Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
La tarde se acomoda en la colina del jirca de Rondos; en tanto, la quebrada de Puelles provoca un inquietante torbellino de viento con una nube de polvareda que se desplaza por las románticas y estrechas calles de Huánuco. Es sábado, culminando el mes de junio de la década de los 80.
La ciudad de Huánuco se encuentra en movimiento, los centros comerciales están repletos de clientes, se aprecia un movimiento económico; los escasos taxis están «fatigados» de tanta circulación, prácticamente no se encuentran en su paradero de la plaza de armas; incluso el «sapito» de Shego Rojas está empleado para realizar un servicio especial de boda. A causa de la inmovilidad, las personas se desplazan caminando llevando sus compras.
Al cabo de unos minutos, la noche cayó sobre un cielo completamente lleno de estrellas; la penumbra se erigió por una cautivadora luna llena; ella, agitada, iluminaba hasta el rincón más escondido de la urbe. Las familias comenzaron la cena sagrada; en tanto, las parejas buscaban un sitio íntimo, bajo las sombras, para refugiarse y expresar su amor inagotable en medio de abrazos, besos y caricias. Las ubicaciones favoritas: La Laguna, el Malecón, el parque Amarilis y otros, conservando discretamente memorias que persisten en el corazón hasta la actualidad.
Las conversaciones nocturnas en el seno de una familia constituían una costumbre y el instante adecuado para oír relatos, historias, leyendas y mitos, contados por sus personajes principales, muchos de ellos ya de avanzada edad, quienes, con la serenidad y el dejo huanuqueño, narraban los eventos ocurridos. Antes, sobre la mesa se colocaba la coca sagrada para la «chacchapeada», el cigarro Inca para expulsar a los espíritus negativos, la shacta «purito aguardiente» para mitigar el sufrimiento de los recuerdos, reavivarse la felicidad y aniquilar la melancolía. De una copita a otra llegabas al copón con el fin de aliviar tus nervios.
Don Ruperto, con su voz resonante y fuerte como un eco, llenaba el ambiente de vibraciones y era conocido por sus amigos como don Rupicho. Se veía «intelectual» con el cabello canoso bien cortado, las gafas para ver de cerca, los zapatos y medias negros, la camisa blanca de manga larga y el vestido de pantalón oscuro sastre. Su verbo, pulido y con chispa criolla típica del huanuqueño, era evidente; su forma de hablar y de sentarse indicaba la educación que había recibido en casa de sus progenitores. De tez clara, flaco y alto, tenía ojos color caramelo.
Don Rupicho se incorpora a la conversación; antes de esto, se sirve un huaracañazo y su aroma se expande por el ambiente. Era puro aguardiente. Comenzó su narración: Voy a compartir con ustedes algo que ocurrió en la familia, para que lo conozcan y no quede encerrado entre cuatro paredes. Mi tía, a la que llamábamos «mamacha» con afecto, había muerto hacía aproximadamente un año. Después de eso, ocurrieron sucesos inexplicables; por ejemplo, mi hija Chavelita no podía tener hijos pese a tener un matrimonio de ocho años. Ella se sentía cada vez más triste y sufría mucho por esto. Asistió a doctores y curanderos, pero nada que ver; lloraba y lloraba, ya convencida de que era una mujer infértil.
En una noche determinada, mi Chavelita empezó a soñar con la mamacha cuando ya estaba dormida; esta llegó a visitarla. Traía una cajita de zapatos bien amarrada entre sus finas manos; se sentó al lado de su sobrina nieta para consolarla y, de repente, le dijo: «Hija, no estés triste. Yo le he solicitado a la Virgen y a taita Dios que te escuchen. Pronto recibirás buenas noticias». Ya me voy, pero te dejo este encargo. Chavelita, con gran curiosidad, abrió la «cajita» y encontró a un niño pequeño sonriendo. No podía creerlo: ¡era un bebé! Al observar esto, se despertó y empezó a llorar; no sabía la razón, pero lloraba.
