Por: Joyce Meyzán Caldas*
Diciembre tiene un aroma particular en los campus universitarios: una mezcla inconfundible de ansiedad por los exámenes finales y la anticipación festiva de las ceremonias de graduación. Ya casi es fin de año y, con ello, se cierran ciclos de aproximadamente cinco años de esfuerzo y expectativas acumuladas para ejercer una profesión. Los estudiantes se han formado con ilusiones sobre lo que será de sus vidas al cruzar el umbral de salida de la universidad; sin embargo, cuando se apagan los flashes de las fotos familiares, suele llegar un silencio abrumador. Es totalmente comprensible que, en ese momento crucial, tengan más dudas que certezas. Como docente, veo en sus ojos esa incertidumbre sobre el porvenir y considero necesario guiarlos, no solo desde la teoría, sino también desde el pragmatismo de quien conoce el mercado actual.
Lo primero que todo egresado debe internalizar es la gestión de sus emociones frente a la incertidumbre. La intranquilidad y la inestabilidad son compañeras frecuentes durante los primeros meses fuera del aula, y es natural que muchas veces las cosas no salgan bien al primer intento. Es fundamental desarrollar un manejo emocional sólido para evitar que los rechazos iniciales o la demora en la inserción laboral se conviertan en una crisis personal. Hoy, la resiliencia es tan importante como cualquier conocimiento técnico. A esto se suma un enemigo silencioso propio de nuestra era digital: la trampa de la comparación. Al salir al mundo, es casi inevitable abrir las redes sociales y ver que un excompañero ya consiguió un puesto, que otro está viajando o que alguien más parece tener la vida resuelta.
Muchos cometen el error de celebrar el fin de clases y posponer el papeleo, cuando la regla de oro debería ser tramitar el grado de Bachiller y el Título Profesional lo antes posible. En el contexto peruano, la condición de egresado tiene un techo muy bajo; para el Estado y las grandes corporaciones, sin los grados registrados y la posterior colegiatura, el desarrollo profesional se ve limitado. No deben dejar que la desidia administrativa les gane la partida. No obstante, el título bajo el brazo no camina solo: necesita de un motor social. Aquí entra en juego un concepto que a menudo se malinterpreta en nuestro país: el networking estratégico. Lamentablemente, solemos confundir las relaciones profesionales con la famosa “vara”, pero la diferencia es abismal. El networking no es pedir favores inmerecidos, sino construir una red de contactos basada en la reputación y en el valor que uno aporta. Los recién graduados deben mirar a sus costados: sus compañeros de carpeta son sus futuros colegas, socios o jefes. Mantener relaciones sanas y asistir a eventos del rubro es fundamental en un mercado laboral oculto donde muchas vacantes no se publican y se cubren por referencias de confianza.
En paralelo a los trámites y las relaciones humanas, es vital entender que la finalización de la carrera no es el fin del estudio, sino el inicio de la autoformación. Nunca se deja de aprender, y el día en que crean que ya lo saben todo será el día en que empiecen a volverse obsoletos. Como periodista digital, no puedo dejar de mencionar la importancia crítica de la huella digital y la marca personal. Hoy en día, los reclutadores buscan en Google a los candidatos antes de llamarlos, por lo que cabe preguntarse: ¿qué dice internet de ustedes? Es imperativo limpiar los perfiles públicos de contenido que pueda considerarse poco profesional y optimizar plataformas como LinkedIn. Esta red no es solo para buscar trabajo: es para gestionar reputación. Un perfil activo, que comparte logros, opina con criterio sobre su industria y muestra sus proyectos, proyecta competencia y modernidad. Desde ahora, ustedes son su propia empresa y deben cuidar su imagen online con el mismo celo con el que cuidan su currículum impreso.
Soy consciente de que la economía de un recién egresado suele ser limitada y, si los recursos son escasos, no hay excusa para el estancamiento. Existen cursos gratuitos de alta calidad y herramientas digitales que permiten mantenerse a la vanguardia sin costo alguno. Por otro lado, muchos jóvenes sienten desesperación por iniciar una maestría apenas un mes después de terminar el pregrado, pero mi recomendación suele ser la cautela. Una maestría es una inversión fuerte que rinde mejores frutos cuando ya se tiene claridad sobre el panorama laboral. A veces es mejor esperar unos años, entender cómo funciona el mercado de su carrera y descubrir qué rama les apasiona verdaderamente antes de especializarse. Mientras tanto, pueden optar por diplomados o cursos cortos que sumen herramientas específicas. Además, es en la práctica diaria donde se pulen las famosas habilidades blandas. La universidad enseña la técnica, pero el trabajo enseña la adaptabilidad, la comunicación asertiva y la resolución de conflictos bajo presión, competencias que los empleadores valoran incluso más que un promedio ponderado perfecto.
Finalmente, algunos consideran tomarse un año sabático al terminar. Si la familia tiene la capacidad económica para respaldarlos, no es una mala idea, siempre y cuando sea un tiempo activo y no de ocio total. Un año sabático es válido si se usa para avanzar con la tesis, agilizar trámites, perfeccionar un idioma o realizar un voluntariado. Aprovechar esos tiempos libres para nivelarse es estratégico. Caso contrario, reinsertarse tras un año de inactividad total —lo que los reclutadores llaman una “laguna curricular”— es sumamente complicado en un mercado competitivo que no perdona la pasividad. Como se puede ver, este es solo el inicio de un mundo largo, especializado y en constante aprendizaje, donde la gestión emocional, la estrategia digital y la paciencia serán sus mejores aliadas.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzn






