Por: Fortunato Rodríguez y Masgo *
Nací aquí en la misma casa localizado en el jirón Independencia, colindante con el cerro, criado y educado por mi santa madre. Mi padre se fue al cielo cuando yo tenía apenas 6 años, para estar aladito de Taita Diosito y vivir allí. Estudié en el legendario colegio «Leoncio Prado» de mi querido Huánuco, soy de la promoción de la década de los 70; así, declaro Don Shatuco Rodríguez, viejo ingeniero, hoy carga sobre sus hombros más de 70 años de vida, esposo de una hermosa mujer huanuqueña de ojos verdes, tez blanca y alta, padre de tres hijos, todos profesionales radicados en el exterior.
Shatuquito para sus amigos, el venerable vecino de Independencia, se sumerge con amor en el mundo de los recuerdos para capturar los momentos que vivió ayer en una ciudad tranquila, acogedora y acogedora como Huánuco, cuyos límites iban desde la laguna «Viña del Río» hasta la Alameda de la República y al otro extremo desde el cerro de Pomares o Jactay hasta las orillas del caudaloso rio Huallaga, cuyas calles estrechas cobijaba a hermosas casas, con fachadas blancas, y zócalos rojos, techos de teja de barro cocido a dos aguas.
Estas calles se encontraban sin pavimentar, escenario propicio para un «partidito» o «jueguito» con arcos imaginarios de dos «coyotas» (piedras) y q’ala chaqui (descalzos – pies descalzos); Mientras tanto, la noche transcurría casi a oscuras, el deficiente alumbrado público apenas existía en algunos rincones de la ciudad; mientras, la mecha de las velas iluminan más que los focos de los postes administrados por el municipio; sin embargo, era seguro caminar en la noche o en la madrugada, porque sólo transitaba un allqu o alijucha (perro pequeño) caminando y ladrando con afán de cuidar el barrio o la casa. No había serenazgo y mucho menos un guardián del barrio; Un buen perro bravo, basta para asustar a un suvak (ladrón); también, habían wallpa suwa (ladrón de gallinas) pretendiendo entrar a la huerta de la casa para robar gallinas, pero primero se enfrentaba con los ladridos y los dientes salvajes del perro guardián, que lo «correteaba» hasta el «otro» rincón, donde lo esperaba otro perro; así, sucesivamente, de esta manera echaban a los suwaq (ladrones).
Shatuquito, ingeniero civil que estudió en la UNI, destacó en matemáticas, física y química en el colegio. Gracias a este logro pudo ingresar a la Universidad Nacional de Ingeniería. Recuerda vívidamente a su padrino de primera comunión, Juan Calderón Jáuregui, empresario eterno mayordomo de las festividades en honor a la Virgen de las Mercedes, quien le aconsejó seguir la carrera de ingeniería. Durante sus años de infancia, siempre recibía deliciosos dulces importados como regalo de su padrino cuando lo visitaba o le llevaba su libreta de notas; Este gesto nunca podré olvidarme, dice el ingeniero Shatuco, de modales finos, siempre elegante al vestir y caminar, porta el acento huanuqueño con la chispa de fuego característica de su personalidad, con un acrecentado sentimiento humano y de fe en Dios.
En este punto de la conversación Shatuco se levanta para decir unas breves palabras, pero con gran admiración por el ALMITA DE LOS POBRES, una mujer cristiana con mucho sentimiento humano, cuya elevada vida espiritual estaba siempre dispuesta con los brazos abiertos a ayudar a los pobres. Casi siempre su vida estuvo disponible para proveer su hogar, para dar comida, vestido y medicinas a los más necesitados; Ella era así, caritativa, esa era su forma de vida.
Me refiero a Doña Basilia Rodríguez Galeano, mujer destacada y adinerada de la comunidad de Huánuco en el siglo XVIII, que habitaba en nuestra ciudad dentro de una hermosa casona cuya propiedad tenía casi media cuadra con huerta frutal, cerca de la histórica plaza de armas.
Doña Basilia casi siempre compartía su tiempo con los pobres de la ciudad; Estaba dispuesta a proporcionarles lo que necesitaban a cambio de nada. Sus ojos, manos y atención estaban centrados en quienes más lo necesitaban. Dividió su hermosa residencia de estilo español en dos partes, una para seguir viviendo y la otra para convertirla en refugio para pobres. No satisfecha con este noble gesto, vendió una de sus casas en la calle principal Comercio, donde se ubicaban todas las tiendas y establecimientos comerciales. El producto de la venta fue entregado al administrador apostólico de Huánuco; es decir, a los sacerdotes o curas, para que lo administraran y prestaran dinero a quien lo necesitaba; los cuales va a generar intereses mensuales, y estas ganancias serán distribuidas el 14 de junio de cada año entre las mujeres solteras y pobres de la ciudad de Huánuco.
Además, dio parte de sus riquezas a los más necesitados; La prueba de ello es que Monseñor Francisco Ruber Berroa lo confirma con la «Monografía de la Diócesis de Huánuco». El testamento sellado dice que el instrumento que dejó en manos del escribano don Atanasio Ramírez, es el Asilo Santa Basilia, estaba ubicada entre los jirones: General Prado y Huallayco; es decir, en la cuadra 5 de Gral. Prado, en la margen derecha, mirando al cerro Paucarbamba frente al jirón Paucarbamba, a sólo 150 metros de la plaza principal.
Era una casa enorme con huerta que llegaba hasta el jirón de Huánuco, para su administración nombró un representante de los sacerdotes de Huánuco; Además, donó 500 pesos al Hospital San Juan de Dios, 400 pesos para la decoración de la Iglesia de Ambo, 300 pesos a San Agustín, 200 pesos a las Monjas Concebidas del Beaterio, 300 pesos al Seminario y 200 pesos a las Misas de las Ánimas. El testamento fue fechado el 16 de noviembre de 1873.
Shatuquito afirma que veía este albergue para pobres, cada vez que iba a su escuela Sánchez Soto o 415 de Teodoro Sánchez Soto, porque estaba cerca del jirón de Huallayco. Casi siempre vio a ancianos viviendo en su interior; Había una heladería al lado de la puerta principal. Llegar a su huerto era fácil ya que se subía por un muro de tierra apisonada de tamaño mediano ubicado en el jirón Huánuco cerca del nuevo mercado. ¡Lo vi! ¡Nadie puede decirme que no existió! Con este recuerdo me fui a Lima a estudiar en la universidad, y cuando regresé a Huánuco no vi más al asilo, ni rastro alguno de él. Vi con gran tristeza muchos edificios y estructuras en la tierra de los pobres; Ahora tiene hasta una galería comercial, y de esta manera se burlaron, traicionaron a la benefactora Basilia Rodríguez, quien lo dio todo a cambio de nada.
La verdad no sé quién vendió esas propiedades, se desconoce el destino del dinero que se suponía que se entregaría a los pobres el 14 de junio de cada año.
El 20 de marzo de 1875 falleció Basilia Rodríguez, la benefactora conocida como «el alma de los pobres». Hoy descansa para siempre en el Cementerio General de Huánuco, tal vez olvidada; Ningún ramo de flores acompaña su nicho, su lápida de mármol está casi destruida, hoy no se le canta ningún responso, ni el sacristán del cementerio se le acerca. Realmente duele esta indiferencia y traición que sufrió esta amable mujer. Solo pido a Dios que Basilia esté ahí en el cielo, viviendo al lado de nuestro Padre celestial, por ser un alma bondadosa con los más pobres de mi amado Huánuco, de ayer…
*Cronista, economista y abogado. Fotos: D.R. referencial.





