Muchos candidatos, pocas ideas: la cultura fuera del debate electoral

Huánuco enfrenta elecciones sin propuestas para su identidad ni su patrimonio

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

 Desde el segundo lustro de la década de los ochenta, cuando el país aún caminaba entre sombras, elegí, como tantos otros en silencio, un camino que no prometía poder ni aplausos: el periodismo cultural. Lo hice con fe franciscana y con una tozudez que muchos consideraron inútil. Mientras algunos buscaban espacios de poder, otros fuimos tras las voces. Mientras se levantaban discursos, se recogían memorias. Así, poco a poco, nos fuimos adentrando en la música, en la literatura, en la pintura, en la artesanía, en las danzas, en los rostros anónimos que sostienen la identidad de esta tierra. Caminamos barrios donde la historia no está escrita, pero se canta; escuchamos a hombres y mujeres que nunca aparecerán en los libros, pero que guardan el alma de Huánuco en la garganta. Y en ese recorrido, casi sin advertirlo, fuimos entendiendo que esta tierra no solo existe: resiste.

En ese largo peregrinaje hubo ciudadanos de esos que no figuran pero que sostienen; con quienes tocamos puertas cerradas, insistimos donde nadie miraba y empujamos lo que parecía imposible. Así nacieron el Día de la Canción Huanuqueña y el Día de la Identidad Cultural Regional, no como decretos fríos, sino como actos de fe, como pequeñas victorias contra el olvido. A lo largo de los años, no faltaron voces que, desde el afecto y la confianza, me sugirieron dar el salto a la política. La última vez vino desde lejos. El maestro Julio Orbezo Martínez me llamó desde Florida, Estados Unidos, con una voz atravesada por la nostalgia y la preocupación. Habló de una ciudad que ya no reconocía, de un Huánuco que sentía descuidado, casi abandonado.

—Es hora de que te decidas, dijo, Huánuco necesita a alguien que lo mire de verdad.

No hablaba de cálculo político. Hablaba de dolor.

La respuesta fue la misma que muchos sostenemos desde estas trincheras: que el trabajo por Huánuco no necesita de un cargo para existir, que el periodismo también es una forma de servicio, una manera de incomodar, denunciar, proponer y, sobre todo, sostener la memoria.

—Por ahora no, maestro —le dije. No ahoguemos el trabajo del día a día. También desde aquí se puede servir a nuestra tierra.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio largo, pesado, como si en ese instante no solo se quebrara una expectativa, sino también una esperanza.

—Vas a tener todo mi apoyo, insistió.

Algunas respuestas no alcanzan para aliviar una preocupación tan honda.

Hoy, en medio de una nueva fiebre electoral, ese silencio vuelve con más fuerza. Porque hay algo que duele más que la crítica, más que la derrota, más que la pobreza: duele la ausencia. Hay más de sesenta listas de candidatos y más de cien voces que prometen seguridad, desarrollo y obras. Repiten palabras que suenan bien en campaña, pero cuando se afina el oído, la cultura no está, la historia no está, la identidad no está. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué se está defendiendo, si no se defiende lo que somos?

Allí están, intactos y silenciosos, esperando que alguien los mire. En Kotosh, las manos cruzadas siguen alzadas desde hace miles de años, como si aún quisieran proteger un fuego que hemos dejado enfriar. En Huánuco Pampa, el viento recorre plazas donde un imperio organizó su mundo con una sabiduría que hoy apenas alcanzamos a comprender. En Tantamayo, las torres funerarias se aferran a la montaña como si supieran que el olvido también es una forma de muerte. Más de doscientos sitios arqueológicos existen en esta región, muchos de ellos abandonados, sin investigación, sin protección, sin voz. Y lo más doloroso no es ese abandono físico, sino el abandono político: no hay propuestas, no hay leyes, no hay una mirada seria que los integre a un proyecto de desarrollo con dignidad.

Pero no es solo la piedra la que está siendo olvidada. También es la vida. En la imponente Cordillera Huayhuash, el nevado Yerupajá se alza como guardián del agua que beberán nuestros hijos. En el Bosque de Carpish, la neblina envuelve una biodiversidad que el mundo admira y que aquí apenas se nombra. En el Parque Nacional Tingo María, la naturaleza resiste, hermosa y frágil, como una promesa que aún no termina de cumplirse. Y más allá, casi en silencio, están Pichgacocha y Mancapozo, lagunas que no gritan, que no protestan, que no votan, pero que sostienen la vida. Sus aguas reflejan el cielo, pero también reflejan la indiferencia. Nadie habla de ellas, nadie las defiende, nadie propone cómo protegerlas. Es como si no existieran, y sin embargo están allí, esperando no ser las próximas en desaparecer en silencio.

Entonces se comprende que el problema no es la falta de riqueza, sino la falta de amor. Porque no se puede defender lo que no se ama, no se puede amar lo que no se conoce y no se puede conocer lo que nunca se mira. Huánuco no está vacío: está lleno de historia, de vida y de sentido, pero también está lleno de olvido. A veces vuelve a la memoria aquella llamada desde Florida, aquella voz cargada de esperanza, y la pregunta que deja flotando: si no será cierto que estamos dejando que Huánuco se nos escape de las manos, no por falta de recursos, sino por falta de conciencia.

Por eso se escribe, porque escribir también es resistir. Para que alguien, al leer estas líneas, sienta un nudo en la garganta y entienda que no se está hablando de piedras ni de paisajes, sino de lo que somos. Para que alguien, aunque sea uno, decida mirar distinto. Porque Huánuco no está abandonado: está esperando. Esperando que lo defiendan sin cálculo, que lo amen sin discurso, que lo cuiden sin interés. Y mientras ese día llega, las manos de Kotosh seguirán alzadas, no para pedir ayuda, sino para preguntarnos, en un silencio que duele, hasta cuándo.

 

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