Huánuco y el Taita Alfonso

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

Hoy nos sumergimos en el mundo de los recuerdos. Nuestra memoria nos lleva a la primera semana de cuaresma de la década del sesenta. Llegaban a nuestra ciudad las mamachas de Pachabamba, con mantas de algodón silvestre, tejidas por delicadas manos que cubrían celosamente su cabello ensortijado hasta la cintura. Deslumbraban el colorido de sus blusas y la sobriedad de sus faldas de un negro profundo. Llevaban un yanque de caucho como sandalias y caminaban con paso sereno, el rostro cabizbajo. Se persignaban con agua bendita y se arrodillaban en señal de sumisión, mirando la Santa Eucaristía cuando ingresaban a la imponente y antigua Catedral de Huánuco, situada en plena Plaza de Armas.

Era un domingo de marzo y el primer templo del cristianismo huanuqueño se encontraba lleno de feligreses. Muchos hombres vestían terno oscuro riguroso, con el cabello cuidadosamente recortado a tijera y el calzado impecablemente lustrado. Mientras tanto, las damas huanuqueñas, siempre delicadas, cubrían su cabellera con un velo negro; llevaban vestidos sueltos por debajo de la rodilla y zapatos de taco alto que realzaban su presencia. Siempre portaban en la mano una cartera de cuero fino y, en algunos casos, elegantes guantes.

La misa dominical de las siete de la noche estaba a cargo del monseñor Arbulu, secundado por los sacerdotes diáconos Meza y Matos, acompañados de sus respectivos acólitos. El altar mayor resaltaba por los cirios y velas encendidas, mientras que las flores frescas impregnaban el templo con un aroma inconfundible a campo. La melodía y los cantos estaban a cargo del padre Canchucaja y de un grupo de monjas del Beaterio de la Inmaculada, quienes entonaban cánticos religiosos llenos de profundo recogimiento espiritual.

El acto se desarrollaba con mucha devoción. Casi nadie caminaba, menos hablaba. Reinaba un silencio sepulcral. Solo se escuchaba la prédica del monseñor, cuya voz llegaba a tocar el alma arrepentida de los fieles. La comunión con Dios era total. Así transcurría el tiempo de la misa, hasta recibir finalmente la santa bendición.

Antes de retirarse de la catedral, muchos fieles —con velas encendidas y llevando de la mano a sus pequeños hijos— caminaban hacia la tumba del monseñor Alfonso María de la Cruz Sardinas y Zavala, quien descansaba en la cripta ubicada debajo del altar mayor. Allí reinaba la oscuridad, otorgando al sepulcro un halo de misterio.

Muchas personas eran devotas del fallecido obispo huanuqueño. De rodillas imploraban su intercesión ante Dios para recibir una bendición o la sanación de enfermedades incurables. Con lágrimas en el rostro y la voz quebrantada por el dolor, rogaban por un milagro. Este hecho quedó grabado en la memoria de muchos niños de las décadas del sesenta y setenta, hoy adultos de la tercera edad, quienes reconocen como “milagroso” o “santo” al taita Alfonso.

Muchos se preguntarán: ¿Quién fue Alfonso María de la Cruz Sardinas y Zavala?

Podemos decir, sencillamente, que nació en el valle de los Chupachos, dentro de la heroica ciudad de Huánuco, el 30 de mayo de 1842. Su vivienda estuvo ubicada en el Jr. 28 de Julio N° 700. Sus padres fueron Manuel Sardinas, de origen español, y Manuela Zavala, criolla huanuqueña. Decidieron bautizarlo a los dos días de nacido en la iglesia El Sagrario de La Merced, registrando su nombre como Fernando Sardinas y Zavala. Más tarde, para ingresar al Monasterio de Ocopa, adoptó el nombre de Alfonso María de la Cruz Sardinas y Zavala.

Quedó huérfano a temprana edad. Por esta razón, pasó al amparo de su tío Isidro Soler, quien le inculcó los valores cristianos y la devoción a la Santísima Virgen. En 1857, a los quince años, emprendió camino hacia el Convento de Ocopa (Concepción, Junín), guiado por su convicción de amor a Cristo y su admiración por la humildad de los franciscanos con quienes había convivido durante su juventud en su tierra natal.

Así inició una brillante trayectoria religiosa. Finalmente, fue ordenado sacerdote el 3 de marzo de 1867 en la ciudad de Lima, bajo la bendición del monseñor Manuel Teodoro del Valle.

El 6 de diciembre de 1883, el fraile huanuqueño —luego de haber prácticamente resucitado de una grave enfermedad— y en agradecimiento a Dios por el milagro concedido, fundó la Congregación de Religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción en el Perú. En la actualidad, esta congregación no solo tiene presencia en el territorio peruano, sino también en Colombia, Italia y España. Asimismo, fundó colegios cristianos en Jauja, Huancayo, Pasco y Huánuco, regentados por las hermanas de la Inmaculada.

Gracias a la aprobación del Congreso y a la aceptación del Papa, fue designado en 1891 Obispo de la Diócesis de Huánuco. Al poco tiempo de asumir el cargo promovió la construcción de un nuevo seminario denominado San Buenaventura. Luego de siete años de ardua labor, el 19 de junio de 1898 fue inaugurado con la participación de diversas autoridades, entre ellas el Dr. Dámaso Beraún, rector del Colegio de Ciencias de Huánuco.

El misionero Sardinas, al ser nombrado obispo, renunció al lujo, la vanidad y la soberbia. En cambio, eligió vivir con humildad en medio de la pobreza, sacrificándose para agradar a Dios. Solo tenía como asistente a un servidor indígena que lo ayudaba y preparaba sus alimentos de manera sencilla. Su vestimenta era una túnica confeccionada de tocuyo blanco, muchas veces remendada de forma rústica.

Sin embargo, era profundamente caritativo y complaciente con sus paisanos provenientes de la sierra, a quienes amaba intensamente. Con ellos compartía el pan en la mesa, conversando en quechua. Jamás aceptó donaciones personales; solo recibía contribuciones destinadas al mantenimiento del seminario.

Falleció en olor de santidad el 26 de junio de 1902, en su humilde dormitorio del obispado de Huánuco, a los 60 años. Fue sepultado en la cripta de la Catedral de Huánuco.

En la actualidad, se encuentra en proceso su beatificación y santificación, debido a la vida santa que llevó en comunión con Dios. Fue el segundo obispo de la diócesis de Huánuco y el único monseñor huanuqueño desde 1891 hasta la fecha. Han transcurrido más de 150 años sin que se nombre a otro obispo nacido en Huánuco para dirigir los destinos de nuestra diócesis.

Un detalle que llama la atención es que Roma ha canonizado al menos a cinco beatos en los últimos diez años, todos ellos nacidos hace entre 50 y 60 años. Sin embargo, el proceso de nuestro taita Alfonso, nacido hace más de 150 años, aún no avanza. La verdad, no sabemos de qué depende. Solo Dios conoce la respuesta.

 

*Escritor, economista y abogado. Cel.: 964 759 237.

Correo: rodriguezmasgo@gmail.com Foto: D.R. referencial

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