Después de haber pasado tres meses desde aquel sueño con la mamacha, su cuerpo empezó a cambiar; mostraba indicios de estar embarazada. Al observar esto, fue al ginecólogo, quien corroboró que estaba embarazada. Ella no podía creerlo; sus ojos brillaban de felicidad, su ánimo cambió por completo y era una mujer feliz. Así pasaron los meses hasta que tuvo un niño robusto; ¡ya era madre, como había soñado! a los 38 años, compartía su alegría con su familia. A pesar de que los días, meses y años pasaron siendo el único hijo, hoy es un padre ejemplar y un profesional exitoso. No entiendo cómo mi tía llegó en su sueño para darle a mi hija. un bebé; esto se hizo realidad, es indudable que la fe en Dios convierte los sueños en realidad. ¡Taita Dios, gracias! Por oír el llanto de mi Chavelita y devolverle la felicidad de vivir, expreso don Rupicho.
Continúa el diálogo nocturno entre copitas y copitas de shacta, envuelto en el humo del cigarro Inca, mientras se mastica la sagrada coquita; ahora el foco está en Camicha, la hija mayor, quien cuenta: Mi hijo Teodorico, que reside en Lima y trabaja en Gamarra como confeccionista de pantalones, tuvo un sueño una vez con la mamacha, quien le dijo: «¡Hijito!». Hoy no lleves ningún maletín; podrías tener un accidente. Ten cuidado, esto despertó a Teodorico. Desde ese momento, perdió el sueño, las horas y los minutos de la madrugada se extendieron hasta que salió la luz del nuevo día. Compartió este suceso con su querida esposa, quien quedó asustada justo en el instante de despedirse para ir de Surco a Gamarra (La Victoria) con su maletín lleno de documentos importantes y dinero, recordó el sueño de la mamacha y su advertencia cuando ya estaba sentado en su camioneta. Regresó a casa, dejó el maletín allí y tomó el cartapacio con muestras de su trabajo para salir hacia la fábrica. A tres cuadras de casa lo interceptaron un coche y una camioneta, desde los cuales bajaron unos seis hombres armados que le obligaron a entregar el «maletín». Sin dudar ni murmurar, mi hijo lo entregó y los delincuentes huyeron inmediatamente hacia un destino desconocido. Al ver esto, Teodorico se sintió nervioso y sorprendido; solo pudo marcar el número de su casa, que quedaba a tres calles. Su esposa fue a ayudarlo en cuanto pudo; agarró el volante del carro y llevó a su marido hasta su casa. Pasados los minutos y las horas, llegó la tranquilidad: agradecieron a taita Dios por protegerlo y a la mamacha por revelar en su sueño lo sucedido. Hasta la fecha, este suceso no tiene explicación.
Mañuco, el tercer hijo del clan, con un cigarro en la mano y una “bola” de chaccha de coca en la boca, bebiendo un copón de aguardiente puro reveló: Mi César, mi querido hijo, estaba cursando la carrera de derecho en la universidad y yo estaba muy contento con su elección. Sin embargo, una noche mientras dormía en mi cama, soñé con la mamacha y me dijo que mi Cisha estaba vestido con un uniforme de policía. Esto me despertó, ya que cuando sueño con la policía, todo me va mal, incluso tengo problemas. Bueno, llegó el día y experimenté algunos inconvenientes menores. Pero con el paso de los meses, mi hijo me sorprende diciendo que está postulando para la Escuela de Policía y después ingresa, abandonando sus estudios universitarios Algo increíble, algo que no podía creer, fue lo que me anunció la mamacha.
Así, las horas se fueron en charlas y copas de shacta, hasta que finalmente todos se marcharon cascabeleando al andar. En esta ocasión, las revelaciones se dieron durante el sueño de una persona querida por la familia. Desde el más allá, ella les comunicó algunos sucesos que, con el tiempo, se concretaron y sorprendieron a sus seres queridos, quienes todavía no logran encontrar una explicación. Todo se encuentra en el misterio; sólo les queda tener fe y rezar mucho a Taita Dios.
*Cronista, economista y abogado. Fotos: D.R. referencial.






