Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay hombres que no cruzan una puerta: la iluminan. No levantan la voz y, sin embargo, dejan eco. No buscan imponerse, y aun así enseñan. Humberto Teófilo Dueñas y Lucas pertenece a esa estirpe rara y silenciosa que camina sin alarde y deja huella. Su presencia no irrumpe: acompaña. No deslumbra: abriga.
Nació en la ciudad de Huánuco, en el jirón Ayacucho, cuadra cuatro, donde las casas todavía conocían a sus vecinos y las calles guardaban historias en voz baja. Pero se hizo hombre en Pampas, en esa villa incomparable a cuarenta kilómetros de la ciudad, donde la vida se aprende caminando y el carácter se forja temprano. Allí, entre cerros que amanecen despacio y caminos que enseñan resistencia, entendió que para comprender el mundo no basta con los ojos: hay que mirar con el alma, sentir con el corazón y pensar con la razón.
Pocos seres humanos trasuntan carisma sin proponérselo. Humberto lo hacía sin darse cuenta. Era generoso como quien da pan, amable como quien ofrece sombra, empático en el sentido más riguroso de la palabra: capaz de ponerse en el lugar del otro sin pedir permiso. Al encontrarte con él, algo se ordenaba dentro de ti. Una alegría discreta, una sabiduría antigua te recordaban que vivir no es correr, sino entender.
Creció bajo la guía firme de su padre, Optaciano Dueñas Rivera Medina, y la templanza serena de su madre, Octavia Lucas Espinoza, esa dupla silenciosa que forma hombres sin discursos y mujeres sin estridencias. De ellos heredó la dignidad del esfuerzo y la nobleza del trato. De joven, la vida no le fue contada: le fue exigida. Y la enfrentó como se enfrenta lo verdadero: sin atajos.
Viajó a Cerro de Pasco, La Oroya, Casapalca. Ciudades altas donde el frío no solo cala los huesos, sino también los sueños. Junto a su primo —que era sobrino y hermano de espíritu—, Humberto Mattos Julca, salió a vender bolsas y utilerías de casa. El negocio no prosperó. El dinero se agotó. La noche los alcanzó sin hospedaje. Durmieron en la calle, compartiendo una sola frazada, contando monedas que solo alcanzaban para el pasaje en tren, no para la comida. Aquella experiencia no lo endureció: lo humanizó. Aprendió que la pobreza no es miseria, que el fracaso no es derrota y que la vida, cuando prueba, lo hace para enseñar.
De ese mundo temprano nació el maestro. Inició su labor docente en los paisajes hondos de Pampas del Carmen, provincia de Huamalíes, donde la escuela es más que un edificio y el maestro es padre, consejero y faro. Caminó kilómetros interminables desde Jacas Chico, más de quince diarios, en mañanas frías y tardes largas, llevando cuadernos y sueños. Estudió la secundaria en el Instituto Nacional Agropecuario de Huánuco, hoy I.E. Marino Meza Rosales. Luego el I.S.P.P. “Marcos Durán Martel”. Más tarde, la Universidad Hermilio Valdizán. Nunca dejó de aprender, porque sabía que enseñar sin aprender es una forma de traición.
Ejerció la docencia desde los albores de los años ochenta. Caminó aulas, patios, comunidades. Y en ese trayecto compartió vida con su primo-hermano-tío del alma, Abelino Chávez Dueñas, a quien no llamaba primo, sino tío, porque hay parentescos que no obedecen a la sangre, sino al respeto. Juntos caminaron años, palabras, silencios. Juntos creyeron en la educación como acto de amor.
Hoy, cumplidos sus años de servicio profesional, Humberto no descansa. Nunca lo ha hecho. Sigue escribiendo. Sigue enseñando. Sigue dejando huella. Como profesor de Educación Primaria, del Aula de Innovación Pedagógica, formador en XO y Robótica Educativa, entendió que la tecnología no reemplaza al maestro, pero amplía sus manos. Y escribió manuales claros, generosos, pensados para ayudar al docente, no para lucirse.
Pero quizá donde su alma se revela por completo es en sus libros. Cuentos escritos para niños, con letras grandes, imágenes de colores, precios solidarios, pensando en la economía de los padres. Literatura como acto ético.
En El gran cazador, enseñó el respeto a los animales heridos y huérfanos, imaginando ejércitos del bien donde incluso un cóndor sostiene una viga como lápiz del destino.
En Toñito, habló del amor absoluto a la madre, de la muerte como viaje, de la imposibilidad de quedarse en la tierra sin ella. Un lector confesó no poder terminar el texto porque se le nublaron los ojos y terminó llorando en brazos de su mamá.
En La fea, confrontó la belleza interna y la externa, recordándonos que lo hermoso por dentro dura hasta la muerte, mientras lo de afuera es apenas un destello.
En Designios, exploró la justicia divina frente a la humana, con Iris, una niña descalza cargando baldes de agua, enseñándonos que todo acto bueno vuelve, aunque tarde.
En Amador, se internó en lo sobrenatural, en los presagios, en los silencios nocturnos que nuestros ancestros conocían bien.
En Concierto, narró una anécdota real: el matrimonio ancestral como pacto colectivo, duradero, vigilado por la comunidad. Allí confesó algo que estremece: él mismo es producto de ese concierto, de ese amor sostenido por todos.
Humberto Teófilo Dueñas y Lucas nació un 3 de noviembre de 1959. Creció en Pampas, caminó cerros, atravesó frío, escribió libros, formó generaciones. Es hijo, padre, esposo, amigo, hermano, ciudadano y, sobre todo, maestro. De esos que no se jubilan nunca porque su vocación no tiene edad.
Esta crónica no es solo un homenaje. Es una gratitud escrita con la tinta lenta de la memoria y el temblor de la ausencia. Porque hombres como Humberto nos recuerdan que la educación no se mide en títulos colgados en una pared ni en años de servicio, sino en las huellas invisibles que quedan cuando el aula se apaga y el recreo termina.
Tal vez por eso los verdaderos maestros no se jubilan nunca. Porque cuando el cuerpo descansa, la enseñanza continúa. Y mientras alguien recuerde su voz, su gesto, su paciencia, Humberto seguirá entrando a cada aula, sin cruzar la puerta, iluminándola.







