Memorias de un leonciopradino

 

 Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

En la quietud de la mañana, rodeado del frescor de mayo, me adentro en el universo de los recuerdos para revivir instantes imborrables vividos en el Colegio Leoncio Prado de Huánuco, allá entre 1972 y 1976, cuando cursé la educación secundaria, egresando de las aulas del colegio en 1976 con melancolía y satisfacción, para seguir el rumbo del destino; que sigo recorriendo hasta hoy.

Conté con maestros sobresalientes, quienes gracias a su sabiduría y conocimiento formaron mi educación y mi conducta; su nombre y su aspecto físico permanecen en mi recuerdo. Traigo memoria incluso su forma de hablar y su estilo al caminar. De joven, tuve la ocasión de encontrarlos; tal vez no me despedí de cada uno de ellos al irme de mi querido colegio. Hoy, al volver a las instalaciones del colegio, para ofrecer mi abrazo de gratitud, muchos de mis profesores ya no están vivos, pues tomaron el tren de la existencia sin pasaje de regreso, con rumbo a la eternidad, allá en el cielo, para habitar junto a taita Dios.

Al igual que recuerdo a mis maestros, también rememoro a mis compañeros de clase, a quienes conocí desde primero de secundaria y con algunos de ellos desde primer grado de primaria, creando un lazo de amistad y camaradería en el aula que se mantiene hasta la actualidad. En momentos de la vida, tengo la chance de evocar su nombre, incluso el «apodo» que poseen, muchos con historias y anécdotas generadas en el aula. Hoy esos recuerdos se me «rebobinan» nuevamente y siento nostalgia por cómo han pasado «casi volando» cincuenta (50) años desde que terminé mi secundaria.

Veo imaginariamente la “percha” clavada en la pared, colgado mi uniforme “único”: camisa blanca, manga corta y pantalón sastre gris, acompañado siempre de la correa y zapatos negros, con reverencia mi insignia G.U.E. “LP”, destacando los colores blanco, azul y rojo; la misma siento incrustada dentro de mi corazón.

No puedo olvidar aquellos días de clases: despertarme “temprano” era la rutina diaria, de lunes a viernes, para llegar minutos antes de la hora señalada, 7:30 a.m., momento en que ya estaba completamente cerrada la puerta de ingreso. Los “tardones” tuvieron dos alternativas, uno regresar a casa y el otro buscar un lugar para pasar la mañana; muchos elegían subir a las 7 cuevas, nadar en la “Oroyita” del río Huallaga, jugar pelota en el “Tabaco” y “meterse” al kiosco de “Mera Mera” para leer las “exquisitas” revistas o historietas, saboreando la papa rellena con ceviche, menú de los vaqueros leonciopradino.

La clase o el curso deseado, casi toda la secundaria, era Educación Física a cargo de los profesores César Sara, Carlos Chávez y Ulises Soto, a quienes les guardo gran cariño. Cada jueves ya mi uniforme estaba completamente listo: polo y trusa de color blanco impecable; de igual forma, las medias y las zapatillas “Tigre”, totalmente blancas. Pobre aquel que se presentaba con el uniforme “percudido”; estaba “impedido” de jugar pelota o nadar, era el “peor” castigo que se imponía. El fútbol en el estadio viejo, la natación en la piscina “San Pedro” y el básquet eran mi pasión, como también el box o la lucha libre, gimnasia y atletismo. La preparación era de exigencia extrema; prácticamente con esta clase de entrenamiento, el alumno era atlético y deportivamente bien formado.

Además, reaparece en mi memoria, los laboratorios de física y química dirigidos por los profesores Rudy Minaya y Lizárraga, docentes con gran conocimiento y didáctica en la enseñanza, su paciencia y entendimiento impactaban desde el comienzo. Además, el curso de Botánica, dirigido por el profesor Noelito Figueroa, un hombre con gran carisma y bondad, impartía su educación en la huerta de su hogar, que en la práctica funcionaba como el laboratorio del curso. Para obtener la aprobación, el estudiante tenía que reconocer las plantas, hojas y identificar sus propiedades y nombres científicos. Aquello que fallaba, recibía como «recompensa» un «palazo» en la palma de su mano.

Otro curso que recuerdo era de música, dirigido por el profesor Abilio Magro; también dirigía la banda musical del colegio, quien te enseñaba las notas musicales. La tarea para aprobar era reconocer la partitura de una canción. Para ello, el docente usaba su tocadisco y colocaba un disco. Al comienzo de la canción, a los segundos, el profesor preguntaba ¿en qué tono? estaba cantando o tocando el disco, inmediatamente respondías, era una concentración extrema y los oídos “limpios” para poder sintonizar la nota musical; es así, aprendí algo de música que me permitió integrar la banda de músicos del colegio, el instrumento que me asignaron es la tuba, cuando lo vi casi me caigo, era el más grande, su sonido era grave de la familia viento metal. La primera practica era “sacar” brillo, tenía que estar “brillando”, era sumamente pesado, logre dominarla y para los prolongados desfiles me ayudaba con una faja para soportar el peso y el cansancio. Esto me ocurrió en el tercer año de secundaria.

