Patrimonio en riesgo: La pérdida de la Triple Espiral y el frágil destino de los geoglifos del norte peruano

La reciente afectación de la «Triple Espiral», uno de los geoglifos más emblemáticos de la costa norte del Perú, ha encendido nuevamente las alarmas entre la comunidad científica. Este trágico suceso, ocurrido en la quebrada de Santo Domingo (región La Libertad), no es un hecho aislado, sino la crónica de una destrucción anunciada. Durante décadas, arqueólogos e investigadores han advertido que declarar un sitio como Patrimonio Cultural de la Nación es una medida inútil si no viene acompañada de un presupuesto real, vigilancia especializada y políticas públicas que involucren a la comunidad local en su cuidado.

Guañape: El eslabón oculto que explica el origen de las sociedades andinas

Para dimensionar el valor de lo que se está perdiendo en Santo Domingo, es necesario retroceder más de tres mil años en el tiempo. Muchos de los geoglifos de esta quebrada pertenecen al llamado estilo Guañape, una tradición artística y tecnológica que se desarrolló en la costa norte entre los años 1800 y 1300 antes de Cristo. En la arqueología moderna, los expertos prefieren hablar de «estilo» o «tradición» en lugar de «cultura» porque la aparición de un mismo diseño o cerámica no siempre significa que existió un único pueblo homogéneo, sino que diferentes comunidades compartían una misma red de ideas, creencias e intercambios.

A pesar de su antigüedad, Guañape sigue siendo una de las etapas menos estudiadas de nuestro pasado, lo cual es un grave error histórico. Este estilo representa el cimiento y el antecedente directo de Cupisnique, una de las expresiones artísticas y religiosas más influyentes del periodo Formativo andino, que más tarde daría origen a la famosa cultura Chavín. Las evidencias halladas en el valle de Moche y otros puntos de la costa demuestran que estas sociedades tempranas ya tejían complejas redes de interacción mucho antes de lo que tradicionalmente se creía, convirtiendo a la quebrada de Santo Domingo en un archivo histórico a cielo abierto imprescindible para entender cómo nacieron las primeras grandes civilizaciones de los Andes.

Caminar entre mundos: El viaje chamánico grabado en la tierra

El valor de estos geoglifos no radica únicamente en su antigüedad, sino en la profunda carga espiritual y simbólica que guardan sus trazos. El arqueólogo Daniel Castillo Benítez, uno de los investigadores más importantes del arte rupestre en la región, explica que figuras como la deteriorada Triple Espiral no fueron diseñadas como meros adornos artísticos, sino que cumplían una función activa dentro de complejas sesiones chamánicas.

Bajo esta lectura litúrgica, el chamán o líder espiritual realizaba un recorrido físico caminando sobre las líneas del geoglifo. Este tránsito ritual buscaba conectar de manera simbólica el mundo de arriba (el plano celestial y de los dioses) con el mundo de abajo (el plano subterráneo y de los ancestros). La quebrada de Santo Domingo funcionaba así como un inmenso paisaje sagrado donde los cerros, las laderas, las explanadas, los antiguos caminos y los paravientos de piedra formaban parte de un mismo universo religioso. Además de las espirales, la presencia de figuras de aves, felinos, una probable araña y grupos de personajes que parecen tomarse de la mano sugieren que el espacio albergaba ceremonias colectivas destinadas a la observación de la naturaleza, el culto a los antepasados y la cohesión de la comunidad.

El dilema actual: ¿Un obstáculo para el crecimiento o un motor de identidad?

A pesar de albergar este invaluable tesoro histórico, la quebrada de Santo Domingo enfrenta un estado de vulnerabilidad extrema. El avance descontrolado de las fronteras agrícolas, el tránsito pesado de vehículos que destruye los senderos prehispánicos y la total ausencia de guardaparques o vigilancia técnica amenazan con borrar del mapa los vestigios que aún quedan en pie. La desaparición de la Triple Espiral es la prueba de que el sistema de protección actual ha fracasado.

Frente a este panorama, los especialistas sostienen que la única estrategia viable para salvar el complejo arqueológico es cambiar la forma en que gestionamos el patrimonio. En lugar de ver las zonas arqueológicas como terrenos congelados o «barreras» que frenan la expansión urbana y económica, el Estado debe apostar por su puesta en valor a través del turismo sostenible y la educación. Instalar señalización básica, crear infraestructura mínima para visitantes y diseñar programas educativos para los colegios locales permitiría transformar a Santo Domingo en un foco de desarrollo regional. Cuando la población local comprende el valor de su historia y ve que el patrimonio genera identidad y dinamismo económico, se convierte en el primer y más eficiente escudo contra la destrucción.

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