Tres palabras y una luz encendida

Crónica de un reencuentro en el aniversario de la Escuela de Ciencias de

la Comunicación Social de la UNHEVAL

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

El lunes 14 de setiembre, cuando la noche comenzaba a caer sobre Huánuco, llegué al Auditorio del Museo Regional Leoncio Prado Gutiérrez con esa mezcla de emoción y responsabilidad que acompaña a quien está a punto de hablar ante jóvenes que han decidido abrazar la misma profesión que uno eligió hace muchos años. No sabía entonces que aquella noche terminaría siendo mucho más que una conferencia.

En la puerta principal me esperaba, generosamente, Melchor Vicente Mallqui, director de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación Social. Su presencia allí, esperándome, fue el primer abrazo de una noche que poco a poco se iría llenando de afectos. Ingresé al auditorio y encontré a dos colegas cuya presencia tuvo para mí un significado especial: Pilar Trujillo Martel e Iraldia Loyola, comunicadoras sociales de gran prestancia y producción periodística cultural. Iraldia me dijo: “Vine a escucharte”. Fueron apenas tres palabras, pero llegaron profundamente. Porque quienes hacemos periodismo cultural en Huánuco sabemos que esta es una tarea hermosa, pero también muchas veces solitaria. Somos pocos los comunicadores que, en medio de la urgencia cotidiana de las noticias, seguimos buscando historias en la memoria de nuestros pueblos, en sus canciones, sus tradiciones, sus personajes, sus paisajes y en aquello que corre el riesgo de desaparecer si nadie lo cuenta. Por eso, verlas allí me conmovió. Sentí que mis colegas no habían ido simplemente a ocupar una butaca. Habían ido a decirme, sin necesidad de discursos: “Aquí estamos”.

En el atril se encontraba mi colega de Radio UNHEVAL, Yul Pardavé Martel, abordando aspectos importantes sobre los recursos digitales de estos tiempos y las posibilidades que ofrecen para potenciar el trabajo de los comunicadores sociales. Luego llegó mi turno. Melchor hizo la presentación y respiré profundamente. Frente a mí estaban los jóvenes estudiantes de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación Social de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, mi alma máter. Y comprendí que no estaba solamente frente a un grupo de estudiantes: estaba frente a una generación que algún día tendrá en sus manos la responsabilidad de contar Huánuco.

Entonces comencé a hablar. Les hablé del comunicador social de nuestros tiempos y de los grandes desafíos que tiene por delante. Les dije que comunicar no significa únicamente informar. El comunicador también selecciona, interpreta, visibiliza y construye memoria; puede ayudar a que una sociedad conozca sus raíces o permitir, por indiferencia, que esas raíces se pierdan en el olvido. Les hablé de identidad cultural y quise dejar algo muy claro: hablar de identidad no es hablar de chauvinismo. Valorar lo nuestro no significa creernos superiores. Significa conocer, valorar, respetar y dialogar; saber quiénes somos para poder mirar al mundo con una conciencia universal, abierta y ecuménica.

Les hablé de Japón, China, Alemania, Suiza, Italia, México y Estados Unidos. De países que pueden caminar hacia la modernidad y, al mismo tiempo, mostrar al mundo aquello que los hace únicos. Porque la modernidad no tiene por qué obligarnos a renunciar a nuestra identidad. La cultura, cuando se conoce, se comunica y se gestiona, puede convertirse también en turismo, oportunidades, emprendimiento, empleo y orgullo local. Después regresamos al Perú: Cusco, Arequipa, Cajamarca, Junín, el Valle del Mantaro, Huaraz. Y finalmente apareció nuestra tierra.

 

¿Y Huánuco?

La pregunta quedó flotando en el auditorio. Y entonces apareció Huánuco, con su memoria milenaria: Lauricocha, Kotosh, Chupachos, Yarowilcas y Panatahuas; con su cultura viva, expresada en la Danza de los Negritos, el Carnaval del Tinkuy, la música huanuqueña, sus tradiciones y su memoria oral. Y apareció también su territorio, desde Pichgacocha, Mancapozo y Carpish hasta Tingo María y tantos otros paisajes donde la naturaleza también cuenta quiénes somos. Porque Huánuco no solo tiene una historia que recordar: tiene un territorio, una cultura y una memoria que merecen ser contados.

Y entonces pensé en nuestra música. Una canción puede guardar un nombre, un lugar, una historia, un amor, una ausencia, una fiesta, una lágrima. Una canción puede ser un documento. Investigarla también es hacer periodismo cultural. Por eso les hablé del reto del periodista: investigar, documentar, contextualizar, visibilizar y conectar generaciones; no convertir la cultura en un simple espectáculo ni reducirla a un folklore vacío de memoria.

Cerca de una hora después terminé. Y en ese instante comprendí algo que no había escrito en ninguna diapositiva: compartir nuestra experiencia también es una manera de agradecer. Agradecer a la Escuela que nos formó. Agradecer a nuestra universidad. Agradecer a los maestros que alguna vez nos enseñaron que la comunicación podía ser mucho más que una profesión: podía ser una forma de servir. Por eso aquella conferencia fue también mi homenaje a mi querida Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación Social, que celebra un aniversario más.

Antes de salir, Sharon Martín, joven integrante del Coro Ruicino, se acercó a saludarme dentro del auditorio. Me habló con entusiasmo de lo que había escuchado y me expresó su alegría de haber conocido toda aquella experiencia de vida en el periodismo cultural. La escuché y pensé: quizá esto sea también comunicar: dejar una pequeña luz encendida en alguien que viene detrás de nosotros.

Salí del museo. La noche de Huánuco estaba allí, como siempre, pero yo ya no era exactamente el mismo que había llegado. Me sentía agradecido, renovado, acompañado. Pensé en Pilar, en Iraldia, en Melchor, en Yul, en Sharon; pensé en los años recorridos, en tantas historias, en tantos personajes que ya no están, en tantas canciones que hemos cantado para que no mueran.

Llegué a casa, me senté frente a la computadora y comencé a escribir esta crónica con el alma emocionada y agradecida. Entonces comprendí que nuestra tarea no es solamente contar el presente, sino impedir que el pasado muera. Y volvió a mi memoria la pregunta que dejé aquella noche a los jóvenes: “¿Qué historia de Huánuco vas a contar tú?”. Ojalá algún día ellos cuenten nuestras historias y comprendan que conocer nuestras raíces es aprender a amarlas; porque la identidad nos recuerda quiénes somos y por qué debemos luchar para que la memoria de Huánuco nunca muera.

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