 

Alfombra para el Rey y el Patrón

Era finales de octubre en los años 70, un mes teñido de morado por la devoción que inundaba nuestra ciudad, Huánuco, en honor al Rey y Patrón: el Señor de Burgos. Como ya era costumbre, el colegio Leoncio Prado organizó el tradicional concurso de alfombras entre los salones. Aquella era una época muy esperada. La emoción nos desbordaba. Nos arremangábamos para ayudar: unos traían aserrín, otros dibujaban las formas en el suelo, mientras algunos se dedicaban a recortar pétalos de flores con esmero. Ese año, nos habíamos atrevido a algo realmente especial: elegir el rostro de Corazón de Jesús como tema de nuestra obra. La elección encendió un fervor único en todos nosotros. Contábamos con la dirección del profesor Cinicio Palacios, al que apodábamos en secreto «Killincha». Él impartía las clases de dibujo y arte, y fue quien guio nuestras manos creativas. Sabíamos que el primer día de la procesión del Señor de Burgos se celebraría el 28 de octubre, motivo más que suficiente para que todo el salón se involucrara con entusiasmo.

Las horas se consumieron entre risas y concentración, y cuando cayó la noche, bajo la tenue luz de la luna que iluminaba las calles sombrías, nuestro esfuerzo cobró vida. La imagen de Corazón de Jesús quedó plasmada en una alfombra que parecía una obra maestra. Atraía todas las miradas: residentes, transeúntes, e incluso los demás participantes del concurso se detenían a contemplarla con admiración. Estábamos seguros: la victoria parecía cercana. Nos sentíamos invencibles.

Pero entonces, el destino se manifestó con vehemencia. Un trueno rugió en el cielo, un relámpago partió la oscuridad, y poco después, el cielo comenzó a llorar con furia. Una lluvia torrencial cayó sobre la ciudad. Los asistentes huyeron a buscar cobijo mientras la procesión del Señor de Burgos avanzaba lentamente por la lejana Alameda de la República. En cuestión de minutos, las calles se transformaron en ríos embravecidos, y el parque de San Francisco quedó cubierto de agua.

Nuestra preciada alfombra desapareció sin rastro, como si nunca hubiera existido. Nos miramos entre todos con los corazones entristecidos. Aquella obra que habíamos creado con tanto amor y esfuerzo había sido barrida por la fuerza de la naturaleza. Pero más allá de la pena, nos quedamos con la satisfacción de haberlo hecho, de haber ofrecido algo humilde pero sincero al Señor de Burgos. Fue un trabajo conjunto, nacido de un único esfuerzo y un único corazón. Nuestros padres se apenaron junto a nosotros, pero en lo profundo del espíritu brillaba el orgullo por lo que habíamos logrado. Tal vez fue su voluntad. Al fin y al cabo, Dios lo quiso así.

 

Comandante de la Guardia Civil

Volvamos en el tiempo a una fría mañana de junio de 1976, en la emblemática ciudad de Huánuco. Allí nos encontramos, todos organizados en nuestras carpetas de madera del aula del legendario colegio Leoncio Prado. Es el momento del curso de Historia del Perú, impartido por el profesor Cotrina, siempre impecablemente vestido y con su peculiar acento cajamarquino. Entre preguntas y comentarios habituales, lanza la frase de siempre: «¿Quiénes son nuestros padres?» Llega el turno del alumno Meyer. Lo mira con interés y le pregunta en su tono característico: «¿Quién es tu papá, hijiiiiiiiiito?». Meyer, a quien cariñosamente llamábamos «el negro», responde con evidente orgullo que su padre era comandante de la Guardia Civil. El comentario no pasa desapercibido. De inmediato, el profesor Cotrina se levanta de su asiento, caminando hacia él, y lo reprende: «¿Por qué mientes, hijiiiiiiito?» Finalmente afirma, con voz firme: «El único comandante de la Guardia Civil aquí es Romero, mi paisano, compadre y promoción. No puede haber otro jefe policial en esta ciudad». Meyer no se intimida ante la acusación. Se toma un momento para intentar aclarar la situación. Con calma y dejando clara su posición, pide pasar al frente para explicar que no es mentiroso. Y entonces detalla con orgullo: «Profe, lo que digo es verdad. Mi papá es comandante del puesto de control de la Guardia Civil en Huancapallac, distrito de Kichki, provincia de Huánuco. Está muy cerca, solo a 40 kilómetros. Mi ‘pa’ tiene el grado de sargento primero». La revelación provoca una explosión de risas entre los compañeros, llenando el salón con carcajadas imprevistas. El profesor, tras capturar el momento con una sonrisa discreta, le pide a Meyer que regrese a su lugar en silencio. Una nueva anécdota se suma a las memorias de un leonciopradino de 1976, con el recordado «Negro» Meyer como protagonista.

 

*Cronista, economista y abogado, celular: 964759237, E-mail: rodriguezmasgo@gmail.com, Facebook: Fortunato Rodríguez Masgo

Foto: D.R. referencial.

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