Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay personas que llegan a nuestra vida sin que imaginemos cuánto significarán para nosotros. Aparecen una tarde cualquiera, descienden de un vehículo y, sin saberlo, comienzan a escribir una historia que durará toda la vida. Así llegó mi hermano Félix Ludwig Chávez Valentín. Era una tarde de 1981 y yo tenía catorce años.
Mi padre, don Abelino Chávez Dueñas, me dijo que mi hermano llegaría desde Santa Rosa, Baños, para estudiar en Huánuco y que debía ir a recibirlo. Monté su bicicleta negra y pedaleé hasta la intersección de los jirones Aguilar y San Martín, donde se detenían los mixtos procedentes de los pueblos del Huánuco profundo.
Nunca lo había conocido realmente. Quizá lo vi una vez, hacia 1975, cuando yo tenía ocho años: un muchacho de unos once llegó a caballo a la casa de mi tío Alejandro, en Ataquero. Yo estaba allí con doña Olga, esposa de mi padre, y mi pequeña hermana Olguita. Apenas conservo aquella imagen. Por eso, aquella tarde sería nuestro verdadero primer encuentro.
Los pasajeros comenzaron a bajar. Yo examinaba cada rostro, intentando reconocer a alguien cuya apariencia apenas podía imaginar. Descendieron casi todos, hasta que apareció un adolescente de piel curtida por el frío y el sol, mirada firme, nariz y pómulos sabrosamente pronunciados. Era el vivo retrato de mi padre.
¡Era él!
—¡Ludwig! ¡Ludwig! —grité.
Él miraba de un lado a otro, buscando entre la gente a quien lo llamaba. Todavía estaba sobre la tolva de El Romancero, el ómnibus que viajaba entre Huánuco, Baños y Ataquero. No hubo un abrazo de película. Hubo un muchacho que llamaba y otro que intentaba reconocer aquella voz. Días después, seguramente, mi padre nos presentó.
No sabía entonces que aquel adolescente llegado de Santa Rosa terminaría convirtiéndose en una de las columnas de mi existencia.
Mi infancia había conocido tempranamente el abandono, el desprecio y la desprotección. Ludwing no fue solamente un hermano: fue alguien que estuvo cuando la vida se volvía difícil.
Estudiamos juntos en el entonces Colegio Nacional Leoncio Prado de Huánuco. Allí coincidían los hijos de las familias acomodadas y pudientes de la ciudad, de los obreros y campesinos, muchachos de todas las sangres. Sin embargo, aquella convivencia no siempre estaba libre de prejuicios. Algunos alumnos descargaban su intolerancia contra quienes llegaban del campo. Una tarde, Ludwig tuvo que enfrentarse a seis estudiantes que lo acosaban por sus orígenes andinos.
La pelea era desigual. Los golpes llegaban de distintos lados, pero mi hermano no retrocedía. Yo estaba allí, paralizado por la impotencia de mis pocos años. Apenas atiné a arrojar un objeto contra uno de los agresores. Ludwig seguía de pie, enfrentándose a quienes necesitaban ser muchos para sentirse fuertes. Finalmente, un joven que practicaba karate intervino y ayudó a detener la agresión.
Nunca olvidé aquella escena. Mi hermano no estaba dispuesto a sentirse inferior por venir de la tierra andina. Aquella tarde defendió su dignidad y la de tantos muchachos que debían soportar la humillación por su procedencia.
Después vivimos una etapa con nuestra abuelita paterna, mamá Cirila Dueñas Medina. Ella nos mandaba a recoger leña en las alturas de Huayopampa. Subíamos los cerros, juntábamos las raíces del chuná y las ramas que encontrábamos en el camino. Regresábamos cantando, imitando los gritos de los soldados, como si algún día fuéramos a servir a la patria. Éramos dos muchachos que todavía no conocían las batallas que les aguardaban.
El destino nos hizo maestros y volvió a reunirnos en el hermoso pueblo de La Libertad. Durante catorce años trabajamos juntos, compartiendo aulas, jornadas pedagógicas, caminos y episodios que algún día merecerán otra crónica. Pero hay una despedida que permanece intacta en mi memoria. Cuando recibí la noticia de mi traslado por racionalización a otra institución educativa, bajábamos juntos en su automóvil. De pronto, Ludwing detuvo el vehículo, puso su mano derecha sobre mi hombro y me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Después de catorce años de caminar juntos, ambos sabíamos que nuestra cercanía cotidiana estaba llegando a su fin.
Cuando comencé mi aventura en el periodismo escrito, mi hermano alentó mis primeros pasos. Recuerdo el día en que recibió un ejemplar del periódico donde aparecía mi artículo sobre Elías Matienzo y el Amor Pañaco. Lo leyó dentro del automóvil. Sus ojos se humedecieron. Se emocionaba al advertir que su hermano menor comenzaba a encontrar una voz propia en las páginas de un periódico. Nunca he olvidado aquella emoción.
Y cuando un accidente de tránsito me dejó enfermo, Ludwig volvió a estar allí. Me acompañó junto a su familia. No necesitó grandes discursos: su presencia fue suficiente.
Este 6 de noviembre cumplirá un año más de vida. Aunque hoy nos separa la distancia y cada uno enfrenta sus dificultades, sé que sigue atento a mí, como un águila que vigila desde lo alto. Yo también permanezco pendiente de él. Quisiera devolverle, aunque fuera en una pequeña parte, todo lo que hizo por mí.
A veces regreso a aquella tarde de 1981. Me veo pedaleando la bicicleta negra de mi padre, esperando junto al paradero. Vuelvo a mirar los rostros de los pasajeros y a escuchar mi voz de catorce años llamando entre el bullicio:
—¡Ludwig! ¡Ludwig!
Ahora comprendo que no fui solamente a recibir a un hermano que llegaba de Santa Rosa. Estaba encontrándome con uno de los seres que me ayudarían a atravesar las estaciones más difíciles de mi vida.
El Romancero siguió su camino. La bicicleta negra desapareció hace muchos años. Pero aquel adolescente que descendió del ómnibus continúa llegando a mi memoria cada vez que necesito recordar que no he caminado solo.
Feliz cumpleaños, hermano. Si alguna vez la vida me pregunta qué significa tener un hermano, no necesitaré buscar una respuesta en los libros. Le contaré de ti. De aquella tarde en que llegaste a Huánuco y, sin saberlo, comenzaste a salvarme de muchas soledades.




