Roel Tarazona Padilla y la soledad de los sobrevivientes

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

A trece años de su muerte

 

Hay hombres que dejan huellas. Huellas en la memoria, en el pensamiento y en el alma de los pueblos. Hombres que, aun después de muertos, continúan enseñando. Hombres cuya palabra sigue iluminando el camino de quienes vienen detrás. Roel Tarazona Padilla fue uno de ellos.

El viernes 14 de junio de 2013, a las 5:15 de la tarde, falleció el maestro Roel Tarazona Padilla. La noticia se propagó rápidamente entre músicos, investigadores, docentes y defensores de la cultura peruana. Para muchos fue simplemente el anuncio de una muerte; para otros, significó la dolorosa partida de uno de los intelectuales que con mayor lucidez defendió la existencia, identidad y trascendencia de la música huanuqueña.

Han pasado trece años desde aquella tarde. Sin embargo, existen ausencias que el tiempo no logra borrar. Hay vacíos que permanecen intactos. Hay nombres que continúan provocando un estremecimiento interior cada vez que son pronunciados. El suyo es uno de ellos.

Con el paso de los años me acompaña una sensación cada vez más persistente. Miro a mi alrededor y siento que nos vamos quedando solos. Los hombres que me enseñaron a amar la música huanuqueña se están marchando. Han partido compositores, investigadores, autores y maestros que hicieron de la cultura una razón de vida. Hombres que defendieron nuestra identidad cultural con una convicción admirable y que comprendieron que una cachua, un chimayche, una muliza o un yaraví eran mucho más que expresiones musicales: eran la voz profunda de un pueblo.

Entre aquellos hombres excepcionales estaba Roel Tarazona Padilla. Mi maestro. Y cuando utilizo esa palabra no me refiero solamente al investigador brillante, al intelectual respetado o al académico de sólidos conocimientos. Me refiero al hombre que ayudó a varias generaciones a comprender quiénes éramos culturalmente. Poseía una formación intelectual extraordinaria, pero también una humildad que engrandecía aún más su sabiduría. Nunca necesitó levantar la voz para convencer. Bastaba escucharlo algunos minutos para comprender que estábamos frente a uno de esos seres humanos cuya autoridad nace del estudio riguroso y de la honestidad intelectual.

Todavía recuerdo con nitidez su última conferencia magistral en Huánuco, ofrecida en noviembre de 2012 con motivo del Día de la Canción Huanuqueña. Aquella tarde no escuchamos únicamente una exposición académica. Escuchamos una verdadera lección de amor por nuestra cultura. Con claridad admirable defendió las características esenciales de la música huanuqueña, explicó sus particularidades y abordó la pluriculturalidad e interculturalidad de nuestra región. Nos enseñó que Huánuco debía entenderse desde la diversidad de sus núcleos culturales y que nuestra identidad no podía reducirse a una visión simplista o excluyente. Aquellas reflexiones continúan orientando, hasta hoy, a quienes seguimos empeñados en investigar y difundir nuestra música.

Meses después llegó la noticia que jamás hubiéramos querido escuchar. Mi colega Yuri Valdivieso Cubillus me comunicó el fallecimiento del maestro. Acababa de terminar una clase con mis alumnos en la universidad. Ellos conversaban animadamente mientras la ciudad seguía su ritmo habitual. Los vehículos transitaban por las calles y la gente caminaba apresurada sin sospechar que, para mí, el mundo acababa de cambiar. Sentí una profunda perturbación. Salí caminando por la cuadra diez del jirón Dos de Mayo sin rumbo definido. Las lágrimas aparecieron sin pedir permiso y una sensación de vacío comenzó a instalarse dentro de mí. Mis alumnos probablemente nunca comprendieron qué ocurría aquella tarde en el interior de su profesor. ¿Cómo explicarles que acababa de perder a uno de mis maestros? ¿Cómo explicarles que había partido uno de los hombres que mejor comprendió el alma cultural de Huánuco?

Los días siguientes estuvieron marcados por el dolor. Desde Huánuco realizábamos la cobertura periodística del velatorio y de las exequias. Los reportes llegaban desde Lima mediante llamadas telefónicas y enlaces radiales. Escuchábamos las voces emocionadas de quienes acompañaban al maestro en sus últimas horas terrenales. Las informaciones hablaban de una asistencia multitudinaria, de homenajes musicales, de guardias de honor, de danzas tradicionales y de lágrimas. Muchas lágrimas. A través de aquellas transmisiones era posible sentir el profundo respeto y cariño que había sembrado durante toda su vida. Mientras informábamos a nuestros oyentes, también compartíamos silenciosamente el dolor de una despedida que parecía pertenecer a todos.

Con el paso de los años he comprendido algo que entonces apenas intuía: los pueblos también quedan huérfanos. Quedan huérfanos cuando pierden a quienes dedicaron su existencia a estudiar, enseñar y defender aquello que les da identidad. Quedan huérfanos cuando desaparecen los hombres capaces de explicar quiénes somos y por qué debemos sentir orgullo de nuestras raíces. Quedan huérfanos cuando se marchan sus maestros.

Por eso la ausencia de Roel Tarazona Padilla sigue doliendo trece años después. No porque su recuerdo se haya debilitado, sino precisamente porque permanece vivo. Vive en sus investigaciones, en sus libros, en sus conferencias y en las enseñanzas que dejó a varias generaciones. Vive también en aquellas palabras con las que se despidió de Huánuco durante su última conferencia: “Hay que querer lo nuestro, conocerlo, valorarlo y quererlo”. Hoy esas palabras poseen la fuerza de un testamento moral. Cada vez que las recuerdo siento que el maestro sigue hablándonos, sigue orientándonos y sigue recordándonos la responsabilidad de defender nuestra identidad cultural.

A veces cierro los ojos y vuelvo a ver a aquellos hombres que hicieron de la cultura una causa de vida. Escucho sus voces, recuerdo sus enseñanzas y descubro que muchos de ellos ya partieron. Entonces comprendo que la muerte de Roel Tarazona Padilla significó mucho más que la desaparición física de un investigador o de un académico. Con él comenzó a marcharse una generación irrepetible de guardianes de la memoria cultural huanuqueña.

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