Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
En el mes de julio, entre días de celebración patria y temporada de heladas, me encuentro en el histórico Panao, capital provincial de Pachitea, tierra que guarda con orgullo la herencia de la cultura preinca de los Chupachos. Este antiguo pueblo preinca extendía su influencia desde las alturas de San Rafael (Ambo) hasta las montañas de Chinchao y Pillao, abarcando regiones como Chaglla y Pachitea.
Hoy en día, aún es posible admirar la red de caminos empedrados que conectaban diversas culturas: los Asháninka (río Pachitea), los Yanesha (Oxapampa), los Panatahuas (ubicados en las riberas de los ríos Huallaga, Monzón y Tulumayo) y los Chupachos (valle del Huallaga-Pachitea). Uno de estos caminos cruza la imponente montaña de Chinchao y el temido cerro Carpish, enlazando con la ciudadela inca de Huanacaure. Desde allí, el recorrido continúa hacia Muña-Panao, ascendiendo hasta la cima de Tambo de Vaca para luego descender hasta Pozuzo. Estos caminos facilitaron la conexión y convivencia entre culturas preincas y amazónicas, quienes solían visitarse entre los meses de junio y agosto aprovechando la época de río bajo.
Los Panatahuas quechuas, descendientes directos de los Chupachos, eran agricultores especializados en cultivos como el maíz y la papa, asentados en esta región. Respecto al origen del nombre Pachitea, hay hipótesis que sugieren una raíz quechua deformada: «Pacha Tiyag,» interpretada como «neblina que se asienta.» Por su parte, Panao deriva del quechua «Pani» (hermana) y «Tagua» (cuatro), entendida como «cuatro hermanas.»
Como herederos de los Chupachos, los Panatahuas quechuas destacaron por su espíritu guerrero. En 1812, tras años soportando abusos y las exigencias tributarias impuestas por la Corona Española, se levantaron contra los chapetones. En un primer acto desafiaron a los colonizadores expulsándolos; luego desconocieron el pago de impuestos y reclamaron libertad para comerciar coca y tabaco. Posteriormente, descendieron hacia Huánuco para jugar un rol crucial en la Revolución de Huánuco, uniéndose a la lucha junto a pobladores indígenas de Huamalíes, La Unión, Pachas, Ambo, Huácar, Chinchao, Acomayo, Pillao, Santa María del Valle y Churbamba.
El primer enfrentamiento con los españoles tuvo lugar el 22 de febrero en el puente de Huayopampa. En esa ocasión, los insurgentes salieron victoriosos, lograron entrar en la ciudad de Huánuco y la tomaron. Expulsaron a los chapetones, o españoles, quienes huyeron hacia Huariaca o Pasco, esperando la llegada de refuerzos del ejército realista procedente de Tarma. Sin embargo, días después, en marzo, enfrentaron una batalla en Ambo donde los insurgentes indígenas fueron derrotados. Los líderes de la rebelión fueron capturados y ejecutados poco tiempo después. Este trágico episodio jamás ha sido olvidado por los panatahuas, quienes hasta hoy lo recuerdan con orgullo y honran como héroes de la emancipación peruana a aquellos que dieron su vida en esta gesta heroica.
A finales de los años 90 tuve la oportunidad de viajar a Panao en una visita familiar. Durante mi estancia, decidí explorar su acogedora plaza de armas. Allí me llamó la atención la vestimenta tradicional de las mujeres jipash. Llevaban faldones negros acompañados de seis polleras (fustanes), blusas coloridas decoradas con blondas en el pecho y una manta de algodón silvestre blanca, tejida a mano y con una textura fina, que usaban para cubrir su cabello negro trenzado o sujetar la cintura. Las jóvenes solteras destacaban porque llevaban dos mantas cruzadas sobre el pecho, simbolizando su estado civil. Los hombres, por su parte, vestían pantalones negros de bayeta, una manta blanca que les ceñía la cintura, sombreros de paño negro y yanquis (ojotas) hechas de caucho reciclado, aunque antiguamente eran de cuero. Completaban su atuendo con camisas blancas de bayeta, chalecos negros y ponchos del mismo color. Algunos también portaban hualquis decorados con antiguas monedas de plata incrustadas.
