HUÁNUCO DEL AYER: Leonciopradinos en la aventura de la natación

Por Fortunato Rodríguez y Masgo*

Cayó la noche, con ella llego la oscuridad y la soledad en el viejo cuarto iluminado por una pequeña vela, que comienza a lagrimear y llorar en señal de tristeza o presagio de algo malo va a ocurrir. Sentados en la vieja banca nos encontramos haciendo remembranzas de hechos inolvidables dentro del escenario de los recuerdos, vemos dibujar imaginariamente con mucha alegría las prácticas incansable de la natación, gracias a la orientación de los abnegados profesores de Educación Física de nuestro recodado Colegio Leoncio Prado de Huánuco primaveral; allá, por la década del 70, quienes nos inculcaron la práctica de deporte de una manera constante para estar sanos y lucidos en la vida.

Cae en nuestras memorias los días de clases que se desarrollaban con intenso sol o bajo torrencial lluvia, si o si se realizaban, no existía justificación para suspenderse; más aún, si era lo que más deseamos y anhelamos durante la semana de estudio. Por esta razón, la muchachada del salón no podemos olvidarlos, menos dejar de mencionar a los profesores Ulises Soto, Cesar Sara y Carlos Chávez, quienes con su paciencia y sabiduría promovieron la práctica cotidiana del deporte para mantener la mente sana y el cuerpo sano, tolerancia cero al consumo de drogas.

Uno de los deportes que practicamos intensamente fue la natación de una y otro forma, y nuestras clases se desarrollaban de forma práctica en las piscinas de la ciudad: La Alameda y San Pedro, donde temerariamente escalamos hacia el trampolín de 20 metros de altura, para lanzarnos desde allí en caída libre.

Si no sabías nadar; no era un problema, en el menor descuido “te tropezabas” y caías a la piscina en la parte profunda; y como nadie te rescataba, tenías que salir como puedas; de esa manera perdías el miedo, en menos de tres minutos ya estabas nadando como pato o “chapaleando” como sapo. Ya en las posteriores clases, nadabas como un experto.  

Como ya éramos casi diestros en la piscina sanpedrino, la muchachada del Leoncio Prado, cada fin de semana se daban cita en la Laguna Viña del Río para dar rienda suelta con alegría y emoción en la práctica de la natación, hasta se abalanzaban desde el “temible” torreón hacia la frías aguas; pero, tenías que tener presente el fango del recinto, porque era lodo, existía el peligro que te “claves” de cabeza y no salgas, terminabas enterrado dentro de ella.

Otras veces, los leonciopradinos en busca de mayor aventura se trasladaban hasta la famosa “Oroyita”, ubicado en la margen derecha del río Huallaga, a pocos metros del puente “El Cal y Canto”. Ya en el lugar realizaban un candente partido de fulbito en el arenal de la “playita”. Para luego, nadar en el Huallaga, llegando a cruzar hacia la pequeña isla que existía en el medio, y proseguir “bandeando” el río completo, de orilla a orilla a brazo libre. Pero, tenías que tener resistencia de brazos y piernas, como también maña para no tropezarte con las piedras y golpearte, porque dolía como los “demonios”.

Los compañeros en su largo caminar incansable de buscar emoción y aventura, llegaban hasta “Paltos” para nadar, ubicado por la altura de las primeras cuadras de los jirones 28 de Julio, Hermilio Valdizán y Bolívar, donde la correntada del río era moderada (tranquilo), hasta te ponías a bucear. Lo gracioso era, cuando te desvestías en medio de las indiscretas miradas de decenas de mujeres lavanderas, quienes apostadas en la orilla, pisaban las enormes frazadas o “refregaban” los pantalones percudidos y te lanzaban sus piropos cuando te observaban desnudo en momento de mudarte la ropa.

Para tu mala suerte, una que otras veces sucedía, luego de nadar, vas en busca de tu ropa previamente “encaletado” (oculto) en la orilla y no encontrabas; te desesperabas en buscar, algún “vivo” te había sustraído, ya era tarde tu reacción, solo te quedaba ir en paños menores por la calle hasta tu casa donde recibías buenos correazos de tu padre, por no saber cuidar tus pertenencias. Además, eras el “punto” de la risa del barrio y del salón de clases que mellaba tu buena reputación en los días venideros.

Otras veces, se les veía a los muchachos que se lanzaban desde la enorme piedra “la calavera” localizado por Cayhuayna, desde donde “navegaban” con sus añejadas inmensas cámaras de camión Volvo y dominaban la correntada del río Huallaga, llegando hasta el puente “Cal y Canto”, donde desembarcaban de sus “naves”, desinflaban la cámara, guardaban en el costalillo y “quipichado” (cogido) caminaban con destino a sus casas; era una aventura inolvidable, por las emociones y la alta adrenalina que existía en la travesía.

No podemos dejar de mencionar al río Higueras, que se caracterizaba por tener aguas tranquilas en el verano y temibles en el invierno, hasta donde arribaban los jovenzuelos para nadar y pasar momentos de entusiasmo, en especial a la altura del centro arqueológico de Kotosh, en medio de árboles frutales.

Así era, el tours que desarrollaban en el antaño nuestros compañeros de clases del Colegio Leoncio Prado de nuestro Huánuco señorial, devotos del deporte y de las emociones sanas, alejados totalmente del vicio o de la droga que distorsionan la conducta de las personas.

Es así, como los leonciopradinos practicaron la natación dentro y fuera del colegio, siempre con el consentimiento de los padres. Seguro estamos, que no existe un leonciopradino que no sepa nadar, menos que no haya caminado a orillas de los ríos aledaños de nuestro Huánuco querido.

*Periodista, economista y abogado

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