Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay maestros que pasan por las aulas como una brisa leve y hay otros que se quedan para siempre, como una cordillera. El maestro Limber Rivera Dionisio pertenece a esa estirpe rara, luminosa y casi extinta: la de los hombres que no solo enseñan contenidos, sino que modelan almas con la paciencia de quien talla piedra andina.
Lo escuché una vez, y digo “una vez” como quien dice “una revelación”, cuando presentó el libro de mi señor padre, su primo, Abelino Chávez Dueñas. Aquella tarde no fue una simple ceremonia literaria; fue una lección magistral sobre ética, método y ternura intelectual. Abrió con una frase poderosa del libro, como quien enciende una antorcha. Luego ubicó la obra en la trayectoria del autor y en la urgencia del presente. Analizó sus temas, la atmósfera, la voz y el ritmo sin traicionar la trama. Compartió su experiencia personal como lector, humanizando la crítica. Y cerró con un llamado sereno a la lectura. No imponía: persuadía. No exhibía erudición: la ofrecía como servicio.
Desde entonces, cada vez que me corresponde presentar un libro, siento detrás de mi voz la suya, recordándome que el respeto es la primera forma del amor hacia la palabra.
Lo vi comenzar, junto a su amada esposa, la inolvidable maestra Gelmira Guardián Ramírez, hoy en el silencio eterno, el proyecto educativo que llevaría el nombre de José Antonio Encinas. Lo vi cuando era apenas un sueño sostenido por manos firmes y austeras. Hoy, esa institución es emblema del distrito de Amarilis. Pero yo recuerdo los primeros pasos: aulas modestas, disciplina rigurosa, valores sembrados con paciencia. Nada fue improvisado; todo fue fruto del sacrificio.
A su lado crecieron sus hijos: Janette, Violeta, Luis y Lindbergh. Hijos formados bajo la luz del ejemplo. Porque en esa casa la disciplina no fue grito, sino coherencia.
Nació en Jesús, capital de la provincia de Lauricocha, el 28 de enero de 1946. Hijo de Román Rivera Portal y Emilia Dionisio Livia, pequeños ganaderos, agricultores y comerciantes. Fue el primero de cinco hermanos. Su infancia transcurrió en Santa Rosa, distrito de Baños, entre cuadernos escasos y sueños inmensos. Aquellas escuelas rurales no tenían abundancia material, pero sí una riqueza moral inconmensurable.
En el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión vio de cerca la explotación minera de la Cerro de Pasco Copper Corporation y el despojo de tierras que dio lugar a la llamada rebelión de Rancas. Fue alumno del profesor Genaro Ledesma Izquieta, quien defendió a los comuneros y sufrió prisión por ello. Aquella lección de dignidad le enseñó que la historia no es un relato muerto, sino una lucha viva.
En la Universidad Nacional Hermilio Valdizán se formó como profesor de Filosofía y Ciencias Sociales. Inició su labor docente en 1971. Entre 1976 y 1977 fue Promotor de Extensión Educativa en el NEC 15 de Jesús, visitando comunidades, escuchando problemas, impulsando soluciones. Más tarde, entre 1980 y 1997, desempeñó diversos cargos en la Dirección Regional de Educación de Huánuco, donde implementó la enseñanza de la historia regional en los colegios del departamento.
Cuando los docentes solicitaron materiales y no existían textos disponibles, pues la Historia de Huánuco, de José Varallanos, ya no circulaba, no se resignó. Investigó. Escribió. Publicó. Así nació Huánuco: Etapa prehispánica (1990), obra que recorre nuestra historia desde el hombre de Lauricocha hasta 1533. Antes habían aparecido los opúsculos El tambillo de Shagshatambo (1989/1996) y El centro arqueológico de Atash. Más tarde publicó Las cordilleras Raura y Huayhuash: su importancia geoeconómica (2003), defendiendo el potencial de seis provincias articuladas por esas montañas tutelares. En 2024 incursionó en la literatura oral con Sheguil Huamán y otros relatos andinos, y publicó El Libertador Simón Bolívar, la trayectoria de un héroe. A lo largo de los años escribió artículos pedagógicos y estudios histórico-sociales que fortalecieron la identidad regional.
Como fruto de sus investigaciones, planteó la existencia de la Cultura Regional del Alto Marañón, sustentada en manifestaciones culturales similares en las cuencas de los ríos Nupe, Lauricocha y Marañón entre los siglos X y XII. Señaló la singularidad de edificaciones de varios pisos en esa zona, inexistentes en otros lugares del país. No investigaba por vanidad, sino por amor a la verdad.
Recuerda su viaje a Lima, a fines de los años ochenta, cuando decidió visitar el CONCYTEC para averiguar el destino de su proyecto editorial. Dudaba: “¿Será posible que el CONCYTEC se interese por un pequeño proyecto provinciano?”. Cuando le dijeron que estaba aprobado, sintió, confiesa, una alegría incontenible. Esa escena lo resume: un maestro humilde, sosteniendo un manuscrito como quien sostiene una esperanza.
Su concepción de las Ciencias Sociales es profunda: dimensión informativa y dimensión formativa. Saber para actuar. Conocer para transformar. Porque la teoría solo alcanza plenitud cuando se convierte en praxis.
Fue profesor en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, en la Universidad de Huánuco y en el Instituto Pedagógico Marcos Durán Martel. Formó generaciones. No solo enseñó fechas; enseñó identidad.
Cuando converso con él, siento que vuelve la voz de mi padre. Ambos pertenecen a esa generación andina que aprendió con lápiz corto y voluntad infinita. Hombres moldeados por la cosmovisión que entiende la tierra como madre y la palabra como responsabilidad.
Estamos ante un maestro de perfil bajo y sabiduría alta. De los que no buscan reflectores, sino frutos. De los que no levantan la voz, pero levantan generaciones.
Y uno se pregunta, con un nudo en la garganta: ¿qué nos falta a los maestros de hoy para educar así? Tal vez nos falte silencio para investigar, humildad para aprender, y coraje para servir.
Mientras existan hombres como Limber Rivera Dionisio, Huánuco no estará huérfano. Porque su vida es prueba de que la educación, cuando nace del sacrificio y la dignidad, puede convertirse en cordillera. Y las cordilleras, amigo lector, no se derrumban: iluminan.






