Business executives with hand stacked in office
Por: Joyce Meyzán Caldas*
Cada cierto tiempo el lenguaje vuelve a ocupar el centro del debate público. Ocurre cuando una palabra nueva aparece en el diccionario, cuando una expresión se vuelve viral o cuando el lenguaje inclusivo divide opiniones. Para algunos, expresiones como «todes», «compañeres» o el desdoblamiento de género, como «todos y todas», representan una amenaza para el español. Para otros, son una forma de visibilizar a quienes durante mucho tiempo no se sintieron representados por las formas tradicionales del lenguaje. Entonces, ¿quién tiene realmente la razón?
El debate suele plantearse como una confrontación entre dos extremos. Por un lado, están quienes defienden una visión normativa del idioma y consideran que modificar las reglas supone deteriorar una lengua con siglos de historia. Por otro, quienes sostienen que el lenguaje debe transformarse para responder a nuevas realidades sociales y culturales. Sin embargo, reducir la discusión a una batalla entre «correcto» e «incorrecto» es ignorar la naturaleza misma de la comunicación.
Como comunicadora, encuentro difícil sostener que el lenguaje sea una estructura rígida e inmutable. La historia demuestra exactamente lo contrario. Ninguna lengua permanece intacta. Todas evolucionan porque cambian las sociedades que las utilizan. Las palabras nacen, desaparecen, adquieren nuevos significados y se adaptan a los contextos históricos. El español que hablamos hoy sería prácticamente incomprensible para quienes vivieron hace cinco siglos. Si el idioma no hubiera cambiado, tampoco habría podido acompañar el desarrollo científico, tecnológico y cultural de nuestras sociedades.
La propia Real Academia Española, muchas veces citada como la máxima autoridad lingüística, reconoce que su función no consiste únicamente en dictar normas, sino también en registrar el uso real que hacen los hablantes. De hecho, numerosas palabras que décadas atrás eran consideradas coloquiales, impropias o inexistentes hoy forman parte oficial del diccionario porque millones de personas las incorporaron a su comunicación cotidiana. Términos como cederrón, tuit, tuitear, guasap o selfi son ejemplos claros de cómo el uso social termina moldeando el idioma. No fue la academia quien creó estas palabras; fue la sociedad quien las legitimó, y posteriormente las instituciones lingüísticas las reconocieron.
Desde los estudios de la comunicación ocurre algo similar. La comunicación no se entiende únicamente como un conjunto de reglas gramaticales, sino como un proceso social de construcción de significados. El lenguaje no solo sirve para transmitir información; también construye identidades, expresa pertenencias, refleja relaciones de poder y permite que distintos grupos se reconozcan dentro de una comunidad. Por ello, cada generación transforma sus formas de comunicarse según sus necesidades, sus experiencias y los cambios culturales que atraviesa.
Precisamente ahí aparece el lenguaje inclusivo. Más allá de las formas específicas que adopte, su objetivo principal es cuestionar prácticas lingüísticas que algunas personas consideran insuficientes para representar la diversidad existente en la sociedad. No se trata únicamente de cambiar letras o inventar palabras. Para muchos, se trata de sentirse nombrados y, por tanto, reconocidos dentro del espacio público.
Esto no significa que todas las propuestas de lenguaje inclusivo deban aceptarse automáticamente ni que todas tengan el mismo nivel de eficacia comunicativa. Existen diferencias importantes entre utilizar expresiones inclusivas en un discurso institucional, emplearlas en un entorno académico o hacerlo en una conversación cotidiana. También existen contextos donde ciertas formas pueden generar confusión o dificultar la comprensión del mensaje. La comunicación siempre exige equilibrio entre claridad, intención y audiencia.
Los propios medios de comunicación reflejan esa transformación. Cada vez es más frecuente encontrar manuales de estilo que recomiendan estrategias para evitar expresiones discriminatorias, utilizar cargos en femenino cuando corresponde, visibilizar a mujeres y grupos históricamente invisibilizados, o recurrir a construcciones neutras cuando el contexto lo permite. No necesariamente utilizan todas las formas del llamado lenguaje inclusivo, pero sí reconocen que la manera en que se comunica también transmite valores, inclusión o exclusión.
Desde esta perspectiva, el verdadero problema no es si una persona dice «todos», «todas» o «todes». El problema aparece cuando convertimos una determinada forma de hablar en un instrumento para descalificar a quienes piensan diferente. Resulta paradójico que un debate sobre comunicación termine produciendo más incomunicación. Defender la riqueza del español no debería significar despreciar a quienes buscan nuevas formas de representación. Del mismo modo, promover un lenguaje más inclusivo tampoco debería implicar imponer determinadas expresiones a quienes aún no las comparten.
Ser puristas del lenguaje puede conducir, muchas veces sin intención, a asumir que existe una única forma legítima de comunicarse. Esa postura desconoce que el idioma siempre ha estado atravesado por diferencias regionales, culturales, generacionales y sociales. En el Perú convivimos diariamente con variedades del español, influencias del quechua, del aimara y de decenas de lenguas originarias que enriquecen nuestra manera de hablar. Nadie podría sostener seriamente que todas esas formas de expresión son inferiores simplemente porque no coinciden con un ideal normativo.
La comunicación efectiva nunca depende exclusivamente de seguir reglas gramaticales impecables. Depende, sobre todo, de comprender al otro, interpretar el contexto y construir mensajes que logren conectar con las personas. Esa es una de las primeras enseñanzas que reciben quienes estudian comunicación: no existe un mensaje universalmente perfecto, sino mensajes adecuados para públicos, momentos y objetivos distintos.
Al final, la discusión no debería centrarse en imponer una única forma de hablar, sino en aprender a comunicarnos con responsabilidad, empatía y sensibilidad frente a los distintos contextos. Defender el idioma no significa convertirlo en una pieza de museo, sino reconocer que permanece vivo precisamente porque cambia. La verdadera inclusión no consiste en obligar a todos a utilizar las mismas palabras, sino en construir espacios donde nadie sea discriminado por la manera en que decide expresar su identidad o reconocer la de los demás.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




