El relanzamiento de la revista Perú y una jornada donde los libros, la música y la memoria volvieron a encontrarse en Huánuco.
Por: Jorge Chávez Hurtado
La mañana llegó como llegan las noticias que no hacen ruido, pero estremecen el alma. Un mensaje de WhatsApp, breve, casi cotidiano, rompió la rutina: “ya recogí la revista”. Era Hevert Laos Visag confirmando que la edición N.° 67 de la revista Perú había regresado a casa, a Huánuco, después de su travesía silenciosa desde Lima.
Y, sin embargo, no era un mensaje cualquiera. Era, en realidad, el anuncio de un regreso largamente esperado.
La noche anterior, o lo que quedaba de ella, me había encontrado escribiendo. Aferrado a las palabras como quien se aferra a una memoria querida, construía la presentación de aquella revista que, en los años ochenta, había sido más que papel: había sido brújula. En sus páginas descubrimos el pulso de una tierra que buscaba entenderse, la voz de hombres como Virgilio López Calderón, cuyas crónicas nos enseñaron que el periodismo no solo informa: también forma, también duele, también ilumina.
Llegué al Salón Consistorial del Palacio Municipal con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual. Sabía que no iba a ser una presentación más. Sabía que las palabras, esas que nacieron en la madrugada, iban a tocar fibras sensibles. Porque hablar de la revista Perú no era solo hablar de una publicación: era hablar de una resistencia silenciosa, de 43 años de persistencia, de un hombre que ha hecho del periodismo una forma de dignidad.
El propio Hevert me presentó. Y entonces, como quien cumple un destino inevitable, dije lo que tenía que decir. No había espacio para la tibieza. Las palabras salieron cargadas de verdad, de memoria, de gratitud. El público —atento, contenido— parecía sostener cada frase en el aire. Y cuando terminé, lo vi: un Hevert emocionado, incómodo incluso, casi desarmado frente al elogio. Porque hay hombres que prefieren el anonimato del esfuerzo antes que la luz del reconocimiento.
La mañana continuó como continúan los días memorables: sin pausas, sin concesiones al olvido. El Coro Ruicino llenó el salón de juventud y nostalgia. “Cuando salí de mi tierra” se volvió un eco compartido, un nudo en la garganta colectiva. Huánuco cantaba en esas voces jóvenes, y el público, con aplausos largos, parecía agradecerles por recordarnos quiénes somos.
Luego, la palabra tomó otro cauce. Eliseo Talancha Crespo presentó su obra, Historia del Ilustre Colegio de Abogados de Huánuco, con el respaldo riguroso y el análisis preciso de Rodolfo Espinoza Zevallos, quien no solo habló de un libro, sino de una herencia jurídica que atraviesa generaciones. El decano Handhy Cruz Jaramillo cerró ese momento con palabras que tenían el peso de la institucionalidad y el compromiso.
Y como si el tiempo quisiera regalarnos un instante más de humanidad, apareció el brindis, la voz cálida de Cecilia Reátegui Valladolid, y con ella, el reencuentro. Porque hay abrazos que no necesitan explicación: llegan tarde, pero llegan intactos.
La ceremonia aún no terminaba. El coro volvió a cantar, como si la música se negara a despedirse. Y entonces, en un gesto que define más que mil discursos, Hevert entregó libros a los jóvenes. Entre ellos, En la selva no hay estrellas y otros cuentos de la Amazonía peruana, donde su nombre comparte portada con el de Raúl Vergara Rubín. Era un acto sencillo, pero profundamente simbólico: sembrar lectura en quienes aún están aprendiendo a nombrar el mundo.
Afuera, la ciudad seguía latiendo. La Plaza de Armas nos recibió con su calma habitual, y el azar, ese cómplice de los días memorables, nos condujo hasta el festival del libro en el jirón Dámaso Beraún. Allí, entre páginas y sonrisas, apareció Fiorella Luyo Marcellini, con la generosidad de quien comparte su obra sin reservas. Su libro, Secretos de Nuestra Historia, Entre Líneas, llegó a mis manos como llegan los compromisos: silencioso, pero firme.
Y antes de que el día se disolviera del todo, el maestro Fernando Zevallos Cabello me alcanzó dos de sus obras, como quien entrega no solo libros, sino fragmentos de vida y pensamiento: Hámilton Zevallos Trujillo, Pionero del Periodismo Nacional y el ensayo bicentenario Mega proyectos Socio–Culturales para Huánuco y el Perú. Los recibí con el respeto que merecen las palabras que han sido largamente pensadas, con la promesa íntima de leerlos no como un trámite, sino como un diálogo pendiente con la historia, con el país y con esa urgente necesidad de imaginar un futuro distinto.
Regresé a casa caminando despacio, como quien no quiere que el día termine. Y entendí, con una claridad que solo dan las jornadas verdaderas, que Huánuco no es únicamente sus problemas, sus carencias o sus urgencias.
Huánuco es, sobre todo, esto: hombres y mujeres que escriben, que cantan, que investigan, que entregan libros como quien entrega esperanza.
Porque mientras exista alguien que lea…
mientras exista alguien que escriba…
mientras exista alguien que crea…
Huánuco seguirá teniendo futuro.







