Por: Roger Rondón Bardón
Resulta ineludible referirnos a la presencia de la población africana en América, denominada durante siglos bajo el eufemismo de “gente de color”, expresión utilizada para designar a los hombres y mujeres procedentes del continente africano que llegaron al Nuevo Mundo en condición de esclavizados. Este dramático proceso histórico fue consecuencia de la migración forzada impulsada por las potencias coloniales europeas, siendo el Caribe la región que recibió las primeras grandes oleadas humanas provenientes del occidente y centro de África, desde Senegal hasta Angola.
Aquella diáspora incluyó poblaciones originarias de los actuales territorios de Camerún, Ghana, Benín, Nigeria, Costa de Marfil y Sierra Leona, entre otros pueblos africanos, cuyos integrantes fueron arrancados violentamente de sus tierras y transportados en galeones españoles y portugueses, así como en embarcaciones corsarias inglesas, holandesas y francesas.
La migración esclavizada hacia Norteamérica fue relativamente menor en términos porcentuales, pues no alcanzó el medio millón de personas. En contraste, Brasil recibió aproximadamente 4.5 millones de africanos esclavizados, mientras que el Caribe acogió un volumen poblacional similar.
En los Estados Unidos, la población afrodescendiente se concentró principalmente en los estados del sur, como Alabama, Kentucky y Virginia, regiones dedicadas al cultivo del algodón y al servicio doméstico. Sin embargo, su influencia trascendió todos los ámbitos de la sociedad:
Música: El jazz, el blues y posteriormente el rock constituyen pilares fundamentales de la música contemporánea.
Deporte: Los atletas afrodescendientes han alcanzado notorios éxitos en competencias internacionales, batiendo récords y marcando hitos históricos en diversas disciplinas.
Historia: Millones participaron en la Guerra Civil estadounidense y fueron protagonistas esenciales en los procesos de transformación social y política del país.
El contexto en América Latina y el Perú
Este tráfico infrahumano se extendió por toda América Latina y llegó al Perú desde los inicios del siglo XVI. Posteriormente, durante la colonización europea de África por potencias como Bélgica, Francia, Reino Unido, España, Portugal e Italia, el continente africano fue sometido “a sangre y fuego”, repartiéndose territorios dotados de inmensas riquezas naturales y una extraordinaria biodiversidad minera, vegetal y animal.
La imposición de costumbres europeas intentó erradicar las tradiciones ancestrales africanas; sin embargo, sus expresiones culturales sobrevivieron y florecieron en América mediante un poderoso sincretismo religioso, musical y festivo.
El Tráfico Transatlántico alcanzó dimensiones devastadoras: cerca de doce millones de africanos fueron esclavizados y destinados a trabajar gratuitamente en plantaciones de caña de azúcar, algodón, café y tabaco, así como en minas y servicios domésticos.
Focos de resistencia cultural: Brasil, el Caribe y Colombia
Brasil
En el estado de Bahía, cuya capital es Salvador de Bahía, los descendientes afrobrasileños fusionaron ritmos ancestrales africanos con melodías portuguesas. De esta convergencia nacieron la Samba de Roda, considerada el origen de la samba moderna, así como diversas danzas rituales y la Capoeira, expresión corporal y marcial de profundo contenido libertario. Actualmente, Bahía posee una de las mayores poblaciones afrodescendientes del mundo.
Cuba
En Cuba, especialmente en Santiago de Cuba, la Sierra Maestra y La Habana, la población africana esclavizada trabajó intensamente en las haciendas azucareras. Allí surgieron expresiones musicales y religiosas de extraordinaria riqueza cultural, como la Santería, sincretismo entre las creencias yorubas y el catolicismo.
Deidades como Yemayá, diosa del mar; Oshún, símbolo del amor y la fertilidad; y Shangó, asociado al fuego, la fuerza y la justicia, forman parte esencial de la identidad cultural cubana y de su vasto universo musical.
Colombia
En Cartagena de Indias, la presencia africana resultó decisiva en la construcción de fortificaciones coloniales como el Castillo San Felipe de Barajas. En los llamados “cabildos” y “palenques”, espacios de resistencia y preservación cultural, nacieron expresiones como la Cumbia, la danza del Congo y el Son del Negro, manifestaciones que enriquecieron profundamente el desarrollo cultural del Caribe colombiano.
La presencia africana en el Perú
En el Perú, Chincha constituye uno de los principales epicentros de la herencia africana, particularmente el distrito de El Carmen. Allí florecieron expresiones artísticas de gran originalidad, como el zapateo afroperuano al compás del tambor, además de una notable tradición culinaria.
Aunque la migración africana hacia el Perú no alcanzó la magnitud observada en Brasil o el Caribe, su influencia en la configuración étnica, económica, deportiva y cultural del país resulta indiscutible. Destacan figuras emblemáticas como el boxeador Mauro Mina, numerosos futbolistas peruanos y la reconocida familia Ballumbrosio, símbolo trascendental de la música afroperuana.
Hacia la identidad huanuqueña
Dentro de este vasto contexto histórico de migración forzada y resistencia cultural, emerge una característica singular en las expresiones afroandinas del Perú central. A diferencia de muchas danzas afroamericanas, donde generalmente no se empleaban máscaras, en la Danza de los Negritos de Huánuco estas adquieren una importancia distintiva y ceremonial.
Lo mismo ocurre con los Tucumanos de la antigua provincia de Dos de Mayo, los Jijas de Huamalíes y los Chacra Negros de Ambo, manifestaciones donde convergen elementos europeos, indígenas y africanos, dando origen a expresiones festivas de profunda riqueza simbólica y extraordinario valor antropológico.
La Danza de los Negritos de Huánuco no constituye únicamente una representación folclórica o festiva; es también memoria histórica, resistencia cultural y expresión viva del mestizaje peruano.







