Disciplina escolar y libertad universitaria: el debate que abren las nuevas medidas

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Las recientes declaraciones de Keiko Fujimori sobre la disciplina escolar me hicieron recordar cómo fui educada durante los años 2000. El uniforme, el cabello, la presentación personal y las reglas que debíamos cumplir formaban parte de nuestra vida escolar. Han pasado los años y la educación ha cambiado, pero hay una pregunta que me interesa plantear como educadora: ¿las mismas reglas que pueden tener sentido en un colegio deberían aplicarse también en una universidad?

Las nuevas medidas anunciadas buscan recuperar la disciplina en las instituciones educativas mediante disposiciones sobre la presentación personal, el uso de celulares y el comportamiento de los estudiantes. Considero que esta discusión merece ir más allá de estar a favor o en contra de una autoridad. Necesitamos preguntarnos qué normas contribuyen a la formación y cómo deben adaptarse a cada etapa educativa.

Creo que la disciplina y el respeto por las reglas son fundamentales en los colegios, especialmente durante la adolescencia, una etapa en la que los estudiantes están formando hábitos, aprendiendo a convivir y desarrollando progresivamente su autonomía. La escuela no puede renunciar a su responsabilidad de establecer límites, así como los docentes necesitan respaldo para ejercer su autoridad y garantizar condiciones adecuadas para el aprendizaje.

En ese sentido, considero importante respetar las normas de presentación personal, como llevar un corte de cabello adecuado, evitar las tinturas y no utilizar maquillaje cuando así lo establezca el reglamento escolar. Entender que no siempre podemos hacer lo que queremos, incluso cuando una regla no nos gusta, también forma parte de la educación. Aprender a cumplir acuerdos, respetar los límites y convivir con los demás contribuye a formar el carácter y el sentido de responsabilidad.

Esto no significa que debamos ignorar la individualidad de los adolescentes. Esta puede expresarse de muchas otras formas: defendiendo sus ideas con argumentos, desarrollando proyectos, proponiendo soluciones, participando en actividades artísticas, demostrando creatividad o asumiendo responsabilidades dentro de su comunidad educativa. La escuela debe ofrecer espacios para que esas capacidades crezcan, sin perder de vista que la libertad también requiere límites y que la convivencia supone respetar reglas compartidas.

Pero la discusión cambia cuando trasladamos estas medidas a la educación universitaria.

Como docente universitaria, considero que la universidad debe tener una mirada distinta. Quienes llegan a sus aulas, en su mayoría jóvenes y adultos, se encuentran en otra etapa de formación. Se espera que desarrollen pensamiento crítico, capacidad de decisión y responsabilidad sobre sus propios actos. Por eso, imponerles automáticamente las mismas reglas escolares sobre el cabello, el maquillaje o la apariencia personal no necesariamente responde a las necesidades de la educación superior.

La universidad es un espacio donde conviven personas con distintas ideas, experiencias, estilos y formas de expresarse. Esa diversidad también forma parte del aprendizaje. Podemos exigir respeto, puntualidad, responsabilidad académica y cumplimiento de las normas institucionales sin pretender que todos luzcan iguales. Naturalmente, hay actividades en las que la vestimenta y la presentación personal deben responder a criterios de seguridad, higiene o exigencias profesionales. La diferencia está en que esas reglas deben tener una finalidad concreta.

Ahora bien, hay un aspecto de la disciplina universitaria que sí me preocupa especialmente: el uso de celulares y computadoras durante las clases.

En mi experiencia docente, he observado situaciones que seguramente muchos colegas reconocerán. Mientras se desarrolla una explicación, algunos estudiantes revisan sus redes sociales, responden mensajes, adelantan trabajos de otros cursos o utilizan sus computadoras para actividades que no corresponden a la sesión. No ocurre con todos, por supuesto, pero es una situación cotidiana que nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo frente a ella.

Los dispositivos tecnológicos pueden ser grandes aliados de la educación. Permiten consultar fuentes, contrastar información, investigar y desarrollar actividades interactivas. El problema aparece cuando dejan de utilizarse como herramientas de aprendizaje y se convierten en una fuente de distracción. Tener un celular o una computadora abierta durante una clase no significa, necesariamente, estar aprendiendo.

Por ello, considero razonable establecer criterios claros para su uso en las universidades. No se trata de prohibir la tecnología indiscriminadamente, sino de permitirla cuando aporte a la sesión y limitarla cuando interfiera con la atención y el trabajo académico. Los estudiantes universitarios también deben comprender que la libertad de utilizar un dispositivo implica la responsabilidad de hacerlo con criterio y respetando el espacio de aprendizaje compartido.

Al final, cada etapa educativa requiere normas acordes con sus objetivos y con las personas a las que forma. En los colegios, la disciplina contribuye a construir hábitos, fortalecer el carácter y enseñar a respetar límites, mientras se ofrecen oportunidades para que los adolescentes desarrollen sus capacidades e individualidad. En las universidades, esa formación debe profundizarse mediante una mayor autonomía y responsabilidad personal.

Educar no significa permitirlo todo ni imponer las mismas reglas en todos los espacios. Significa comprender qué necesitamos formar en cada etapa y actuar en consecuencia. Porque el verdadero desafío no consiste solamente en conseguir que los estudiantes cumplan las normas, sino en formar personas que comprendan su valor y actúen responsablemente incluso cuando nadie está mirando.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

Leer Anterior

Fiscalía Anticorrupción investiga compra de maquinarias vía Obras por Impuestos

Leer Siguiente

Los siete alcaldes de origen croata de Huánuco