El llanto sagrado por la Mamacha Asunción

 

 

Por: Fortunato Rodríguez Masgo*

 

Se me quiebra la voz y el pecho me tiembla de una emoción tan honda que no cabe en estas líneas, mientras mis ojos se nublan contemplando el rostro bendito de nuestra Mamacha Asunción. No puedo evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas, tibias y sinceras, confundiéndose con el aroma del aguardiente de caña y el humo sagrado que asciende al cielo del valle.

¡Cómo no llorar ante ti, mi dulce Virgen de la Asunción, ¡si eres el latido mismo de este suelo herido y bendito! Lloro de gratitud, lloro por el dolor de mis antepasados chupachos que te levantaron el primer templo con sus manos de barro y algodón, y lloro porque, a pesar del olvido de los hombres y de la soberbia que un día te bajó del altar mayor, tú nunca nos desamparaste.

Madre mía, patrona eterna de los Caballeros de León de Huánuco, recibe este llanto que no es de tristeza, sino del fervor más puro de un pueblo que te lleva grabado en el alma y que se arrodilla ante tu anda, cantándote en quechua con el corazón abierto y los ojos empapados de fe.

El valle de los chupachos reposa bajo un sol primaveral eterno. Es una tierra bendita, donde la naturaleza reina con una plenitud tan generosa, que todo lo que brota de su suelo es capaz de saciar el cuerpo y el alma de sus hijos. Aquí, los hombres y mujeres caminan con una alegría gallarda, labrando el futuro con el lomo doblado sobre el surco. Pero cuando llega la hora del descanso, el cansancio se diluye en el viento: cantan y bailan su huayno con ese sentimiento puramente huanuqueño que desgarra y sana a la vez. Lo hacen acompañados de su shacta, el purito aguardiente de caña de azúcar que quema la tristeza y levanta la alegría, mientras fuman y fuman su cigarrito Inca. El humo espeso asciende como un guardián que espanta a los espíritus malignos, mientras que, con sutileza y sagrada paciencia, recurren al rito místico del chacchar (masticar) las hojas de coca. En ese diálogo silencioso con la hoja milenaria, reciben las respuestas y el destino que el día les depara.

El ambiente festivo por el aniversario de la fundación española de la Nueva Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco va llegando a su inevitable final. Tras una prolongada y desvelada jarana, la ciudad se envuelve ahora en el sosiego de la «octava», el octavo día de conmemoración dedicado exclusivamente a la festividad patronal de nuestra Mamacha Asunción, patrona de la fe cristiana huanuqueña. Una soberana celestial declarada en el siglo XVI por la Corona Española, pero adoptada, sufrida y amada por los primeros feligreses cristianos chupachos.

Para el mundo andino, ella es la Mamacha Ashuca o Ashuquita; para sus devotos occidentales y mestizos, es la Virgen de la Asunción. Esta venerada imagen tiene su residencia eterna en la histórica y primigenia Iglesia de San Cristóbal de Huánuco, aquel templo edificado con el adobe y el sudor de los primeros chupachos evangelizados bajo la guía de los misioneros franciscanos. San Cristóbal fue concebida como la iglesia para los indios, los negros esclavos y los mitimaes; era el refugio de los desposeídos que, de manera permanente, abarrotaban las liturgias junto al río Huallaga para implorar el consuelo de un nuevo Dios cristiano.

La historia, escrita con la pluma de la conquista, nos recuerda que los españoles proclamaron a la Virgen de la Asunción como patrona de Huánuco por una coincidencia del calendario: la fundación de la ciudad coincidía con su fiesta litúrgica, el 15 de agosto. Además, el uso de los símbolos marianos funcionaba como un estandarte espiritual para justificar el dominio e infundir una protección divina sobre las huestes invasoras.

Sin embargo, la historia de Huánuco es también la historia de una mudanza forzada por la rebeldía. Cuando el capitán Gómez de Alvarado y Contreras fundó la ciudad por primera vez, lo hizo en las frías y extensas pampas de Wanukupampa (Huánuco Marka), en pleno Chinchaysuyo, a más de 3,600 metros de altitud. Pero la paz no duraría. La feroz acción guerrera del príncipe Illa Túpac (Illathupa), un caudillo inca de sangre real y coraje inquebrantable, desató una resistencia tenaz contra los conquistadores. Acorralados por el asedio indígena, los españoles decidieron trasladar la ciudad en 1543 hacia el templado valle de los chupachos, refundando allí a la Nueva Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco y llevando consigo, intacto, el patronato de la Virgen de la Asunción.

