Conectados pero incomunicados: cómo la tecnología está empobreciendo el lenguaje y la educación

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Hace no mucho tiempo, en medio de una clase, usé la palabra efímero. No la usé como un tecnicismo académico ni como un recurso literario pretencioso; la usé de manera natural, como quien dice «sin embargo» o «por lo tanto». La reacción del grupo me dejó desconcertada: silencios, miradas cruzadas, un par de sonrisas nerviosas. Nadie supo qué significaba. Pregunté directamente. Nadie respondió. Y en ese momento silencioso, algo me inquietó profundamente, no porque los estudiantes ignoraran una palabra, sino porque esa ignorancia me reveló algo mucho más serio: estamos ante una generación que se está quedando sin lenguaje.

Esa escena no fue un caso aislado. Ha ocurrido con paupérrimo, con dilema, con contiguo, con palabras que cualquier lector habitual reconocería sin esfuerzo. Palabras que no pertenecen a ningún diccionario especializado, sino al vocabulario cotidiano de una persona medianamente formada. Y, sin embargo, son palabras extintas en el universo comunicativo de muchos jóvenes universitarios y colegiales de hoy. Esto no es un problema menor. Es una señal de alarma que la educación no puede seguir ignorando.

¿Por qué ocurre esto? La respuesta tiene múltiples causas: el uso desmedido e irresponsable de la tecnología. No hablo de la tecnología como herramienta, que puede ser extraordinariamente valiosa. Hablo del consumo compulsivo, acrítico y sin límites de pantallas, redes sociales, mensajes instantáneos y contenido digital diseñado expresamente para ser consumido en segundos. Hablo de un ecosistema comunicativo que premia la brevedad extrema, que celebra el emoji en lugar de la oración, que convierte el lenguaje en un código fragmentado, abreviado y, en muchos casos, ininteligible para quien no pertenece al mismo círculo generacional.

El lenguaje no es solo un medio de comunicación. Es el andamiaje del pensamiento. Cuando un ser humano no dispone de las palabras para nombrar una idea, esa idea simplemente no existe para él. Un vocabulario empobrecido no es solo una limitación expresiva; es una limitación intelectual. Y esto es exactamente lo que está ocurriendo. Los jóvenes de hoy se comunican en un registro tan reducido, tan horizontal, tan desprovisto de matices, que su capacidad para argumentar, persuadir, debatir o simplemente explicar una idea con precisión se ha visto seriamente comprometida.

Las redes sociales han construido un nuevo estándar de comunicación donde el contenido más superficial es el más recompensado. TikTok, Instagram, X —antes Twitter— y las plataformas de mensajería instantánea no incentivan la reflexión; incentivan la reacción. No se premia al que escribe bien; se premia al que genera impacto en los primeros tres segundos. En ese ambiente, el lenguaje culto, académico y elaborado no solo es innecesario, sino que resulta contraproducente. Es lento. Es denso. No genera likes ni vistas.

El problema es que ese lenguaje, el que se construye con paciencia, con lectura, con exposición sostenida a textos de calidad, es el mismo que se requiere en el aula, en la vida profesional, en la participación ciudadana. Y cuando los jóvenes llegan a la universidad sin ese bagaje, el sistema educativo se enfrenta a una brecha cada vez más difícil de cerrar. Los docentes ya no pueden asumir ciertos saberes previos. Tenemos que detenernos a explicar conceptos que antes eran dados por sentados. El nivel de las discusiones académicas ha descendido no porque los estudiantes sean menos inteligentes, sino porque carecen de las herramientas lingüísticas para sostenerlas.

Hay quienes argumentarán que el lenguaje siempre evoluciona, que cada generación transforma los códigos comunicativos y que eso es natural. Tienen razón en parte. El lenguaje sí evoluciona. Pero hay una diferencia fundamental entre la evolución orgánica del idioma y el empobrecimiento deliberado de su uso. Una cosa es que surjan nuevas palabras y expresiones; otra, muy distinta, es que desaparezcan la capacidad de articular un argumento, la riqueza del vocabulario y el hábito de la lectura profunda. Lo segundo no es evolución. Es involución.

La responsabilidad no recae únicamente en los jóvenes. Recae en los padres que entregan un dispositivo como sustituto de la conversación familiar. Recae en las instituciones educativas que no han sabido integrar la competencia digital con la competencia lingüística. Recae en una sociedad que ha normalizado la comunicación instantánea como si fuera suficiente, como si la profundidad fuera un lujo prescindible.

Lo que está en juego no es solo el vocabulario de una generación. Está en juego su capacidad de pensar con claridad, de expresarse con dignidad, de comprender el mundo con la complejidad que este exige. Un joven que no sabe qué significa efímero puede aprenderlo. El verdadero problema es si nadie se detiene a enseñárselo, si el sistema asume que es suficiente con que sepa usar un hashtag o componer un mensaje de voz.

La tecnología llegó para quedarse, y bienvenida sea cuando se usa con inteligencia y propósito. Pero permitir que el uso descontrolado de las pantallas le quite a nuestros jóvenes el dominio de su propio idioma es una forma de abandono silencioso. Y ese abandono tiene consecuencias que ningún algoritmo podrá reparar.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

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