Por: Joyce Meyzán Caldas*
Cada mes de julio sucede algo que pocas veces nos detenemos a analizar. El Perú cambia de color. Las calles se visten de rojo y blanco, las instituciones izan la bandera con el pabellón nacional, los comercios decoran sus vitrinas y las viviendas colocan con orgullo la bandera. Los medios de comunicación dedican espacios especiales a la historia del país y las redes sociales se llenan de mensajes patrióticos.
Podría parecer una tradición más dentro del calendario, pero en realidad estamos frente a uno de los mayores fenómenos de comunicación colectiva que tiene el Perú.
La comunicación no solo ocurre cuando hablamos o escribimos. También comunica aquello que vemos, escuchamos y sentimos. Una bandera comunica. Un himno comunica. La bicolor comunica. Incluso una escarapela en el pecho transmite un mensaje sin necesidad de pronunciar una palabra. Todos esos elementos forman parte de un lenguaje que, durante décadas, ha construido nuestra identidad como nación.
Muchas veces damos por sentado el patriotismo del peruano, pero pocas veces nos preguntamos cómo nació ese sentimiento de pertenencia. Desde pequeños aprendemos a reconocer la bandera, a cantar el Himno Nacional en el colegio y a asociar el rojo y blanco con el orgullo de haber nacido en esta tierra. Son símbolos que se repiten generación tras generación hasta convertirse en parte de nuestra memoria colectiva.
Lo interesante es que este fenómeno no ocurre con la misma intensidad en todos los países. En Alemania, por ejemplo, el Día de la Unidad Alemana se celebra con actos oficiales y actividades culturales, pero es poco común encontrar barrios enteros decorados con la bandera nacional durante varios días. En Francia, el 14 de julio está marcado por un gran desfile militar y fuegos artificiales, aunque la celebración se concentra principalmente en actos organizados por el Estado. En el Reino Unido ni siquiera existe una fiesta nacional única que movilice al país completo como sucede en el Perú.
Aquí ocurre algo distinto. Durante julio, prácticamente todo comunica peruanidad. No solo participa el Estado; también lo hacen las empresas, los colegios, los municipios y las familias. Las campañas publicitarias cambian su mensaje, los restaurantes promocionan platos tradicionales y los programas de televisión presentan especiales sobre nuestra historia y cultura.
La peruanidad, además, no se limita a los símbolos patrios. También se expresa en aquello que nos representa ante el mundo. Basta recordar lo que ocurre cuando la selección peruana juega un partido importante. Las camisetas blanquirrojas aparecen por todas partes y personas que nunca antes se habían visto terminan abrazándose tras un gol. Durante la clasificación al Mundial de Rusia 2018, el país entero salió a las calles a celebrar. No fue una convocatoria política ni institucional; fue una respuesta emocional construida alrededor de un símbolo común: el Perú.
Lo mismo sucede cuando un plato peruano recibe un reconocimiento internacional. Hace poco, el tradicional pan con chicharrón fue destacado entre los mejores desayunos del mundo, generando miles de publicaciones de orgullo en redes sociales. Ocurre también cuando el ceviche es reconocido internacionalmente o cuando Machu Picchu vuelve a figurar entre los destinos más admirados del planeta. No celebramos únicamente un premio; celebramos que algo nuestro haya sido reconocido y sentimos que ese logro también nos pertenece.
Eso no ocurre por casualidad. Durante los últimos años, campañas como Marca Perú demostraron que la comunicación puede fortalecer el sentido de pertenencia de todo un país. A través de la publicidad y el marketing se construyó un relato positivo alrededor de nuestra gastronomía, cultura, biodiversidad y turismo. Poco a poco, ser peruano dejó de asociarse únicamente con el lugar donde nacimos para convertirse en un motivo de orgullo.
El resultado es evidente. Hoy el Perú es reconocido mundialmente por su cocina, millones de personas realizan turismo interno con mayor frecuencia y existe una mayor valoración de los productos nacionales. La comunicación ayudó a transformar la manera en que nos vemos a nosotros mismos y la forma en que el mundo nos percibe.
Por supuesto, el patriotismo no debe quedarse únicamente en colocar una bandera durante julio. La verdadera identidad nacional también implica respetar nuestras normas, cuidar los espacios públicos, valorar nuestra diversidad cultural y trabajar para construir un mejor país. De poco sirve vestirnos de rojo y blanco si el resto del año olvidamos el compromiso que tenemos con nuestra sociedad.
Las Fiestas Patrias nos recuerdan que el Perú no solo se construye desde la política o la economía. También se construye desde la comunicación. Cada símbolo, cada canción, cada plato típico, cada celebración deportiva y cada historia que compartimos contribuyen a fortalecer el vínculo que nos une como nación.
Quizá por eso, cuando llega julio, no solo celebramos un aniversario más de nuestra independencia. Celebramos aquello que nos identifica, aquello que nos emociona y aquello que, sin importar nuestras diferencias, nos permite decir con orgullo: este es mi país y aquí pertenezco.
En tiempos donde la polarización parece ocupar todos los espacios, vale la pena recordar que la comunicación también tiene el poder de unir. Y si existe una época del año en la que ese poder se hace visible, es precisamente durante nuestras Fiestas Patrias. Porque antes que una fecha en el calendario, julio es el lenguaje con el que el Perú se cuenta a sí mismo y reafirma, una vez más, el orgullo de ser peruano.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital // @joycemeyzan