Mientras caminaba por la plaza, observé cómo algunos paseaban tranquilamente mientras otros descansaban en las bancas conversando en quechua. Los jóvenes solteros y solteras intercambiaban miradas cómplices y sonrisas tímidas, dando lugar a encuentros cargados de picardía. En un momento dado, vi a un joven panatahua correr con una manta en las manos, seguido muy de cerca por una jipash. Al principio pensé que se trataba de un robo, pero pronto entendí que era parte de una costumbre llamada «quita manta», un gesto que simboliza el amor. Si el soltero roba la manta y la mujer lo persigue, significa que acepta el sentimiento y corresponde. Si no lo hace, da a entender que no otorga su consentimiento, y el joven tendrá que devolver la manta sin más remedio.
Más tarde asistí a la santa misa, ceremonia religiosa cristiana celebrada con profunda devoción por los panatahuas quechuas. La iglesia estaba completamente abarrotada; los bancos llenos y muchos fieles de pie al fondo. Esta escena me dejó impresionado, pero mi experiencia no terminó allí…
En el evento, los asistentes se organizaban en filas separadas: una para las jipash (mujeres) y otra para los varones, sin permitirse la mezcla entre ambos. El comportamiento de los fieles, profundamente conmovidos, reflejaba devoción, comunión espiritual y una considerable sumisión hacia Dios.
Al ser día festivo, en la plaza principal de Pachitea se llevaron a cabo danzas costumbristas que honran la tradición cultural de la región. Entre estas destacaron: Inca Danza: Una representación que recrea la captura del Inca, su posterior traición y el desenlace trágico de su muerte a manos de los españoles. Los participantes incluyen al Inca, cuatro alcaldes que simbolizan los cuatro suyos del Tahuantinsuyo, las pallas —hermosas mujeres que representan a las esposas del soberano— y los guerreros panatahuas (o chunchos). Chunchu danza: Una expresión cultural que reivindica las gestas guerreras de los panatahuas amazónicos, conocidos como «chunchos». Esta danza encarna valores como la fortaleza, el coraje y la valentía, destacando cómo estos guerreros formaron una élite combativa en apoyo al Inca.
La provincia de Pachitea fue creada en 1918, designándose a Panao como su capital. Sobre el origen del nombre Pachitea existen dos versiones: una que lo vincula con el río Pachitea; otra que lo asocia a una derivación de la frase quechua «Pacha Tiyag», que significa «neblina que se asienta».
En cuanto a Panao, su nombre parece derivar del quechua «Pani» (hermana) y «Tagua» (cuatro), interpretándose como «cuatro hermanas». En 1984, el territorio de Pachitea sufrió una división administrativa y se creó la provincia de Puerto Inca, habitada principalmente por comunidades nativas Asháninka y Yaneshas, además de colonos provenientes de diferentes regiones del país e incluso del extranjero.
La provincia de Pachitea es hogar de dos importantes culturas etnoamazónicas: los Asháninka y los Yaneshas. Asimismo, cuenta con pobladores descendientes de austroalemanes asentados principalmente en el distrito de Codo del Pozuzo, dedicados principalmente a la ganadería.
Pachitea es rica en historia y cultura, destaca por su exquisita gastronomía y su liderazgo como principal productor de papa en diversas variedades. Además, cuenta con un fuerte potencial ganadero. No obstante, esta provincia enfrenta serias dificultades debido a la falta de atención adecuada por parte del gobierno central. Lamentablemente, las autoridades locales han hecho poco o prácticamente nada para impulsar el desarrollo integral de esta región cargada de oportunidades.
*Escritor, economista y abogado. Cel.: 964 759 237.
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