Una melena dorada

(fragmento)

 

Mario A. Malpartida Besada

 

¡Qué coraje de gente! ¡Ese Follegatti, ese Saucón! ¡Qué tal Ríos, Torres, Delgado, Baldeón, Falla! Por ahí la barra rompió su timidez y dejó escuchar sus gritos desde la popular, ¡León, León, León! La de cuero rotaba para aquí, rotaba para allá, pasecitos, chalaquitas. El entrenador pronto dejó de vociferar sus indicaciones desde el costado del campo porque a esas alturas del encuentro comprendió que era inútil, ya no valían estrategias. Ese fútbol macho, provinciano, era pues, puro coraje, intuición, codicia por el gol, a como dé lugar.

El marcador se movió hasta el dramático dos a dos. Ríos y Baldeón combinaron para que el Cholo Fano anotara los dos tantos del Defensor León. Después de cada puntapié al arco, pusieron rostros de niño, se miraron maliciosamente entre ellos y luego contemplaron la tribuna. Ahí, en el medio de la barra bulliciosa, semejante a una diosa serena devolviéndole sus rayos al sol, incrustada en el corazón de tanto paisano reunido en el monumental estadio, creyeron verla, como si ella, la rubia Seretti, aún tuviera ganas de gratificarlos por el triunfo, como sabía hacerlo antes de que cumpliera los cuarenta y los mozalbetes recién estuvieran despertando a la malicia.

El empate no valía. Si el Defensor León quería jugar todo el año en el “José Díaz”, contra los clubes grandes de la capital y luego enfrentarlos en partidos de vuelta en el estadio local, tenía que ganar. Goles son amores, decían los enviados especiales de la primera emisora del departamento, había que poner un golcito más, y, uno masito, repetía la voz popular en la ciudad, uno masito.

En el otro equipo la gente morena sabía muy bien amarrar la bola, esconderla entre los botines, lanzar el pique y achicar el área. (…) eran veteranos de la profesional (…)  que quemaban sus últimos cartuchos en la disputa de este campeonato entre equipos provincianos.

Pero en este lado militaban once leones de la más pura estirpe (…)

Uno de estos leones, el Cholo Fano, recibió de pronto la redonda, alzó la cabeza a lo Beckembauer, escupió con furia su chiclets Adams, desafió a oriente y occidente, dibujó en su memoria la tribuna de cuatro tablas en el estadio Los Profundos, vio a una rubicunda mujer metida en la barra local dispuesta a tornarse frenética, y emprendió la carrera. (…)

¡Fano, Fano, Fano! Y Fano no corría, Fano volaba. Antes que transpusiera la línea media del terreno de juego, ya Fano era la sensación y los periodistas deportivos de radio Unión, radio El sol y de La Tercera de La Crónica, empezaron a preocuparse por los datos más interesantes de su biografía. Entre la gente del estadio se comentaba que su amor a los vientos le venía de familia. Es que allá, en su pequeña comarca, a unos cuantos kilómetros de la ciudad capital, tienen fama de brujos y brujas, decían, y en noches de luna llena acostumbran volar de un lado para el otro. (…)

Pero Fano solo creía en el encuentro que se estaba jugando y en la figura eternamente sensual de la rubia del barrio donde creció, finiquitando los últimos días de su infancia.  Se pega a la banda y sigue volando, su corazón se sacude con ¡León, León, León! Le sale un marcador con cara de guerrero y la pierna en alto. El público silba, pero el árbitro no pita por jugada peligrosa. Fano lo ha tomado con calma y prosigue al galope. Está encorajinado. Tres hombres de los más fieros defensores le salen al encuentro, amagan, insultan, pican, mentan la madre, quiebran, pero pifian. Fano salta una, dos, tres veces, convertido en un potro encabritado salvando vallas y continúa su travesía.

La cancha no tiene cuándo terminar y el hombre sigue embalado. De pronto, sin necesidad de entrar al área chica, mira al arquero del Sport Huanca, un tal González Padilla, y dispara mientras en la tribuna el público está al borde del delirio y se ha puesto de pie sin dejar de gritar, ¡León, León, León!, ¡Fano, Fano, Fano!, y matracas y bombos y platillos y cornetas.

Nadie supo si el arquero aquel del Sport Huanca del setenta y tantos, vio la bala de cañón talla cinco que surcó el aire, siguió una línea apenas curvada, rasgó el espacio, zumbó sobre su cabeza y terminó al fondo de la red adolorida. Solo el mismo golero, militante antiguo del fútbol profesional, declaró después a los reporteros a ras de cancha que no pudo hacer nada para evitar el tanto, porque al ver la furia del disparo sintió anticipadamente un golpe seco en la boca del estómago y se quedó paralizado bajo el travesaño. Era el gol o la vida.

Y mientras los otros leones corrían como locos hacia el arco vulnerado para tomar la pelota, abrazarla, besarla o hacer con ella lo que quisieran, el Cholo Fano buscaba una melena dorada en la popular. Así lo hizo cuando estaba en los once o doce, no recuerda, allá en Los Profundos, después de aquel gol que le dio el título a su equipito calichín y a él la felicidad de terminar su infancia de una vez por todas. Quizá por eso colocó el golazo final, para rememorar cómo fue que conoció el mayor asombro de la vida, al lado de una buena empanadilla y los requiebres más graciosos de una Marilyn ceremoniosa.

(Del libro Una melena dorada en la tribuna, reciente obra del autor).

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19.06.2023

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