Lejos de rechazarla, los primeros chupachos asimilaron a la Virgen con una ternura honda. Se acercaron a la Ashuquita mirándola como a una madre protectora. Como tributo a su amor, le ofrecían hermosas flores frescas del campo y finas mantas de algodón silvestre, tejidas por manos artesanas locales y bordadas con figuras de aves de la región. Le entonaban cánticos en quechua que brotaban del pecho con un misticismo único. Cuando llegaban los festejos, el pueblo originario se ponía en la primera línea de la fe: ellos cargaban el anda, la vestían con mantas adornadas de plumas exóticas traídas de la ceja de selva y abarrotaban la plazuela de San Cristóbal días antes de la fiesta, compartiendo la chicha de jora y la comida comunal con los mestizos que descendían de las alturas.

El calendario festivo era un engranaje perfecto que iniciaba el 1 de agosto con las novenas y el santo rosario. La noche de la víspera, el 14 de agosto, la Mamacha era trasladada en una procesión vibrante desde San Cristóbal hasta la Iglesia Catedral, entre el estruendoso repique de campanas, el redoble de tambores y los cantos en quechua sostenidos por los hombros de los chupachos. Allí se le ofrecía una misa y la tradicional serenata a la medianoche. El día central, el 15 de agosto. Durante la misa de fiesta, una devota chupacho entregaba un atado pequeño de hierbas medicinales junto a panes de trigo horneados con leña, uniendo lo sagrado y lo terrenal. Luego, la procesión recorría el perímetro de la plaza, seguida por una multitud que rezaba y cantaba en su lengua materna. Una semana después, un viernes de nostalgia y devoción, se celebraba la Octava: la Virgen retornaba desde la Catedral hacia su humilde morada en San Cristóbal, cerrando el ciclo de la fiesta.

Sin embargo, el siglo XX trajo consigo una herida que la memoria colectiva aún no cierra. En la década de 1900, Monseñor Pedro Pablo Drinot y Piérola, tercer obispo de Huánuco (1904-1920), ordenó la reconstrucción de la iglesia de San Cristóbal, enfocándose en la cúpula del altar mayor, obra encargada a la orden de los Carmelitas. Al concluir los trabajos, las autoridades eclesiásticas cometieron un acto que el pueblo originario consideró un agravio: colocaron a la Virgen del Carmen en el altar mayor y bajaron a la Mamacha Asunción, la patrona fundacional, a un altar menor y lateral, donde permanece hasta el día de hoy. El llanto y la censura de la comunidad cristiana chupacho no fueron escuchados por la soberbia de la Diócesis; al ser la voz del pueblo llano, sus reclamos se diluyeron en el silencio de los despachos eclesiásticos.

Durante los años 1960 a 1980, la festividad de la Mamacha sufrió un letargo, celebrándose casi en la clandestinidad de los muros internos del templo. Pero la fe huanuqueña es terca. Gracias al empuje, al gesto de doña Mabel Facundo y don Digno Fernández, en 1984 se logró rescatar y rememorar las celebraciones públicas de la Virgen de la Asunción. Desde entonces, el entusiasmo y el cariño del pueblo cristiano no han hecho más que crecer año tras año.

Hoy en día, la Municipalidad de Huánuco ha integrado formalmente la fiesta patronal de la Mamacha Asunción dentro del programa oficial del aniversario de la ciudad, logrando una difusión local, regional y nacional donde participan autoridades y el pueblo en general.

Me despido de ti, mi dulce Virgen de la Asunción, con la certeza de que tu manto seguirá protegiendo el valle y bendiciendo la shacta y la coca de tus hijos predilectos. Nos dejas la tarea sagrada de mantener vivo este fuego, de seguir contando tu historia a los niños para que nunca olviden de dónde vienen. Con un nudo en la garganta y una paz infinita en el alma, te digo hasta el próximo año, Madre mía. Huánuco se queda en tus manos, y este cronista, humilde siervo de tu historia, guarda su pluma con la promesa de volver a escribir a nueva crónica, mientras me quede un último aliento de vida. ¡Hasta el próximo agosto, mi amada Ashuquita! Atte: Foroma.

 

*Cronista, Economista y Abogado. Foto. D.R. referencial.

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