Por: Joyce Meyzán Caldas*
La enseñanza universitaria es, quizás, una de las profesiones más infravaloradas del sistema educativo. Se le reconoce poco, se le atribuye un cierto romanticismo y, lo más preocupante, es incomprendida. Hay una idea bastante arraigada en el imaginario colectivo que me resulta incómoda: creer que cualquier profesional que sabe hacer bien su trabajo puede, casi por arte de magia, convertirse en docente universitario. Con todo el respeto que merecen quienes sostienen esta postura, es una idea equivocada.
Recuerdo con claridad mis años como estudiante universitaria. Mis compañeros y yo éramos, como suelen serlo los jóvenes, jueces implacables. Analizábamos a nuestros docentes con una mezcla de dureza y superficialidad, propia de quien no termina de entender lo que tiene enfrente. Cuestionábamos su trayectoria, su profundidad teórica, su actualización. Lo hacíamos con la convicción de quien cree saber más de lo que realmente sabe. Hoy, desde el otro lado del aula, reconozco lo injustos que fuimos. No porque aquellos docentes fueran perfectos, sino porque lo que exige este oficio está muy por encima de lo que un estudiante puede dimensionar a los veintipocos años.
Ser docente universitario no es únicamente tener vocación. La vocación es el inicio, no el destino. Cuando se habla de preparación, se piensa de inmediato en títulos académicos, publicaciones, certificaciones o diplomados. Y sí, todo eso es importante y exigible. Pero existe una dimensión que los reglamentos no suelen contemplar y que, sin embargo, marca la diferencia entre un docente que informa y uno que transforma: las habilidades humanas.
La empatía para leer el estado emocional de un aula. La escucha activa para comprender que detrás de un estudiante distraído puede haber una historia compleja. La comunicación asertiva para retroalimentar sin desmotivar. La inteligencia emocional para ejercer la autoridad sin convertirla en distancia fría. Estas competencias no aparecen en los planes formales de formación docente, pero inciden directamente en la experiencia educativa. En muchos casos, son las que determinan si un estudiante decide continuar o abandonar.
He visto profesionales brillantísimos ejerciendo la docencia que, dentro del aula, generaban rechazo, miedo o indiferencia. Y también he conocido docentes con una capacidad extraordinaria para conectar, motivar e inspirar a sus estudiantes. La diferencia no siempre estaba en el número de publicaciones o en el grado académico, sino en la forma en que miraban a las personas que tenían delante. Un docente universitario trabaja con humanidad, asertividad y escucha activa, pero también con conocimiento riguroso y preparación constante.
En el Perú, la Ley Universitaria N.° 30220 establece requisitos concretos para ejercer la docencia en el nivel superior. Se exige, como mínimo, el grado de maestro y, en determinados casos, el de doctor. A ello se suman la experiencia profesional demostrable, la producción académica —como publicaciones en revistas indexadas y participación en proyectos de investigación— y la actualización pedagógica. La Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) supervisa estos estándares y ha contribuido a transformar el perfil de quienes ejercen la docencia universitaria en el país.
Sin embargo, ninguna norma mide la capacidad de un docente para sostener emocionalmente a un estudiante en crisis, para adaptar su metodología cuando el grupo no responde o para construir un ambiente de aula donde el error sea parte del aprendizaje y no motivo de vergüenza. Esas habilidades, aunque invisibles en los reglamentos, son fundamentales en la práctica cotidiana.
En otros países, el nivel de exigencia es igualmente alto. En España, la habilitación nacional requiere el título de doctor y una evaluación a cargo de la Aneca, que pondera la producción científica y los méritos docentes. En México, pertenecer al Sistema Nacional de Investigadores del Conahcyt es, en la práctica, un requisito en las universidades de mayor prestigio. En Estados Unidos, acceder a una plaza de tenure-track implica años de formación doctoral, publicaciones de alto impacto y procesos de selección rigurosos que pueden extenderse por más de un año.
Las remuneraciones reflejan estas diferencias. Mientras en Estados Unidos un profesor universitario puede percibir entre 60,000 y 120,000 dólares anuales, en el Perú los ingresos oscilan entre los 2,000 y los 8,000 soles mensuales, dependiendo de la categoría, el régimen y la institución. Esta brecha no solo es económica, también revela cuánto valoramos, en la práctica, la docencia universitaria.
La docencia universitaria demanda preparación continua, producción académica, experiencia profesional, vocación y, además, una humanidad cultivada con la misma seriedad que el conocimiento. No existe una línea de llegada. Existe, más bien, una exigencia constante que responde tanto a la disciplina que se enseña como a las necesidades de los estudiantes.
Mi ingreso a la docencia universitaria fue relativamente fluido al inicio. Sin embargo, a medida que avancé profesionalmente, las exigencias fueron creciendo en proporción directa a mis aspiraciones. Cada nuevo paso implicaba nuevos retos: un diplomado adicional, una investigación en curso, una publicación pendiente. Lejos de agobiarme, ese proceso terminó por apasionarme. Cuando existe vocación real, las exigencias dejan de percibirse como obstáculos y se convierten en parte del crecimiento.
Creo firmemente en la educación y en la meritocracia como motores de cambio social. Por eso, me resisto a la idea de que pararse frente a un aula universitaria sea un asunto menor. Detrás de cada clase hay años de formación, investigación, errores, aprendizajes y decisiones constantes. Pero, sobre todo, hay una convicción profunda: enseñar bien, con rigor y humanidad, no solo transmite conocimiento, también abre caminos. Y en un país como el nuestro, abrir caminos es una responsabilidad.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan






