El eterno recuerdo del aniversario de Huánuco

 

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

«Hay ausencias que no logran borrar el color de la tierra. Hoy, estas líneas no nacen en el calor del Valle del Pillco, sino en la distancia de un huanuqueño que, estando lejos territorialmente, camina con el alma cobijada por sus tres jircas: Paucarbamba, Andabamba y Rondos. Desde la lejanía, donde la nostalgia aprieta el corazón, el espíritu se aferra al eco de un violín y arpa, al aroma del café de huerta y al recuerdo de un cielo que nunca se apaga. Con la maleta llena de recuerdos y los ojos fijos en el horizonte, esta crónica es un abrazo a la distancia y una promesa inquebrantable: la de volver, tarde o temprano, a pisar y bendecir el suelo de mi Huánuco querido.»

 

El amanecer del Valle del Pillco y el origen de la estirpe

El repique de las campanas de la santa iglesia San Cristóbal, despierta al Valle de los Chupachos, mucho antes de que el sol primaveral termine de entibiar la mañana. Cada 15 de agosto, la hermosa ciudad huanuqueña amanece vestida de gala y nostalgia, recordando su accidentada fundación española ocurrida originalmente en 1539 en las gélidas pampas de Huánuco Viejo por el capitán Gómez de Alvarado y Contreras. Aquel asentamiento se erigió sobre una tierra con una historia milenaria.

Aquel primer asentamiento no resistió la implacable rebeldía del guerrero inca Illa Túpac, lugarteniente de Manco Inca, quien desató una feroz resistencia que obligó a los conquistadores a mudar la ciudad en 1542 hacia el actual y generoso valle del río Huallaga, rebautizándola para siempre como «La Muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros del León de Huánuco». Hoy, al evocar sus calles desde la distancia, el orgullo de los «chupachos» se enciende con su herencia libertaria, habiendo proclamado su emancipación un 15 de diciembre de 1820, meses antes que Lima. Mientras el sol radiante aparece aquella mañana entre las manos de los jircas que calientan el sentimiento de los que están allá y de los que estamos lejos, las notas de «El Cóndor Pasa» flotan en el aire, rindiendo un tributo silencioso a su creador, el ilustre huanuqueño Daniel Alomía Robles.

 

La jarana señorial

Viajar con la mente en el tiempo hacia la gloriosa década de 1970 es despertar un corazón que acurruca, en sintonía, la alegría de lo vivido y la tristeza de lo que ya no volverá. En aquel Huánuco de antaño, el aniversario se preparaba con meses de anticipación en las sastrerías locales, donde los caballeros mandaban a confeccionar sus mejores ternos para estrenarlos junto a sus zapatos de becerro taco cero, mientras las damas abarrotaban los talleres de las modistas diseñando vestidos únicos.

La jarana grande rompía fuegos la noche de la serenata, el 14 de agosto, extendiéndose en un torbellino de elegancia hasta la amanecida. El Club Central, embellecido por don Jacinto Castañeda, pulía el piso al compás de la imponente Sonora Zapata del maestro Abilio Magro. Al mismo tiempo, el Club Juan Bielovucic encendía la noche promocionando el duelo entre Los Kelkas de los hermanos Sánchez y Los Tótems; mientras que en el famoso Chung Wa se desataba la algarabía con la presentación de Los Walker’s de Rogelio Velásquez. Al rayar el alba, las damas regresaban a casa caminando con los tacos en la mano y los caballeros con el saco al hombro y la corbata en el bolsillo, directo al mercado a consumir un humeante caldo de cabeza, caldo de gallina de chacra o un tradicional caldito verde.

 

La mística de los 70 en la pampa de Puelles

Al llegar la década de 1970, el epicentro del júbilo juvenil se trasladó hacia la mítica pampa de Puelles. La muchachada de los barrios se autoconvocaba en «caleta» dentro del toldo de algún conocido para protegerse del frío que, evocando el viejo pasado preinca, se desparramaba sobre el ancestral valle de los Chupachos. Con guitarra en mano, chompa en el cuello y dinero disponible, arribaban cerca de las 20 horas al toldo de la encantadora María, quien te encanta toda la noche con su belleza y su cuerpo escultural, una morena alta de ojos claros, quien atraía a la multitud con los parlantes acoplados a su vieja radiola llenando el ambiente con discos de 45 y LPs. Los toldos eran “salones” improvisados con piso de tierra y techos de tolderas de viejos camiones sostenidos con maguey, iluminados apenas por una vela o un mechero de kerosene.

