Tras el sismo de 2010, el padre Juan levantó desde cero la iglesia de Tomayquichua
Por: Jorge Chávez Hurtado
El 31 de diciembre de 2025, mientras el año agonizaba y el cielo parecía despedirse con una luz cansada, Tomayquichua abrió los brazos a un milagro. La nueva iglesia Santa Rosa abrió sus puertas. No fue una inauguración más. Fue un acto de resurrección. La fe hecha piedra, el sacrificio vuelto concreto, el dolor transformado en esperanza.
Quince años antes, un temblor sacudió la tierra bajo los pies de cien fieles que escuchaban misa. Las paredes de tapial crujieron como un lamento antiguo. Defensa Civil fue tajante: demolición inmediata. El viejo templo cayó. Cayó la estructura, pero también el silencio. Cayó la historia, pero no la fe. Entre el polvo y el miedo, el padre Juan Bautista López Díaz no vio ruinas: vio una cruz que debía cargarse hasta el final.
Cuando lo entrevisté por el teléfono, desde el programa “El Mundo a las seis” de Radio UNHEVAL, mientras su voz llegaba desde la iglesia Santa Rosa, tuve la certeza de que cada palabra no informaba: me desarmaba. De cero soles a dos millones, quince años de lucha sin aplausos, de puertas tocadas una y otra vez, de insistir incluso cuando el cansancio ya no permitía dormir ni soñar. Cerré el programa con la voz intacta y el alma hecha trizas. Caminé de regreso a casa comprendiendo una verdad que no enseñan los libros: Huánuco no fue construido por espíritus débiles; Huánuco se levantó con hombres que ofrecieron su vida entera a una fe que no negocia, que no se rinde, que no se explica… y que, como la del padre Juan, solo se sostiene de rodillas.
Esa noche quedó una verdad dura y silenciosa. Mientras muchos duermen, hay hombres que se gastan cuidando la fe de otros. Mientras Huánuco cerraba los ojos, alguien fue perdiendo fuerzas y salud para que un pueblo no pierda la esperanza. Ese cansancio no se ve ni se aplaude. Queda en el cuerpo. Y duele entender que el templo en pie no fue gratis: fue sostenido por la entrega silenciosa de un hombre. Porque hay amores que no se dicen: se dan.
Nuestro trabajo periodístico cotidiano suele curtirnos. Nos acostumbra al estruendo de los grandes hechos, a la sucesión incesante de noticias que se pisan unas a otras. Pero hay momentos —raros, hondos, inolvidables— en los que el oficio se nos vuelve carne. Conversar con un hombre como el padre Juan, de talla teológica y corazón emprendedor, perseverante hasta el dolor, soñador incluso cuando el cuerpo ya no responde, nos devuelve la humanidad que a veces la rutina nos arrebata. Allí entendemos que la vida también nos entrevista a nosotros. Que nos da lecciones brutales y hermosas a la vez. Porque mientras su salud se iba resquebrajando, él siguió trabajando minuto a minuto, sosteniendo la fe como quien sostiene una vela en medio del viento, hasta levantar la casa de Dios para albergar corazones heridos, cansados, pero llenos de una devoción que no se rinde.
El padre Juan explicó cómo la estructura del templo habla de la Sagrada Biblia y del mensaje de Dios. Cada línea, cada espacio, cada muro fue pensado para predicar antes de que alguien abra la boca. “Este templo no solo se visita —dijo—, se siente. Es un abrazo de Dios”. Y era verdad: la fe allí no es abstracta, se puede tocar.
La obra se levantó sin presupuesto oficial. Quince años de actividades, de solidaridad silenciosa, de ingenieros y arquitectos que ofrecieron su saber, de manos anónimas que cargaron materiales y esperanzas. Cada ladrillo guarda una oración. Cada pared es una cicatriz convertida en promesa.
Durante la inauguración, llegaron los reconocimientos oficiales. Pero el verdadero homenaje estaba en los ojos húmedos de los feligreses, en los abrazos largos, en el silencio que pesa más que cualquier aplauso. Todos sabían que ese templo había sido construido con la vida de un hombre.
Y entonces llegó la confesión que terminó de quebrarlo todo: el padre Juan se tomará un descanso médico. Quince años de entrega total habían pasado factura. “La obra me costó alma y cuerpo”, dijo. No fue una frase. Fue una verdad dicha con el corazón en la mano.
Al caer la tarde, mientras el 2025 se cerraba como un libro leído con lágrimas, los fieles salieron del templo en silencio. No habían inaugurado un edificio. Habían sido testigos de una vida ofrecida hasta el límite.
Porque la fe verdadera no solo levanta iglesias.
A veces, levanta pueblos enteros… aun cuando quien la sostiene ya camina herido.






