Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay vidas que no se miden en el mero discurrir de los años, sino en la profundidad de la huella que imprimen en el barro fértil de la memoria. La de la maestra Milka Cabrera, nuestra entrañable Milkita, pertenece a esa estirpe sagrada de mujeres que no solo habitan un pueblo, sino que lo inventan, lo cantan y lo salvan del olvido.
Aquel jueves 13 de agosto, al cumplirse el primer aniversario de su vuelo a la eternidad, los pasos me llevaron de regreso al templo de sus desvelos: la Institución Educativa María de los Ángeles. Crucé el umbral y sentí que la geografía del colegio temblaba de nostalgia. Recordé que fue en el año 2003 cuando vivencié por primera vez este evento, invitado por una colega de aquel entonces; un guiño del destino que me permitió estar cerca de Milkita, la misma maestra que en los albores de mi carrera docente estuvo a mi lado, guiando mis primeros pasos profesionales con una generosidad que llevaré como eterna gratitud hasta donde alcance la memoria.
En los periódicos murales de la entrada, la perennidad de su trazo seguía intacta; era su mano invisible la que ordenaba la dignidad y la devoción por lo nuestro. Avanzar por sus pasillos era caminar sobre un territorio minado de recuerdos. Cada latido en el pecho golpeaba con la violencia del llanto contenido; apreté los dientes, buscando la fortaleza necesaria para no comprometer con mis lágrimas la calidez de quienes salían a recibirme.
En la dirección, el abrazo fraternal con el talentoso cantautor Mito Ramos y el encuentro con el maestro Abel Paulino, coordinador académico del colegio, fueron el primer bálsamo frente a la pesadumbre. Luego, en la conducción del programa, la presencia de la maestra Grely Minaya Sifuentes prolongaba ese linaje de liderazgo pedagógico e identidad huanuqueña que asimiló de su señor padre, el reconocido maestro Atilio Minaya Echiparra.
Cuando tomé la palabra para rendir tributo a su memoria, la garganta se me volvió un nudo de ceniza. Frente a mí se extendía un mar de estudiantes y padres de familia. Alcé la voz hacia el cielo para saludar a Milkita, enfatizando su visión al fundar este programa diseñado para infundir el conocimiento, valoración y difusión de las once provincias huanuqueñas.
Al recorrer los estantes y ambientes, vi encarnado el sueño de la fundadora. Los niños daban cátedra sobre la agricultura, la cerámica, la ganadería y la historia de cada provincia con una inocencia desbordante de sabiduría. ¡Ella estaba ahí! Su legado no era una estatua inerte, sino un fuego vivo.
Fue entonces cuando alcé los ojos hacia lo alto de la pared principal del patio central. Y allí, desde un retrato ampliado e intenso, me alcanzó la mirada de Milkita. Fue un choque frontal contra la ternura. Sentí que sus ojos me buscaban, que me hablaba en ese silencio espeso de los espíritus nobles, agradeciéndome por estar presente. No pude más. Varias lágrimas furtivas se escaparon por mis mejillas, cobardes y rebeldes, quemando la piel en un diálogo secreto.
En ese instante me vi transportado más de veinte años atrás, cuando conversamos y coincidimos en la idea de fundar un coro escolar de música huanuqueña. Vi nacer el Coro “Los Niños Cantores de María de los Ángeles”, vi la luz de aquel primer disco compacto grabado con voces escolares, un hito en la historia de nuestra música, e inevitablemente vi el reflejo de su quijotada en el Coro Ruicino que yo mismo fundaría años más tarde en mi centro de trabajo, inspirado en su ejemplo.
De pronto, advertí que a mi lado estaba sentado el gran Mito Ramos. Entre el murmullo de la fiesta, conversamos de la música de nuestra tierra y de sus exitosas actividades artísticas, mientras la fluidez de las palabras se entrelazaba con las danzas y estampas que los alumnos desplegaban en el escenario.
Antes del mediodía, cuando las obligaciones laborales me exigieron partir, su joven y generosa directora Lizbeth Carnero Tineo me entregó un reconocimiento. Nos fundimos en un abrazo lleno de afecto, reeditando el mismo espíritu cálido que tantas veces compartí con la maestra fundadora.
Salí sabiendo que en ese colegio estuvo también parte de mi vida: allí estudió mi única hija, Flor de Dula, a quien Milkita quiso tanto, y allí se cimentó lo que hoy soy como docente y periodista cultural.
Al caer la noche, la Iglesia San Francisco se transformó en un santuario abarrotado de oraciones. Allí conocí a su sobrina Elizabeth Cabrera, maestra de elocuencia fina, quien acompañó a Milkita en sus últimos años. Sus palabras me devolvieron la certeza final: la maestra estuvo lúcida hasta el último hálito de su existencia, apagándose con sabiduría a los 89 años, casi al límite de los noventa.
Vivió sabia y partió sabia. Se fue la mujer, pero se queda la maestra eterna. Huánuco no la llora en la penumbra; la canta, la evoca y la lleva tatuada en el centro mismo del corazón.




