Seminario Santo Teodoro de Huánuco

 

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

La mañana ha despertado radiante. Los jircas tutelares, esos eternos guardianes de piedra, descansan cansados en las cimas de Paucarbamba, Marabamba y Rondos tras una noche agitada y misteriosa. Abajo, el río Huallaga discurre con la bravura de siempre, arrastrando aguas casi cristalinas en su viaje eterno hacia la montaña. Es hora de mercado. En el Viejo, las mamachas de Churbamba descargan la frescura de sus huertas: paltas perfectas, duraznos olorosos y granos de café recién tostados; allí mismo, el «gringo» Beraún mitiga el calor vendiendo una chichita de jora heladita con su raspadilla encima, mientras los paisanos disfrutan de una papa rellena con cebiche bien servido, con la generosidad que saciaría al mismísimo don Shucuy Pedro. A unas cuadras, en el Mercado Nuevo, doña Juanita ya tiene listo el ajiaco de pata de ganado con su infaltable papita arenosa.

Caminando con ese sentimiento huanuqueño que a uno se le mete en el pecho, avanzo por la cuadra ocho del jirón Dos de Mayo de mi Huánuco querido, apenas a 250 metros de nuestra querida Plaza de Armas. De pronto, la vista se detiene ante una fachada que despierta mis recuerdos más puros: la portada añeja del Seminario Santo Teodoro.

Conozco cada rincón de esta infraestructura; aquí pasé parte de mi infancia estudiando la educación primaria. Al pararme frente a su inmensa puerta, siento de inmediato el choque de dos mundos: afuera queda la bulliciosa calle comercial; adentro, impera un silencio religioso y una tranquilidad que emana desde el alma. Nos recibe el imponente jardín, un oasis de plantas ornamentales y árboles frondosos que custodian una gruta silenciosa, donde reposa nuestra madre celestial, la santísima Virgen María.

Este recinto colonial fue levantado entre 1542 y 1547. Sus arcos perfectos y paredes anchas sirvieron inicialmente como claustro para los frailes dominicos, quienes llegaron a Huánuco para emprender la conquista espiritual hacia la sierra y la selva. Por estos mismos pasillos caminó el célebre Fray Diego de Ojeda. Entre rezos y el aroma de los claustros, el fraile poeta terminó aquí «La Cristiana», su monumental obra de 15,000 versos sobre la pasión y muerte de Cristo. Dicen las viejas crónicas que el fraile, nacido en Sevilla y educado en el Perú, murió en olor a santidad en 1615, y que más de un testigo lo vio levantar el vuelo, suspendido en el aire mientras oraba.

La historia del seminario está escrita con nombres ilustres. Fue Monseñor Manuel Teodoro del Valle, primer obispo de Huánuco, quien viajó a Roma para el Concilio Vaticano I y convenció al superior jesuita Pedro Beckx de enviar una misión para dirigir el centro. Así llegaron los padres Hernáez, Sendoa, López, Astráin, Garcés y los hermanos Villalba y Salazar. El Perú contaba con siete seminarios, el de San Teodoro abrió oficialmente sus aulas el 17 de octubre de 1869, reconstruido gracias a la fortuna personal que el obispo Del Valle había heredado de la acaudalada Catalina Huanca.

Sin embargo, los tiempos difíciles no tardaron en llegar. En 1879, las autoridades liberales expulsaron a los jesuitas y, casi en simultáneo, estalló la infausta Guerra del Pacífico. La reconstrucción del alma huanuqueña llegó en 1891 con un hijo de esta tierra: Monseñor Fray Alfonso María de la Cruz Sardinas y Zavala. Como obispo de la diócesis, reformó los planes de estudio buscando una educación «competente, sólida, cristiana y piadosa», y tras siete años de arduo trabajo, inauguró en 1898 el seminario menor o sección «San Buenaventura». Décadas más tarde, Monseñor Rubén Berroa confiaría la dirección a los misioneros Combonianos, dejando una huella imborrable a través de figuras como los padres Miguel Wagner y Andrés Riedl.

Al cruzar hoy sus salones, uno comprende que el seminario es un cofre de tesoros. Su biblioteca custodia pergaminos escritos a mano, lienzos virreinales, reliquias del Santo Lignum Crucis, una carta original en latín dirigida al Papa por Santo Tomás de Aquino y la bellísima imagen de Nuestra Señora del Carmen, obsequio del Rey Carlos V.

Aunque el edificio ha reabierto sus puertas en múltiples ocasiones para formar a los sacerdotes de nuestra región, hoy la realidad nos deja un sabor agridulce. El Seminario se encuentra en un excelente estado de conservación, pero sus aulas están vacías de seminaristas. Se desconocen los motivos exactos, pero la ausencia de jóvenes con vocación sacerdotal en estos pasillos históricos nos hace reflexionar sobre una aparente deficiencia en la misión de la Diócesis de Huánuco para acoger y cultivar el llamado de nuestra propia juventud.

A cambio, el espacio ha sabido reinventarse. Hoy alberga el Centro de Exhibición de la Evangelización, Arte y Cultura Religiosa de Huánuco, mostrando al visitante cuadros virreinales del siglo XVIII y esculturas de la época de la colonización.

Es precisamente en este ambiente donde las leyendas locales cobran vida. En las tertulias vespertinas de los hogares huanuqueños se habla, a voz baja, de los túneles secretos subterráneos. Se dice que desde los sótanos de San Teodoro y el Convento de Santo Domingo nacen pasadizos que cruzan las entrañas de la ciudad; catacumbas clausuradas donde se ocultaron las riquezas de la Iglesia de los bandidos. La tradición oral asegura que el mismísimo Monseñor Teodoro del Valle pasó quince días escondido en el túnel de la iglesia de San Cristóbal durante la guerra con Chile, burlando a las tropas invasoras que pretendían raptarlo para pedir un millonario rescate por su herencia de Catalina Huanca.

Al caminar hoy en soledad por la sala de exhibición, entre las reliquias del Señor de Burgos, el ambiente se vuelve denso y sobrecogedor. Los visitantes aseguran sentir una carga espiritual inmensa: un olor inexplicable a incienso fresco invade las habitaciones y, si miras con atención los óleos virreinales, jurarías que los ojos de los personajes retratados se mueven sutilmente, siguiendo tus pasos en la penumbra.

El Seminario Santo Teodoro sigue en pie, como un testigo de piedra que se rehúsa a morir, guardando los secretos, la fe y el misterio de nuestro Huánuco querido.

 

Foto: D.R. referencial.

*“Escribiendo con sentimiento huanuqueño”, escritor, economista y abogado.

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