Por: Roger Rondón Bardón
El avance científico y tecnológico moderno se inicia con la Revolución Industrial del siglo XVIII y evoluciona con mayor fuerza en el siglo XX, particularmente en la época de la electrónica y la digitalización, considerada la Tercera Revolución Industrial, que comienza a mediados de ese siglo. Es en ese contexto histórico cuando surge la radiola o rockola, una máquina casi mágica que reproducía música al introducir una moneda, convirtiéndose en un símbolo de modernidad, ocio y encuentro social.
En el siglo XXI, la ciencia y la tecnología han dado un salto de aceleración inimaginable con la invención de la Inteligencia Artificial (IA), aplicada hoy en múltiples campos del conocimiento humano: la robótica humanoide, la creación de tejidos y órganos para trasplantes mediante impresión 3D, la computación avanzada, la nanotecnología e incluso la producción musical digital, entre otros avances. Sin embargo, pese a esta vertiginosa evolución, la radiola conserva un valor histórico y emocional que ninguna tecnología contemporánea ha logrado reemplazar del todo.
En Huánuco, las radiolas o rockolas se convirtieron en una verdadera novedad durante las décadas de 1960, 1970, 1980 e incluso hasta los años noventa. La marca alemana Wurlitzer, que llegó a nuestra ciudad, así como a Tingo María y La Unión, ofrecía diversión, sonoridad y emoción, difundiendo música bailable, romántica y nostálgica en bares y cafetines de antaño.
En la ciudad de Huánuco, la atracción que ejercía este invento superaba toda imaginación, especialmente entre bohemios, habitués y el populacho huanuqueño, que gozaba y se deleitaba con las melodías emitidas por estos mágicos aparatos. La música sonaba desde discos de vinilo de 45 revoluciones por minuto, aunque ya coexistían los discos Long Play, marcando una época dorada de transición musical.
La información que manejamos sobre las radiolas en Huánuco, correspondiente a décadas históricas ya pretéritas, ha sido contrastada con personas notables y testigos de excepción, quienes vivieron y disfrutaron de aquellas jornadas musicales escuchando, por ejemplo, a la inmortal Sonora Matancera y a sus extraordinarios cantantes: Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, el colombiano Nelson Pinedo y Celio González. Verdaderamente fuera de serie, tanto por la excelencia musical como por la poesía de sus letras. No faltaban tampoco los bolerazos románticos del Trío Los Panchos, seleccionados al gusto de los clientes que pulsaban la radiola.
En esos años, la Sonora Zapata, dirigida por el maestro Abilio Magro, amenizaba los bailes más fastuosos, compitiendo en buena lid con la orquesta de Rulo Barrueta. Estos eventos se realizaban en espacios emblemáticos como el exclusivo ex Club Central, ubicado entre los jirones Constitución y 28 de Julio; los salones de la Sociedad China Chung Wa, en el jirón Bolívar; y el salón de baile del ex Hotel de Turistas, en plena Plaza de Armas, adyacente a la Catedral.
El tradicional baile de los Bancarios, especialmente durante los carnavales, congregaba a hermosas huanuqueñas y animaba inolvidables noches festivas, donde se utilizaban los perfumados chisguetes de éter conocidos como Amor de Pierrot y Colombina. Asimismo, los salones del jirón 2 de Mayo, a pocos metros del jirón Águila, servían como aulas de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, pero también como escenarios de grandes eventos bailables. Viene a la memoria, como si fuera ayer, la presencia de la orquesta de Lucho Macedo y su cantante Lina Panchano.
Radiolas en la ciudad de Huánuco
Una de las primeras radiolas que recordamos fue la radiola “El Pacífico”, de propiedad de Juan Shimazu, ubicada en la Plaza de Armas, en el ex Hotel Nacional. A este lugar acudían los admiradores del actor de cine James Dean, a quien imitaban en su vestimenta —casacas de cuero y pantalones jean— y que, según se decía, asistían a escuchar jazz y otras tonadas selectas.
Entre los habitués se recuerda a Fillico Cornejo, Manuel Vela, Pepe Aliaga, Juan Cabrera, “Chesman” Fernández —apodo en alusión al asesino de la Luz Roja— y Toto Santamaría, hijo de don Julio Santamaría, reconocido secretario de la GUE Leoncio Prado, cuya memoria frágil aún evoca aquellos tiempos.
La radiola de José
Otro punto de encuentro importante fue el establecimiento conocido como la Radiola de José, un bar ubicado en el jirón 2 de Mayo, casi al frente del Seminario San Teodoro. Allí concurrían alumnos universitarios de la UNHEVAL, entre ellos Edmundo Panay Lazo, entonces secretario de la Municipalidad de Huánuco, durante las gestiones de los alcaldes Lucio Fernández Rubín y el italiano Francesco Crapesi, para quienes redactaba discursos.
El local contaba también con la presencia del escultor Miguel “Cirro” Soto Camones, José “Oché” Salazar Pedraza y su entorno, entre ellos Gayoso y Cabrera. Se reunían para conversar sobre diversos temas y libar mientras escuchaban a grandes intérpretes internacionales como Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Cheo Feliciano, Gilberto Santa Rosa y José Feliciano, además de otros géneros como la salsa, el tango y la música romántica.
Igualmente asistían personajes notables como Manuel Robles y Juancho Robles, parientes directos de Daniel Alomía Robles y de “Pelo” D’Ambrosio, todos ellos artistas destacados. Manuel Robles fue un gran pianista; Juancho, un virtuoso del acordeón; y “Pelo”, quien inició junto a Mito Ramos el célebre conjunto “Los Pata Amarilla”, de gran éxito regional. No faltaban tampoco el recordado “Chino” Rubín ni el inefable padre “Shipivo”, hipocorístico del apellido Céspedes.
Finalmente, la radiola Wurlitzer de Pepe Jara era parte del paisaje cotidiano. La veíamos casi todos los días cuando nos reuníamos en su café, ubicado en el barrio de Paltos, entre el jirón 2 de Mayo y el pasaje Dos Aguas. Allí, entre conversaciones, recuerdos y melodías, la radiola seguía cumpliendo su misión: unir a la gente a través de la música.






