Roxsana Ambicho, el canto que atraviesa las distancias

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Hay momentos en que la vida nos pone frente a un espejo y nos obliga a mirar aquello que, en medio de la prisa cotidiana, solemos olvidar: que detrás de cada nombre hay una historia; detrás de cada artista, una vida; y detrás de cada canción, un pedazo del alma de quien la canta. El miércoles 12 de agosto fue uno de esos días. La directora de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Huánuco, Esperanza Rosales Alcántara, tuvo la sensibilidad de tomar la iniciativa y convocar a este homenaje a Roxsana Consuelo Ambicho Maiz, una de las voces hermosas que ha dado nuestra tierra. Así, en el auditorio de esta institución se reunieron voces, recuerdos, afectos y silencios para abrazar, desde la distancia, a una artista cuya trayectoria forma parte ya de la memoria musical de Huánuco. Roxsana no estaba allí físicamente. Su salud, frágil y desafiante en estos días, la mantenía lejos del auditorio. Y, sin embargo, estuvo más presente que nunca.

La ceremonia fue un abrazo. Un abrazo de Huánuco a una de sus hijas. Se habló de su trayectoria, de sus canciones, de esa voz que durante tantos años ha recorrido escenarios humildes y grandes escenarios, llevando el nombre de nuestra tierra mucho más allá de nuestras montañas. Roxsana ha cantado a Huánuco, al Perú y al mundo. Ha cantado a la vida. Y también le ha cantado a Dios, porque su fe no es un accidente de su repertorio, sino una parte profunda de su existencia. En sus canciones cristianas hay una mujer que no solamente interpreta: cree, agradece, espera y se aferra a la esperanza.

En el epílogo de aquella ceremonia me correspondió tomar la palabra. Y entonces ocurrió algo que todavía no sé explicar del todo. Me dijeron que Roxsana no estaba en el auditorio, que, por la delicadeza de su salud, nos acompañaba a través de la pantalla de transmisión. Dirigí la mirada hacia la cámara y, por un instante, sentí que ella estaba allí. Tan cerca. Creí ver su rostro en la pantalla y, quién sabe si por la emoción, por los recuerdos o por esas extrañas jugarretas con las que a veces el corazón engaña a los ojos, me pareció reconocer frente a mí aquella figura que tantas veces había visto de cerca: la artista, la amiga, la mujer sencilla detrás de la soprano. Por un segundo olvidé que había una pantalla entre nosotros. Después comprendí que, aunque ella no estaba físicamente en aquella sala, sí estaba escuchándonos. Y eso bastó para que la distancia desapareciera.

Entonces hablé. Hablé de la artista extraordinaria, pero también de la mujer sencilla y noble. De esa cualidad que no siempre acompaña al talento y que, en Roxsana, ha sido quizá su mayor virtud: la capacidad de permanecer humilde mientras su voz crecía y su nombre se hacía grande. Y mientras pronunciaba aquellas palabras, sentí que no estaba solamente evocando a una cantante. Estaba hablando de una mujer que ha dejado parte de su vida en cada escenario y parte de su alma en cada canción.

Hace muchos años, cuando apenas comenzaba mis primeros caminos en el periodismo escrito, tuve la oportunidad de escribir sobre ella. Debió ser por aquellos años de 2008. Hoy, al volver sobre aquellas páginas, descubro algo hermoso: el tiempo puede cambiar muchas cosas, pero no cambia aquello que verdaderamente pertenece a nuestra memoria. Allí estaba Roxsana, la misma mujer que hoy recordamos y abrazamos con esperanza; la niña que nació un 22 de septiembre, en plena primavera huanuqueña; la muchacha que conoció la alegría y también las primeras tristezas de la vida; la niña que, junto a sus hermanos y sus amigos de Chullqui, esperaba que sus padres se durmieran para escaparse silenciosamente de noche a ver un circo, una película o simplemente a jugar.

Estudió en la escuelita de su querido Chullqui, pasó por Santa María del Valle y culminó su secundaria en el Colegio Industrial Hermilio Valdizán. Después llegó al Instituto Superior de Música Daniel Alomía Robles, donde estudió canto y comenzó a darle forma académica a aquello que seguramente ya llevaba dentro desde niña: una voz que no quería quedarse callada.

Después llegaron los escenarios, los viajes, los discos, los aplausos y también las pruebas de la vida. Su voz comenzó a hacerse conocida y su nombre empezó a ocupar un lugar propio en el firmamento de la música huanuqueña, andina y universal. El Cóndor Pasa, Huanuqueña por ti, Corazón Huanuqueño, Muliza mía, A la vida le he pedido, Un rinconcito para mi amor, El Peregrino, Vírgenes del Sol, La Pampa y la Puna, Maipacha, Despedida y El Huascarán, entre tantas otras canciones, fueron formando el repertorio de una artista que consiguió algo que no todos alcanzan: hacer que una canción deje de ser solamente música y se convierta en memoria.

Hoy, tantos años después de aquel reportaje que escribí en los primeros capítulos de mi oficio periodístico, vuelvo a encontrarme con Roxsana. Pero esta vez no frente a un escenario, sino frente a una pantalla. No ante una artista que recibe aplausos, sino ante una mujer que enfrenta uno de los desafíos más difíciles de su vida.

Y confieso que se me quebró el alma.

Porque mientras hablaba, tuve la sensación de que aquella pantalla no era una pantalla. Era una ventana. Y del otro lado estaba Roxsana mirándome. Tal vez fue la emoción. Tal vez fueron los recuerdos. Tal vez fue la amistad. O quizá hay afectos que tienen la extraña capacidad de atravesar cualquier distancia.

Lo cierto es que ella estaba allí. Escuchándome. Y yo estaba allí, tratando de encontrar palabras suficientes para decirle algo que quizá las palabras nunca podrán explicar completamente: gracias.

Gracias por cantar a Huánuco. Gracias por llevar nuestra música por el mundo. Gracias por haber convertido tu voz en una forma de amar a esta tierra. Por eso, aquel homenaje no fue una despedida. No quiero llamarlo despedida. Fue una oración hecha de palabras. Fue un abrazo convertido en música.

Fue Huánuco diciéndole a una de sus grandes artistas: aquí estamos. Y mientras exista esperanza, la cancion no termina.

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