Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
Las estrechas y románticas calles del Huánuco de antaño cobijaban viviendas alineadas como si fueran un tablero de ajedrez. Destacaban los ventanales de hierro fundido, las enormes puertas de viejo roble y los techos a dos aguas cubiertos de tejas de arcilla roja, cocinadas en hornos de leña de eucalipto en Punchao. Las fachadas lucían un blanco impecable, con zócalos rojo sangre que armonizaban con el color del techo. Así eran las casas de nuestro Huánuco del ayer, llenas de historia y de recuerdos.
Al caer la noche, el cielo se cubría de un azul profundo salpicado de estrellas traviesas allá arriba, donde —decían los mayores— vive Diosito. En las casas, las familias se reunían en la acogedora sala para compartir un ponche huanuqueño acompañado de su punto de shacta. Mientras la mamacha batía con paciencia el ponche, se iniciaba la tertulia nocturna de costumbre: los mayores conversaban y los chiuchis (niños) escuchaban atentos.
En una de aquellas reuniones, Ticucho contó que tiempo atrás había conversado con don Gerardo Taboada, distinguido caballero de la sociedad huanuqueña. Él, a su vez, había conocido a don Pablo De la Cruz, sacristán de la antigua catedral, con quien mantenía una gran amistad.
Según relataba don Pablo, su habitación se encontraba junto a la cripta del llamado taita Alfonso, monseñor Alfonso María Sardinas y Zavala. Para llegar a su cuarto debía descender por un estrecho pasadizo semejante a una catacumba, oscuro y silencioso. Allí tenía apenas lo necesario: una cama, un pequeño estante para su ropa y una vela para alumbrarse, pues en aquel tiempo no existía luz eléctrica en ese lugar.
Una noche, mientras descendía hacia su cuarto, el ambiente quedó en absoluto silencio. Ni siquiera el zancudo se atrevía a volar. De pronto percibió un perfume exquisito, de aroma inconfundible. Intrigado, apresuró el paso y abrió la puerta de su dormitorio.
Para su sorpresa, vio a un niño sentado sobre su cama.
El pequeño tenía un rostro delicado, cabellos ensortijados de color dorado y una mirada profundamente angelical. Sus ojos brillaban como destellos.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó el sacristán, aún sorprendido.
—Estoy acompañando a mi padre —respondió el niño con serenidad.
—¿Y dónde está tu padre?
El niño levantó su pequeña mano y señaló la tumba del taita Alfonso.
Don Pablo tomó la mano del pequeño y salió al corredor en busca de sus padres. Pero mientras caminaban, el niño desapareció repentinamente. Lo buscó por los pasadizos, pero fue inútil. Había desaparecido.
Días después ocurrió algo similar.
Aquella noche, tras terminar la limpieza de la catedral, el sacristán descendía nuevamente por el pasadizo alumbrándose con una vela. Casi al llegar a su cuarto escuchó claramente el llanto de un niño dentro del dormitorio.
Abrió la puerta con rapidez y lo vio nuevamente.
El pequeño estaba sentado en su cama, llorando.
—¿Por qué lloras, hijito? —le preguntó con ternura.
La respuesta fue clara y triste:
—Me tienen olvidado aquí.
Conmovido, el sacristán lo consoló hasta que dejó de llorar y lo dejó descansar en su cama. Sin embargo, al amanecer, cuando despertó para iniciar sus labores, el niño ya no estaba. Había desaparecido nuevamente.
Con el paso de los días, el sacristán sintió la necesidad de contar lo sucedido. La oportunidad llegó una madrugada, antes de la primera misa en la catedral, que celebraría el deán Noé Castillo.
Mientras lo ayudaba a colocarse los ornamentos sacerdotales, le relató toda la historia.
El deán escuchó con atención y, con una leve sonrisa, respondió:
—Es el niño del monseñor Alfonso. Siempre anda por la catedral. Es bendito.
Al oír aquellas palabras, el sacristán se arrodilló, se persignó y dijo en voz baja:
—Que se haga tu voluntad, Padre Nuestro.
Desde entonces comprendió el misterio del niño que parecía custodiar la tumba del taita Alfonso.
No fue el único en verlo.
En cierta ocasión, dos damas huanuqueñas acudieron a la misa de las siete de la noche. Al ingresar a la catedral observaron a un niño sentado en la primera banca, bien vestido y abrigado con una chompa, mirando fijamente el altar mayor.
Al terminar la misa, se acercaron y le preguntaron:
—Niño, ¿dónde están tus padres?
El pequeño señaló con su mano hacia abajo. Las damas lo tomaron de la mano y siguieron el camino que indicaba. Descendieron hacia la catacumba y, al llegar cerca del nicho del taita Alfonso, el niño señaló nuevamente y dijo:
—Ahí está.
Las damas quedaron sorprendidas. Pero, al mirar a su lado, el niño ya no estaba. Había desaparecido.
Aún sobresaltadas, salieron rápidamente de la catedral. Días después, ya más tranquilas, contaron lo sucedido al deán Castillo. Él las escuchó atentamente y respondió con serenidad:
—Es el niño del monseñor Alfonso María Sardinas y Zavala.
Con el paso de los años, cuando se demolió la antigua catedral, muchas imágenes religiosas fueron trasladadas a distintos lugares. Entre ellas estaba la del niño del taita Alfonso. Durante mucho tiempo se desconoció su paradero.
Hasta que una devota, la señora Jaime, emprendió una búsqueda para encontrarla. Tras una paciente investigación logró ubicar la imagen en una carpintería, donde se le realizaban pequeños retoques. La imagen fue recuperada y llevada nuevamente a la catedral nueva, donde hoy permanece como parte del legado espiritual y cultural del Huánuco de ayer.
Realmente quedamos eternamente agradecido, por esta crónica, que no debe pasar al olvido; más por lo contrario, ser divulgado, como lo quiso don Gerardo Taboada, un huanuqueño incansable para mantener intacto nuestras costumbres, un hombre de mucha fe religiosa. Un saludo hasta el cielo donde te encuentras don Geracho -para sus amigos.
*Escritor, economista y abogado. Cel.: 964 759 237.
Correo: rodriguezmasgo@gmail.com Foto: D.R. referencial






