El aula en silencio: cuando callar se vuelve un problema de comunicación educativa

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Hay una imagen que me persigue desde hace años. Estoy frente a mis estudiantes, acabo de lanzar una pregunta que me parece genuinamente interesante, y lo que recibo es silencio. No el silencio del que piensa, sino ese otro: el de las miradas que caen, los cuerpos que se encogen, la pantalla del teléfono que de repente se vuelve urgente. He estado ahí decenas de veces. Y cada vez, en algún rincón honesto de mí, me he preguntado si el problema era mi pregunta o si era algo mucho más profundo.

Con los años he llegado a creer que es lo segundo. Y esa creencia me inquieta, me obliga a repensar lo que hacemos dentro de un aula.

Porque el silencio estudiantil no es un accidente, no es desinterés. Es un síntoma. Y como todo síntoma, vale más comprenderlo que combatirlo a gritos.

Lo que la investigación confirma, lo que la experiencia ya sabía. Los investigadores lo llaman retraimiento estratégico: el acto consciente —o semiconsciente— de un estudiante que decide no participar porque el riesgo social de equivocarse supera el beneficio de intervenir. Un estudio publicado en el Journal of Educational Psychology (Finn y Zimmer, 2012) lo documenta con claridad: la participación en clase no depende tanto de si el estudiante sabe la respuesta, sino de si siente que el ambiente es seguro para expresarse. Cuando esa seguridad falta, el silencio se convierte en la opción racional.

Racional. Esa palabra me detiene siempre. Porque implica que el estudiante silencioso no está distraído ni es apático: está tomando una decisión inteligente dentro de un sistema que, con demasiada frecuencia, castiga el error en público. Y eso, debo decirlo, es en parte responsabilidad nuestra, de quienes enseñamos.

 

La clase virtual: el silencio amplificado

Si el silencio en el aula presencial ya era elocuente, lo que vivo durante las clases virtuales es otra dimensión completamente. Me acuerdo de hablar hacia una pantalla llena de rectángulos negros, nombres sin rostro, micrófonos apagados. Lanzaba preguntas al vacío digital y esperaba. A veces llegaba una respuesta después de veinte segundos —una eternidad en una conversación—, escrita en el chat, sin entonación, sin gesto, sin vida.

Lo que más duele no es el silencio en sí. Era la certeza de que del otro lado había personas reales, con dudas reales, que habían optado por desaparecer. Y que la tecnología, en lugar de acercarlos, les había dado la herramienta perfecta para volverse invisibles.

Creo, con sinceridad, que la virtualidad nos reveló algo que ya existía pero que el aula física enmascaraba: que una parte importante de nuestros estudiantes no se siente convocada por lo que ocurre en clase. Y eso no es un juicio moral sobre ellos. Es una señal de alarma sobre cómo hemos diseñado la comunicación pedagógica.

 

El teléfono en el aula: distracción o escapatoria

He visto estudiantes que, mientras se explica algo, consumen con fluidez posts de Instagram, responden mensajes o se toman fotografías. Y me niego a leerlo solo como falta de respeto. Me pregunto, más bien, qué esperan recibir que no pueden encontrar ahí. Porque si la clase no convoca, el teléfono siempre gana. No porque los jóvenes sean superficiales —esa es otra comodidad en la que no quiero caer—, sino porque vivimos en una economía de la atención donde cada espacio compite, y el aula universitaria perdió hace tiempo la ventaja de ser el único lugar donde el conocimiento circula.

El problema no es la tecnología. El problema es que muchas veces usamos la tecnología como excusa para no hacernos la pregunta: ¿estamos enseñando de una manera que merezca atención?

 

Lo que se puede hacer, y lo que se debe querer

Amy Edmondson, investigadora de Harvard, demostró que los grupos participan más cuando sienten que equivocarse no tiene consecuencias sociales devastadoras. Lo llamó seguridad psicológica, y funciona igual en el aula que en cualquier equipo humano. El docente que modela la duda, que dice «no estoy seguro, pensémoslo juntos», abre un espacio que el silencio no puede llenar.

Hay técnicas concretas: el pensar-compartir-exponer en parejas antes de hablar al grupo, la participación escrita anónima, los foros previos a la clase que calientan la voz antes de que llegue el momento de usarla. Funcionan. Pero funcionan solo si detrás hay una convicción genuina: que la voz del estudiante no es un adorno de la clase, sino su materia prima.

Y eso, finalmente, es lo que creo. Creo que una universidad que no logra que sus estudiantes hablen está fallando en su misión más básica, que no es transmitir información, sino formar personas capaces de pensar en voz alta en un mundo que necesita urgentemente esa habilidad.

El silencio en el aula no es el problema. Es el aviso. Y ante un aviso, hay dos caminos: ignorarlo hasta que se vuelva crisis, o convertirlo en punto de partida. Prefiero el segundo. Porque mejorar lo que ocurre dentro de un aula requiere cuestionamiento honesto, disposición real al cambio y la certeza de que ningún docente transforma nada solo. La educación que vale la pena siempre se construye en colaboración, y siempre incomoda un poco.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

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