El campo ferial de Puelles se abarrotaba para admirar las bondades de la región: animales de las casas-haciendas, muebles de ebanistas, frazadas de lana de carnero tejidas en La Unión o Llata, guitarras fabricadas por el maestro Víctor Flores, miel de los hermanos Daga y el aromático café de huerta o de montaña de Pillao. La serenata estallaba formalmente con la banda Los Pillco Mozos, la impresionante quema de castillos y los estruendosos cohetes de cuatro tiempos de don Amador Visag, mientras el entrañable cómico Lapichuco alegraba a la multitud con sus ocurrencias entre el desfile de artistas que, con arpa, saxo y violín, hacían zapatear a los concurrentes.

 

Sentimiento huanuqueño, sabor y tradición

El alma del huanuqueño se emociona hasta las lágrimas cuando escucha y baila su huayno con hondo sentimiento, rompiendo el alma al cantar el melancólico e infaltable «Cuando salí de mi tierra» —himno que hoy cobra un significado desgarrador en el pecho del ausente— para luego zapatear con picardía las notas de «Huanuqueñita pretenciosa», el huayno más requerido y ovacionado de la festividad. Para aguantar la larga jornada y encender el espíritu, la gente comparte la tradición viva: van tomando su shacta de aguardiente, ese mítico destilado de caña puro que calienta el pecho, mientras mastican su coca para reponer fuerzas y rendir tributo a la Pachamama, a la par que disfrutan fumando su cigarro Inca de fuerte aroma.

Al aterrizar el mediodía, el olor inconfundible del banquete se apodera del aire y se sirve la emblemática Pachamanca con trozos de chancho de cascarón muy dorado, papas, camote, yuca; o bien un contundente Locro de gallina y un sabroso Picante de cuy. Al caer la tarde, discurre el aroma de café huerta recién pasado hora del lonche, acompañado de la maravillosa variedad de panes de horno de leña: mestizos, boyos, mishtishongo, el pan de piso y las insustituibles empanadas de gallina.

 

Tarde de fútbol y civismo

Los recuerdos del ayer también se escribieron con pasión deportiva y fervor cívico. Cómo olvidar las tardes en el viejo estadio Leoncio Prado, donde las apuestas rondaban por la vetusta tribuna de madera para el clásico futbolístico de la semana: el amado León de Huánuco de Ñumico Echevarría batiéndose a duelo contra su archirrival, el Juan Bielovucic de Abelardo Fernández. Mientras en horas de la mañana, en la Plaza de Armas albergaba el majestuoso desfile cívico-patriótico, donde marchaban con gallardía los batallones de los colegios, Escuela Normal Marcos Durán Martel, la Universidad Nacional Hermilio Valdizán y las delegaciones de las provincias del interior con sus danzas costumbristas de los pueblos aledaños, como también procedentes de las provincias de Pachitea, Dos de Mayo y Huamalíes. La plaza principal era un lleno total.

 

Adiós a la fiesta

Al finalizar la festividad en Puelles, la muchachada baja por la tarde cubierta de polvo por el ventarrón de la quebrada, guitarra al hombro y cantando con melancolía el ayhuallá para despedirse hasta el próximo año, caminando despacito, despacito llegas a tu casa. Y si el cuerpo quedaba resentido por los excesos de la celebración, siempre quedaba el consuelo de acudir donde don Ñumico Echevarría, quien, con una oportuna inyección y suero en la vena, resucitaba a los jaraneros para asegurar que la historia de esta tierra, noble herencia de los Chupachos y los Caballeros del León, siguiera latiendo con la fuerza de los siglos en el corazón de cada hijo que sueña con volver.

 

 *Cronista, economista y abogado. Foto: D.R. referencial

 

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