Por: Jorge Chávez Hurtado
La historia de una banda que no se fue del todo: sigue sonando en quienes no olvidan.
Hay canciones que no se aprenden: se heredan. Vienen de antes que nosotros y se quedan después, como una respiración antigua que no termina de irse. En Huánuco, cuando el sol cae despacio sobre los techos, antiguos y nuevos, y el aire trae ese olor a tierra húmeda, todavía parece posible escuchar algo. No es un sonido cualquiera. Es la memoria. Es la música de la banda Los Pillco Mozos, latiendo donde ya no están.
Al maestro Nicolás Miller Figueroa lo conocí en un tiempo en que aún no sabía que los recuerdos, con los años, empiezan a doler. Fue en las aulas del Leoncio Prado, en los años ochenta, cuando uno creía que la vida era larga y los maestros eternos. Él enseñaba Arte, pero en realidad enseñaba a mirar. Con su voz casi aguda, firme, nos hacía trazar líneas rectas, calles que se perdían en el fondo del papel. “Perspectiva lineal”, decía. Y uno no entendía entonces que estaba aprendiendo una verdad más honda: que todo se aleja, que todo termina en un punto de fuga… que todo, tarde o temprano, se vuelve recuerdo.
Años después lo vería en su otra dimensión. Aquella inolvidable mañana del desfile por el aniversario del colegio, cuando la banda leonciopradina dejó escapar las primeras notas de la Marcha Túpac Amaru, esa pieza de aliento nacional que aún hoy me recorre las fibras más profundas del corazón, el maestro Nicolás no solo dirigía: sostenía el tiempo. Sus manos parecían saber que cada instante era irrepetible, y por eso lo entregaba todo. No era solo música. Era un país latiendo en ese instante… y Huánuco sintiéndose parte de ese latido.
Pero esta historia no empieza ahí.
Empieza antes. Y esa memoria, esa que hoy nos salva del olvido, se la debemos al maestro Abel Gómez Leiva, quien en su libro Huánuco Dichoso recogió con paciencia y amor la historia de aquellos hombres que decidieron darle a esta tierra una voz que no se apagara.
Fue en 1965. Y decir 1965 no es decir un año: es nombrar un nacimiento.
Un grupo de músicos, hombres sencillos, sin más riqueza que su vocación, decidió fundar una banda. No había promesas, no había dinero, no había futuro asegurado. Había algo más difícil de sostener: amor por Huánuco. Al frente estaba don Pedro Egoávil Arteta, maestro de vocación, quien les repetía una frase que hoy suena como un eco que no se resigna a morir: “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino también en saber para qué se vive”. Ellos lo sabían. Vivían para la música. Y, sin saberlo, vivían también para nosotros.
Así comenzaron. Con Nicolás Miller como director, Ernesto Mallqui como subdirector, y Carlos Miller, junto a Félix Rosales, sosteniendo la organización. Y alrededor de ellos, una constelación de nombres, rescatados con fidelidad del libro Huánuco Dichoso del maestro Abel Gómez Leiva, que la memoria no siempre alcanza a abrazar completa, pero que siguen vivos en el corazón de Huánuco.
Ahí estaba Abelardo Ramírez Jiménez, el “Boliche”, marcando el tambor como si en cada golpe sostuviera el pulso mismo de la ciudad; Julio Deza Figueredo en el bombo, firme y constante, haciendo latir la profundidad del sonido; y Reynaldo Rosales Alcántara, abrazado a los platillos, dejando estallar destellos de metal como si despertara el aire.
En los vientos, la nostalgia tomaba forma: en los clarinetes, Carlos Miller, “el loco Carlos”, junto a Abilio Magro Reyes, “Cau Cau”, y Augusto Alcedo Córdova, “Chacra Gallo”, desbordando una música que iba de la alegría a la melancolía en un solo aliento; en los saxofones, Ernesto Mallqui, “Chanchito”, junto a Francisco Solano Saavedra, “El Chino”, y Aníbal Mallqui Rodríguez, haciendo del instrumento una voz que lloraba sin vergüenza. Y más allá, las trompetas: Nicolás Miller, “Chalupa”, elevando el sonido como una plegaria; Víctor Ávila, “Wusi Wila”; Jorge Alcántara, Pablo Veliz, Jorge Berrospi… empujando el aire hasta volverlo sentimiento.
Sosteniendo la profundidad estaban Dioscorides Meza en el trombón, Paulino Salomé Saavedra, Elías Cruz “Muquicho” y Agustín Guerra Garnedo en los bajos, y Víctor Príncipe Dorregaray en el bombardón, como si cada nota se hundiera en la tierra para no irse jamás.
No eran solo músicos. Eran hombres que estaban construyendo algo que ellos mismos no alcanzarían a ver completo: la eternidad.
Ese mismo año, 1965, viajaron a Huancayo. Nadie los esperaba. Nadie imaginaba que regresarían con el primer lugar. Pero volvieron triunfadores. Y Huánuco, por un instante, se sintió escuchado. En 1966, en Lima, confirmaron lo que ya era inevitable: su música no tenía fronteras. Pero lo más grande no fue el aplauso. Fue la entrega silenciosa, esa manera de vivir para los demás sin esperar nada.
Porque el músico, como dejó escrito Abel Gómez Leiva, sirve a todos sin recompensa.
Y eso, en este mundo, duele.
Yo los fui conociendo en los pliegues de la vida. A don Ernesto Mallqui lo recuerdo riendo en quechua con mi padre, como si en ese idioma se guardara la infancia. A don Carlos Miller, paciente, generoso, sembrando futuro en los jóvenes. Y a don Francisco Solano… lo recuerdo con una claridad que aprieta el pecho.
Lo entrevisté en su casa del jirón San Martín. Y en medio de la conversación, el maestro lloró. Lloró por sus compañeros, por los que ya no estaban, por esa música que empezaba a quedarse sola. Después me invitó una cerveza. Un gesto sencillo. Pero hoy sé que era su manera de detener el tiempo.
Tiempo después, llegó a mi casa con las grabaciones de la banda. Me las entregó como quien deja una herencia sin palabras. Nos despedimos sin saber.
Sin saber que era el final.
Poco después, él también partió.
Y queda la pregunta, inevitable:
¿Quién los recuerda?
Porque el olvido también es una forma de muerte. Y a veces Huánuco, hay que decirlo con el corazón en la mano, olvida demasiado rápido a quienes le dieron alma. Nombrarlos a todos sería imposible en estas líneas, pero en la memoria de su gente, de quienes no olvidan, ellos siguen vivos.
Hoy camino por estas calles donde alguna vez la música huanuqueña parecía abrazarlo todo… y ellos







