Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay invitaciones que llegan como un compromiso más en la agenda y otras que despiertan la gratitud antes que cualquier otra emoción. La llamada de la doctora Merith Eva Bardales Meneses pertenecía a estas últimas. La había conocido años atrás, cuando su prestigio profesional comenzaba a consolidarse en el ámbito educativo huanuqueño. Desde entonces conservé la imagen de una profesional que ejercía la docencia con la misma naturalidad con que otros respiran, convencida de que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en tocar el alma de quienes aprenden. Quizá por eso, cuando me comunicó que el viernes 26 de junio presentaría su libro La afectividad en el desarrollo formativo de la personalidad de los niños del nivel inicial y me pidió conducir la ceremonia, hice un espacio entre mis múltiples compromisos para acompañarla en aquella noche memorable.
La noche llegó envuelta en ese aire sereno que suele regalar junio en Huánuco. A las siete en punto, el auditorio de la Cámara de Comercio e Industrias comenzaba a llenarse de docentes, estudiantes universitarios, autoridades, familiares, amigos y ciudadanos interesados en acompañar el nacimiento público de una nueva obra. Había un ambiente de respeto, pero también de alegría. Los libros tienen esa extraña virtud de reunir personas distintas alrededor de un mismo sueño, como si cada página escrita nos recordara que todavía existen quienes creen en el poder transformador de la educación.
La ceremonia se abrió con la participación del Coro Ruicino. Veintidós voces juveniles llenaron el auditorio con canciones huanuqueñas y del repertorio nacional. Mientras los escuchaba comprendí que aquella no sería una presentación convencional. La música iba preparando el espíritu para una noche donde la investigación científica caminaría de la mano con la sensibilidad humana. Estaban previstas cuatro interpretaciones, pero la emoción terminaría imponiéndose al protocolo y el coro regalaría dos canciones adicionales, a pedido de la propia autora, incapaz de ocultar la felicidad que desbordaba en su rostro.
Eva Bardales llegaba a esa noche respaldada por una trayectoria construida con paciencia y perseverancia. Licenciada en Educación Inicial, magíster, doctora y posdoctora en Ciencias de la Educación, directora de la institución educativa inicial LIDERKIDS, docente de pregrado y posgrado de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, investigadora, autora de publicaciones científicas, coach ontológico y consultora en Programación Neurolingüística. Sin embargo, mientras la observaba desde el escenario, comprendía que ninguno de esos títulos alcanzaba a describir lo esencial de su vida. Antes que investigadora, antes que académica, seguía siendo maestra. Y quizá esa sea la más alta distinción que puede alcanzar una persona dedicada a la educación.
Cada intervención fue revelando el verdadero alcance de la obra. El maestro Jacobo Ramírez Mayz, la escritora Silvia Gissela Nieto Tucto y el representante de la Editorial Cóndor Pasa, Ronald Leiva Echevarría, coincidieron en destacar el rigor de la investigación y la vigencia del tema abordado.
Cuando llegó el turno de la autora, el silencio se apoderó del auditorio. No habló únicamente la profesional formada en las aulas universitarias; habló también la mujer que ha dedicado gran parte de su existencia a convivir con niños, familias y docentes. Sus palabras nacían de la experiencia antes que de los libros. Recordó las motivaciones que dieron origen a su investigación y defendió la necesidad de comprender que el desarrollo de la personalidad infantil no depende exclusivamente de los contenidos escolares, sino también del cariño, del respeto, de la escucha paciente y de esa presencia afectuosa que todo niño necesita para descubrir el mundo sin miedo.
Uno de los momentos más conmovedores llegó cuando su hija, Anid Isabel, subió al escenario para entregarle un presente. El protocolo cedió entonces su lugar a la emoción. No era solamente un obsequio; era el abrazo silencioso de una hija que reconocía en su madre las incontables horas de estudio, las investigaciones, los sacrificios y las renuncias que muchas veces acompañan la vida de quien decide servir desde la educación. Poco después fueron sus alumnas quienes también le entregaron presentes como expresión de cariño y reconocimiento.
El reconocimiento institucional también estuvo presente cuando el rector de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, doctor Ewer Portocarrero Merino, se acercó para felicitar personalmente a la autora por este nuevo aporte a la investigación y a la producción intelectual.
La ceremonia continuó con el sorteo de ejemplares del libro entre los asistentes. Las sonrisas de los ganadores parecían confirmar que un libro sigue siendo uno de los regalos más nobles que puede recibir una persona. Después volvieron las voces del Coro Ruicino. Seis canciones acompañaron finalmente aquella velada, como si la música quisiera impedir que la noche terminara demasiado pronto.
Cuando todo concluyó, me despedí de la autora. Su sonrisa transmitía esa mezcla de satisfacción, alivio y gratitud que solo conocen quienes ven culminado un largo esfuerzo. Luego salí del auditorio y caminé lentamente por la Plaza de Armas de Huánuco. La ciudad seguía su ritmo habitual, ajena quizá a que, a pocos metros, acababa de presentarse un libro que hablaba de una de las necesidades más urgentes de nuestro tiempo.
Mientras avanzaba bajo las luces de la plaza pensé que vivimos en una sociedad donde abundan los conocimientos, pero escasean los gestos de afecto; donde enseñamos a competir antes que a comprender y donde muchas veces dejamos para mañana el abrazo, la palabra de aliento o el tiempo para escuchar a quienes amamos. Tal vez por eso la obra de Eva Bardales trasciende el ámbito académico. Nos recuerda que la personalidad de un niño comienza a formarse mucho antes de aprender a leer o a escribir: empieza con una caricia, con una mirada de confianza, con un maestro que cree en él y con una familia que le hace sentir que siempre tendrá un lugar donde regresar.




