Por: Joyce Meyzán Caldas*
Durante décadas, la educación universitaria ha sido presentada como el único camino legítimo hacia el éxito personal y profesional. En el imaginario social latinoamericano —y particularmente en el Perú— “llegar a la universidad” se asocia con progreso, movilidad social y reconocimiento. Sin embargo, esta narrativa comienza a resquebrajarse frente a una realidad compleja: altas tasas de deserción, subempleo profesional, informalidad laboral y jóvenes que, aun con un título universitario, no logran insertarse dignamente en el mercado de trabajo. Frente a este escenario nace la incógnita: ¿todos los jóvenes necesitan una educación universitaria?
Responder esta interrogante exige analizar la educación desde el contexto social, económico y cultural de cada país. No todos los jóvenes parten de las mismas condiciones ni enfrentan las mismas oportunidades. Como sostiene Paulo Freire (1997), la educación no puede entenderse como un proceso neutro ni universal, sino como una práctica profundamente vinculada a la realidad de quienes aprenden. En países con altos niveles de desigualdad, como el Perú, imponer un único modelo educativo desconoce las múltiples trayectorias juveniles y reproduce exclusiones estructurales.
Desde una mirada regional, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2020) advierte que, si bien el acceso a la educación superior ha aumentado, esto no se ha traducido necesariamente en mejores condiciones de empleo ni en reducción de brechas sociales. Muchos jóvenes estudian carreras universitarias sin orientación vocacional adecuada, motivados más por la presión social que por una decisión informada, lo que incrementa el abandono y la frustración académica.
En este escenario, el rol del Estado resulta fundamental. Las políticas educativas no deberían centrarse únicamente en ampliar la cobertura universitaria, sino en construir un sistema integral que valore la diversidad de talentos y capacidades. En el Perú, la educación técnica y tecnológica continúa siendo percibida como una opción de “segunda categoría”, pese a que el propio Ministerio de Educación reconoce la brecha existente entre la formación profesional y las demandas reales del mercado laboral. Datos del INEI muestran que un porcentaje significativo de jóvenes con estudios universitarios se encuentra subempleado, mientras sectores productivos carecen de técnicos calificados.
Mirar experiencias internacionales permite ampliar el debate. El caso de Finlandia suele citarse como referente de innovación educativa, no porque sea un modelo replicable de forma automática, sino por su enfoque contextualizado. Según Pasi Sahlberg (2015), el éxito del sistema finlandés radica en no jerarquizar la educación universitaria por encima de la técnica, sino en integrarlas dentro de un ecosistema educativo flexible, equitativo y orientado al bienestar del estudiante. En este modelo, el aprendizaje basado en problemas, la autonomía y la formación docente sólida ocupan un lugar central.
La educación del siglo XXI exige preparar a los jóvenes para un mundo en constante transformación. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 2023) destaca que las nuevas generaciones necesitarán aprender y reaprender a lo largo de toda su vida. Conceptos como aprendizaje continuo (lifelong learning), innovación y ocio activo —entendido como el uso creativo y formativo del tiempo libre— se convierten en componentes esenciales de la educación contemporánea.
En este contexto, Tony Wagner (2012) propone las denominadas siete destrezas de supervivencia del siglo XXI, entre las que destacan el pensamiento crítico, la colaboración, la adaptabilidad, la iniciativa, la comunicación efectiva y la capacidad de resolver problemas complejos. Estas habilidades no se desarrollan necesariamente mediante la memorización de contenidos, sino a través de experiencias educativas significativas y contextualizadas.
No obstante, la era digital también plantea desafíos. El uso intensivo de la tecnología ha generado nuevas formas de dependencia y adicción, especialmente entre los jóvenes. Por ello, la educación tecnológica debe ir acompañada de una formación crítica que permita un uso responsable, ético y consciente de las herramientas digitales, evitando que la tecnología se convierta en un fin en sí mismo.
Frente a estas demandas, el modelo educativo tradicional muestra signos de agotamiento. Muchas escuelas y universidades continúan priorizando la transmisión de información, la obediencia y la estandarización de respuestas, evaluando a los estudiantes mediante calificaciones que poco dicen sobre su desarrollo integral. Ken Robinson (2011) advierte que este enfoque limita la creatividad y desmotiva a los estudiantes, formando individuos preparados para aprobar exámenes, pero no necesariamente para enfrentar la vida. En la misma línea, Edgar Morin (2000) sostiene que educar para la complejidad implica formar personas capaces de pensar críticamente, integrar saberes y asumir responsabilidades sociales.
Así, la respuesta a la pregunta inicial no es simple ni categórica. No todos los jóvenes necesitan una educación universitaria, pero todos necesitan una educación de calidad, pertinente y digna. Una educación que les permita elegir su camino con libertad, sin estigmas ni imposiciones. Repensar el sistema educativo peruano implica reconocer que la universidad es una opción valiosa, pero no la única. Educar para el siglo XXI supone formar para la vida, para el trabajo, para la innovación y, sobre todo, para la autonomía y la dignidad humana.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzn







