historia de un niño que aprendió matemáticas jugando con su padre y que, décadas después, logró transmitir ese mismo entusiasmo a miles de estudiantes. Es la historia de un maestro que convirtió el miedo en confianza, la dificultad en oportunidad y el aprendizaje en alegría.

Por eso, cuando Huánuco escucha hablar del profesor Shaolín, no debería pensar solamente en un destacado docente de matemáticas. Debería pensar en un educador que ha dedicado su vida a demostrar que los números también pueden enseñarse con afecto, paciencia y creatividad. Y que, a veces, las lecciones más importantes no se aprenden en una pizarra, sino en el corazón de quienes descubren que sí son capaces de aprender.

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