Del hacha al testamento: el rito completo de Don Calixto en Tomayquichua

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

“Cuando me vaya, cuando me ausente, tendrás presente de no llorar…”

 

En Tomayquichua el carnaval no empieza: despierta. Cada 20 de enero, día de San Sebastián, patrón de Huánuco, el valle abre los ojos entre pólvora y campanas. Desde Usa Barrio aparece Shapaquito, la pequeña imagen del santo con sombrero de plata y cinta peruana, presidiendo el primer árbol de carnaval bajo una nevada de talco y serpentinas.

El hacha golpea el tronco mientras la banda desgrana sus metales y la plazoleta —de muros de tapia y campanita diminuta— se convierte en corazón palpitante del rito. Las parejas, blanqueadas por el polvo festivo, giran alrededor del árbol cuajado de pañuelos y canastillas. Cuando finalmente cae, no es solo madera la que toca tierra: es la confirmación de que el carnaval ha sido sembrado otra vez.

Desde ese instante, Tomayquichua ya no duerme.

Estos rituales fundacionales, la rivalidad histórica entre Usa Barrio y Piqui Barrio —antiguos Jana y Ura— y la estructura tradicional de la fiesta fueron documentados con rigor por el profesor Felipe Trujillo Hidalgo en su libro Tomayquichua Tierra de la Inspiración Huanuqueña, publicado en 2002. Allí el carnaval aparece no como simple celebración, sino como tejido social donde identidad, competencia y memoria se entrelazan con naturalidad.

De esa rivalidad —que el humor popular rebautizó como “piojosos” y “piquichentos”— nacieron instituciones que sostienen hasta hoy la arquitectura festiva: el Club Independiente y el Club Cultural Deportivo Santa Rosa, junto a otras organizaciones que fortalecen la tradición. Ellos organizan la elección y coronación de reinas, el corso de carros alegóricos, la entrada de su majestad Don Calixto y, finalmente, su entierro con lectura de testamento y despacho.

El último domingo, durante la Entrada de Don Calixto, Tomayquichua volvió a confirmar su condición de capital carnavalesca regional. Carros alegóricos avanzaron por el Camino Real entre una multitud que desbordó la plaza. Talco suspendido en el aire, globos de agua, música vibrante y ovaciones dibujaron una escena donde tradición y espectáculo convivieron sin complejos.

El músico y gestor cultural Aldo Crespo Guerra celebró que este año no se registraran agresiones en la plaza y destacó el esfuerzo organizativo de los clubes. Pero también advirtió que el crecimiento exige planificación: reforzar la seguridad, mejorar la transitabilidad y ordenar el juego sin apagar la esencia.

Y es que la fiesta ha superado su infraestructura. La entrada vehicular colapsó en algunos momentos; la alameda, reducida en su ancho, generó cuellos de botella; no faltaron discusiones entre conductores y transeúntes convertidos en improvisados reguladores de tránsito. Son señales claras de que el carnaval convoca cada vez a más visitantes y requiere decisiones responsables para proyectarse sin desbordarse.

Mientras tanto, la creatividad continuó marcando la diferencia.

El profesor Nelson Cotrina Céspedes precisó que la señorita Alexia Tucto Trujillo representó al Club Cultural Deportivo Santa Rosa como reina en el corso realizado el domingo 15 de febrero. Junto a ella, las reinas del Club Deportivo Independiente y del Club de Molino Ragra engalanaron la jornada con igual gracia y protagonismo, reafirmando que cada institución sostiene su propia belleza y representación simbólica.

Este domingo 22 de febrero, en el marco del entierro de Don Calixto, se sumará también el Club Ecológico La Joya con su respectiva soberana, completando así la presencia de las cuatro instituciones deportivas del distrito, todas ellas representadas por reinas hermosas y encantadoras que encarnan el orgullo de sus barrios.

Porque en Tomayquichua cada barrio tiene su reina,
y cada reina es espejo de su barrio.

 

Cada carro alegórico desarrolló una temática particular. Uno de ellos representó la majestuosidad del ave considerada rey de los cielos en la mitología griega, fusionada con elementos de la cultura Chimú. No fue improvisación: fue trabajo artístico colectivo, símbolo y relato visual en movimiento.

Tomayquichua —asentado a la vera derecha del Huallaga cantarino— no celebra por inercia. Celebra porque en el carnaval reafirma quién es.

Ahora se aproxima el momento más simbólico.

El domingo 22 de febrero se realizará el entierro de su majestad Don Calixto. Habrá lectura de testamento, sátira punzante y ese teatro popular donde se dicen verdades bajo el disfraz de la risa. Calixto muere entre lamentos fingidos, pero su muerte no es derrota: es pausa ritual.

Aquí el carnaval no termina: se guarda.

Se guarda en la memoria de los barrios, en la rivalidad noble que dinamiza la creatividad, en los clubes que lo sostienen y en la conciencia ciudadana que exige organización sin renunciar a la alegría.

Cuando el talco vuelva a caer como una nevada festiva sobre la plaza y Don Calixto sea despedido entre música y carcajadas, el valle no estará clausurando una fiesta.

Estará renovando un pacto.

Porque en Tomayquichua el carnaval no se va.
Se repliega.
Se aquieta.
Y espera su próximo despertar.

 

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