Por: Joyce Meyzán Caldas*
No todos los maestros saben que transformaron la vida de un estudiante. Algunos nunca llegan a enterarse de que una conversación, una oportunidad o un simple gesto de confianza terminó definiendo una vocación. Este Día del Maestro, quiero agradecer a quienes hicieron exactamente eso conmigo.
Hay personas que cambian nuestra historia sin proponérselo. No aparecen en los titulares, no reciben homenajes todos los días y, probablemente, nunca sepan el alcance de aquello que hicieron. Basta una palabra de aliento, una oportunidad cuando más la necesitamos o la capacidad de mirar al estudiante más allá de una nota para cambiar el rumbo de una vida.
Este es, quizá, el artículo más personal que he escrito en “Desde el Campus”.
Quienes leen esta columna cada martes saben que hay dos temas que atraviesan casi todo lo que escribo: la educación y la comunicación. Nunca había contado por qué. La respuesta tiene nombre y apellido: mis maestros.
No todos dejaron huellas por el curso que enseñaban. Muchos lo hicieron por la forma en que enseñaban. Por su paciencia. Por su humanidad. Por hacerme sentir que era capaz incluso cuando yo misma lo dudaba.
También sería injusto decir que toda mi experiencia educativa fue perfecta. Como cualquier estudiante, tuve vivencias difíciles a lo largo de mi formación. Algunas me enseñaron mucho; otras prefiero dejarlas en el ámbito personal. Sin embargo, incluso esas experiencias terminaron teniendo un valor inesperado: me ayudaron a descubrir el tipo de docente que nunca quisiera ser. A veces también aprendemos de aquello que nos duele.
Mi historia con la docencia comenzó mucho antes de imaginar que algún día estaría frente a un aula.
Era una niña tímida, callada e insegura. Me costaba expresar lo que sentía y hablar delante de otras personas era un verdadero reto. En el Colegio La Inmaculada Concepción apareció una docente que probablemente nunca imaginó lo importante que sería para mí. La miss Bertha, mi profesora de inglés en el nivel inicial, me hizo sentir escuchada dentro de un salón de clases. Hoy entiendo que no solo enseñaba un idioma; enseñaba confianza.
Años después, en primaria y también en el Colegio La Inmaculada Concepción, conocí a la profesora Flor de Garayar Boza, docente de Comunicación. Si hoy soy comunicadora, probablemente una parte importante de esa decisión nació en sus clases. Ella despertó mi curiosidad por el periodismo, la investigación, la redacción y las artes escénicas. Gracias a su impulso participé en obras de teatro, clubes de periodismo, concursos y actividades que en ese momento parecían simples experiencias escolares, pero que terminaron marcando mi vida profesional. Más allá del conocimiento, recuerdo su cariño por sus alumnos, su capacidad para motivarnos y esa forma de enseñar que hacía que aprender resultara emocionante.
El destino, sin embargo, me llevó primero a estudiar Comunicación antes de ser docente.
Cuando ingresé a la Universidad Nacional Hermilio Valdizán encontré una realidad distinta. Como muchos jóvenes, atravesé momentos complicados. Problemas de salud y la pérdida de un familiar muy importante hicieron que, por un tiempo, perdiera el interés por estudiar. Llegaba a clases, pero emocionalmente estaba lejos de ellas.
Fue entonces cuando apareció la doctora Angélica Sotomayor, docente de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación Social. Mientras otros podían ver únicamente a una estudiante desmotivada, ella decidió preguntar qué estaba pasando. Me escuchó, comprendió mi situación y me brindó oportunidades para seguir adelante.
Gracias a ese acompañamiento recuperé la motivación, volví a creer en mis capacidades y terminé formando parte del tercio y quinto superior durante varios años consecutivos. Comprendí que la exigencia académica nunca debe estar peleada con la humanidad. Que un docente universitario puede ser riguroso sin dejar de ser empático.
Hoy, cuando me toca estar al otro lado del aula como docente universitaria y de institutos superiores, descubro que muchas de las cosas que hago nacieron de ellos.
Intento escuchar antes de juzgar. Trato de entender qué ocurre cuando un estudiante cambia repentinamente su comportamiento. Procuro tender una mano cuando alguien la necesita, sin dejar de ser exigente, porque creo que ambas cosas pueden convivir. La empatía no disminuye el nivel académico; por el contrario, fortalece el compromiso con el aprendizaje.
Con el tiempo entendí que la comunicación y la docencia son inseparables. Un buen docente comunica, pero también escucha. Observa. Comprende. Motiva. Inspira. Las mejores clases que recuerdo no fueron necesariamente las más complejas, sino aquellas donde sentí que existía un vínculo genuino entre quien enseñaba y quienes aprendíamos.
Por eso, este Día del Maestro quiero reconocer a todos los docentes, desde la educación inicial hasta la universidad, pasando por los institutos y cada espacio donde alguien dedica su vida a enseñar. Cada nivel cumple una misión distinta, pero todos son indispensables. Un niño necesita quien le dé confianza para hablar. Un adolescente necesita quien despierte su curiosidad. Un universitario necesita quien crea en él cuando las dudas aparecen. Todos, sin excepción, necesitan un maestro que los mire como personas antes que como alumnos.
Quizá ninguno de los docentes que hoy menciono recuerde exactamente aquellos momentos. Tal vez para ellos fueron acciones cotidianas. Para mí, no. Fueron decisiones que terminaron construyendo la profesional que soy y, sobre todo, la docente que intento ser cada día.
Porque si algún estudiante llega a recordarme dentro de algunos años, me gustaría que no fuera únicamente por lo que enseñé, sino por cómo lo hice. Que recuerde que encontró en mí una profesora que creyó en sus capacidades, que lo escuchó cuando lo necesitó y que nunca dejó de impulsarlo a dar lo mejor de sí. Ese fue el regalo que un día recibí de mis maestros y ese es el legado que hoy aspiro a dejar.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




