Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
La noche se presentó de manera inesperada, aportando ráfagas de viento frío; pese a que el firmamento azul está repleto de estrellas, el clima es frígido en medio del mes de mayo, época de heladas. Los pañacos se desplazan abrigados con gruesa chompa y chalina, mientras que otros llevan robustos ponchos de lana de carnero por las estrechas calles de Panao, capital provincial de Pachitea.
Es el primer sábado de mayo de la década de los setenta, un día de festividad; la antigua e histórica plaza de armas acoge a sus residentes, quienes están cómodamente sentados en una extensa charla vespertina. Justo en ese instante, resuena rugiendo el motor el imbatible Ford 300 «Gavilán» de don Domingo, que llegó cargado de mercancía para suministrar a los comercios.
Antes de entrar al pueblo, experimentó una sensación de frío extremo. Los faros de su camión intentaron apagarse, el motor vibraba, la noche se sumó en un silencio absoluto. En ese preciso instante, vio claramente a don Mashico caminar a orillas de la carretera abajo, tomado de un costalillo y acompañado de una mujer de avanzada edad, quien seguía su camino; ambos se movían «agachados», con un caminar suave. Tocó la bocina, pero no se produjo ningún sonido; las luces y el motor del vehículo vibraba. Solo se limitó a saludarle con respeto, pero no obtuvo respuesta; estaba convencido de estar «apurado» y se cuestionaba imaginariamente: ¿a estas horas de la noche hacia dónde se dirige?
Antes de cenar, Don Domingo, ya en el pueblo, se dirigió a la esquina de la plaza principal, donde se encontraba la panadería de Don Honorato, un experimentado y antiguo panadero, con quien mantenía una estrecha amistad. Primero, solicitó un pancito «bollo» para acompañar su café; después comenzaron una conversación amena, momento en el que apareció una dama en luto, adquirió todos los panes y firmó un contrato para el desayuno de mañana temprano. Cuando se despedía, el panificador expresó: ¿Don Domingo hoy estará con nosotros en el funeral de don Mashico? —¿¡Cómo?! —Si justo he visto al anciano Marcelino caminando por la carretera junto a una mujer mayor —contestó Domingo.
¡Se nos ha ido! Mashico, un hombre sincero, nunca ha participado en actos delictivos. Desde su niñez trabajó junto a su madre; en la actualidad deja una viuda con 5 hijos, todos profesionales, manifestó don Honorato.
¡Oh, Dios! No puede ser, justo vi a don Mashico; con vida, el Gavilán abandonó la panadería y posteriormente se dirigió hacia el chifa de don Hua Juy Pon (chino), que elaboraba sabrosos platos orientales con sabor auténtico en su establecimiento situado en un extremo de la plaza de armas.
¡Hola, Don Juancito! Acabo de llegar de Huánuco, saludó y solicitó un arroz chaufa, una sopa de pato; mientras aguardaba, reflexionaba sobre lo sucedido a Mashico. ¡Es inadmisible! Lo observé, él estaba en vida y ahora me informan que le están velando. ¡Oh, Dios, ¡qué está ocurriendo!
Tras cenar, optó por asistir al velorio. Previo a eso, adquirió dos paquetes de velas, cigarro Inca y una botella de shacta purito aguardiente de vichaycoto. Llegó a la residencia del difunto; realmente, se encontraba en medio del velatorio, expresó su pésame a los parientes y continuó con la reunión con los amigos que estaban allí.
Durante la tertulia, manifestó: «¡No puedo creer, lo observé caminando a don Mashico!», justo en el instante en que interviene don Doroteo. Usted no fue el único que vio al difunto caminando; también, doña Jeshuca manifiesta haber visto parado en la esquina, sosteniendo un costalillo blanco; ahí permaneció agachado, mientras en su hogar ya se estaban organizando las ceremonias fúnebres.
Cuando el Gavilán oyó esto, se encaminó en búsqueda de doña Jesusa; en cuestión de minutos, la encontró y le cuestionó. ¿Doña Jeshuca, has presenciado a don Mashico? ¡Es cierto! Ella contestó: «Estaba sentado en mi tienda tejiendo la chompa de mi hijo, experimenté una sensación de frío extremo, percaté una sombra que atravesó mi puerta como un rayo veloz, me persigné y caminé con la intención de cerrar mi puerta, porque sentí miedo, la piel de mis brazos parecía de gallina; casi arrastré mis pies, y conseguí alcanzar el umbral de mi establecimiento. Asomé la cabeza para ver quién estaba afuera y lo vi en la esquina; le dije: «¡Don Mashico!»¿Por qué estás de pie? No me contestó, estaba encorvado, observando el suelo y sosteniendo un costalillo; de repente ya no estaba, se esfumó ante mis ojos.
Con mi mano, me tracé otra vez la señal de la cruz para que Dios entre en mí y me proteja. Acercándose a la media hora, el vecino Rojas vino a comprar cigarros y coca; él me informó que don Marcelino ya había fallecido y que su cuerpo estaba en velorio. Me quedé atónita al oírlo, no podía creerlo; sólo logré decirle: ¡Lo vi parado en la esquina!; la verdad, no sé qué sucedió, por eso estoy en el velorio. ¿Acaso vi a Mashico o al demonio? Manifestó doña Jeshuca.
Para completar la noche de misterio, Teodomiro, el hijo mayor del difunto y profesor de oficio, contó: «Cuando cenábamos con mis hijos anoche, una mariposa completamente negra y grande voló sobre la mesa». Esto me generó miedo, ya que sabía que era algún pariente quien vino a despedirse; se trataba de alguien cercano a nosotros. Hice la señal de la cruz y les dije: «¡Alguien va a morir! Y seguimos con la comida familiar”.
Continúa: «El perro estuvo aullando durante casi toda la madrugada, como si estuviese llorando. No dejaba dormir”; era una señal «de que el que vino a casa y nos conocía iba a morir».
Para concluir, confeso: «Cerca de las cinco de la tarde de hoy, mi hermana Eva me dijo llorando: nuestro padre falleció por un infarto; todo fue rápido. Se sintió cansado y agitado; de repente convulsionó y dejó de responder. Lo llevamos a la posta sanitaria y solo dijeron: ¡Está muerto! No estuvo enfermo ni guardó cama; simplemente se sentó y partió al infinito de la vida sin molestar a nadie. Eso se llama ‘la muerte celestial'». Así fue como ocurrió un suceso paranormal en Panao, donde se estaba velando a una persona muerta; sin embargo, también se le observó de pie o caminando. Fue un acto misterioso al que nadie podía creer.
Todo esto ocurrió en mayo de los años setenta en Pachitea, la capital provincial. Es conocido que Panao está dentro del territorio cultural de los Panatahua quechua; al mismo tiempo, fue dominio de la cultura Chupachos, cuyos habitantes se dedicaban desde tiempos ancestrales a cultivar papa en sus diferentes variedades. Después de que los españoles fundaron la nueva ciudad de Huánuco, los mitimaes del imperio incaico decidieron no seguir las instrucciones de estos conquistadores forasteros y se movieron hacia las partes altas del Valle del Pachitea, junto con los Chupachos, poblaron esa área y dieron vida a la cultura Panatahua quechua, cuyos descendientes viven hasta hoy.
*Escritor, economista y abogado.
*FOTOS: D.R. referencial.






