El Gobierno cubano ha admitido por primera vez que mantiene conversaciones con Washington, en un momento crítico marcado por el deterioro del tejido social de la isla y el aumento de las protestas ciudadanas. El presidente Miguel Díaz-Canel confirmó que el diálogo se encuentra en fases iniciales y que ambos países están aún lejos de alcanzar un acuerdo, aunque subrayó que el objetivo es buscar soluciones a las diferencias bilaterales y abrir espacios de cooperación que permitan reducir la confrontación.
El reconocimiento llega en medio de una crisis estructural que se prolonga por siete años y que se ha agudizado desde enero, cuando Estados Unidos impuso un bloqueo petrolero. La escasez de combustible ha paralizado el transporte público, mientras los cortes eléctricos alcanzan niveles récord y los precios de los alimentos continúan en ascenso.
El colapso de la entrada de divisas y el deterioro de los servicios públicos han intensificado el malestar social, reflejado en cacerolazos nocturnos, quemas de basura y consignas antigubernamentales en barrios de La Habana y otras ciudades.
La socióloga cubana Cecilia Bobes, autora del estudio Protestas en Cuba. Más allá del 11 de Julio, destacó que en la última semana se ha producido un “aumento explosivo” de las manifestaciones, con un mayor involucramiento de estudiantes universitarios y un incremento en el nivel de violencia de algunas acciones.
La protesta más significativa se registró en Morón, donde cientos de personas se congregaron frente a la sede municipal del Partido Comunista de Cuba tras un apagón de más de 24 horas, exigiendo “corriente y comida” y “libertad”.
Un grupo reducido irrumpió en el edificio y encendió una hoguera con mobiliario del interior, lo que derivó en cinco detenciones según medios estatales, aunque no se ha podido verificar de manera independiente la existencia de heridos.
En paralelo, el Gobierno cubano anunció la excarcelación de 51 reclusos tras contactos con El Vaticano, de los cuales al menos 15 eran considerados presos políticos por distintas organizaciones. Este gesto, sumado al reconocimiento del diálogo con Estados Unidos, se interpreta como un intento de La Habana de aliviar la presión interna y externa en un contexto de creciente conflictividad social.
Díaz-Canel insistió en que el proceso es “sensible” y debe manejarse con discreción, responsabilidad y seriedad, mientras la población continúa enfrentando las consecuencias de una crisis que ha puesto a prueba los límites de la resistencia histórica del pueblo cubano.







