Jorge Ríos y el misterio del cerro Carpish

 

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

El 25 de febrero de 1994 quedó marcado con fuego y dolor en el corazón de Huánuco y Tingo María. Aquel día fatídico, la imponente montaña de Carpish decidió devorar el cielo y detener el tiempo, quebrando el destino de decenas de familias que perdieron a sus seres queridos en un devastador accidente aéreo. En las alturas de Las Tres Alcantarillas, donde la selva alta se abraza con el frío de la sierra, la neblina perpetua demostró no ser solo un fenómeno climático; los lugareños supieron que era un manto vivo. En el epicentro de este drama humano y místico se tejió la historia de Jorge Ríos, un joven de 38 años cuyo ímpetu empresarial era tan grande como el amor por los suyos.

El viaje hacia la tragedia comenzó con una ironía del destino. Jorge no debía estar en ese avión. Acababa de regresar a Tingo María tras un viaje a la ciudad de Tocache, donde realizó un estudio de factibilidad con el firme propósito de reabrir la sucursal de Toyota. Dicho negocio familiar, cuya sede principal estaba en Tingo María y pertenecía a su padre, don Mario Ríos, había tenido que cerrar sus puertas debido a los azotes de la subversión. Jorge era el motor de ese renacimiento, el soporte fundamental del negocio junto a sus hermanas; un hombre tenaz, visionario y un padre profundamente amoroso.

Mientras tomaba una ducha en su casa, desde donde podía observar el aeropuerto, el rugido de unas turbinas rompió el aire. A través de la ventana logró ver una aeronave de la compañía Expreso Aéreo. El temor a que su vuelo programado para las cinco de la tarde fuera cancelado por el impredecible y traicionero clima tíngales lo hizo actuar por puro instinto. Anhelaba llegar a Lima para disfrutar de un campeonato de surf, deporte que practicaba con pasión. Sin perder un segundo, se vistió apresuradamente y le pidió a su hermana Pati que lo llevara al aeropuerto. Dentro del automóvil, en una carrera contra el reloj, Jorge se iba amarrando los zapatos.

Al llegar a la pista, la fatalidad parecía cerrarle el paso: la puerta del avión ya estaba cerrada, aunque la escalera aún permanecía colocada. Allí se encontró con varias personas, entre ellas al señor Zárate, quien conversaba con el señor Perochena, piloto e hijo del dueño de Expreso Aéreo. Como Jorge era un empresario automotriz. Además, una persona conocida y querida en Tingo María, intercedieron por él. Tras suplicar que lo dejaran subir, el piloto de cabina, de nacionalidad rusa, levantó el pulgar en señal de aceptación. Abrieron la escotilla, Jorge ingresó y, detrás de él, subió el propio señor Perochena. La puerta se selló por última vez. Lo que pareció un acto de generosidad terminó siendo una trampa definitiva del destino.

Minutos más tarde, la angustia empezó a apoderarse de la región. Una amiga de la familia avisó de inmediato a Pati que el avión no había reportado su paso por Huánuco. La alarma encendió los teléfonos; llamaron a la familia en Lima y desde allí se comunicaron con Expreso Aéreo. La respuesta fue devastadora: el avión estaba perdido. Horas después se confirmó la peor de las pesadillas. La aeronave había colisionado, aproximadamente veinte minutos después de su despegue, contra la mole de piedra del cerro Las Tres Alcantarillas, en la temida zona de Carpish.

La noticia del impacto corrió como un reguero de pólvora y la población tíngalesa entera lloraba por esta trágica tragedia. Las calles de Tingo María se tiñeron de una

profunda tristeza; el llanto colectivo unió a los hogares en cadenas de oración mientras los ojos de todos seguían fijos en la misteriosa silueta de la montaña.

Entonces comenzó una búsqueda infructuosa y desesperada en aquella selva enmarañada. El mal tiempo, la lluvia implacable y una neblina densa como una pared blanca impedían que los rescatistas realizaran adecuadamente su trabajo de búsqueda por tierra, abriendo caminos a golpe de machete en medio del lodo, la tempestad y la oscuridad. Don Mario Ríos, movido por el amor inquebrantable de un padre, financió la llegada de los alpinistas de la Universidad de Lima. Fueron ellos quienes, con el valeroso apoyo de la Fuerza Aérea del Perú, la Policía Nacional y otros montañistas, lograron ubicar la zona del siniestro. Sin embargo, durante quince desgarradores días, las lluvias torrenciales y el fango hicieron imposible la recuperación de los restos. No hubo sobrevivientes.

Fue en ese momento de absoluta impotencia cuando surgieron las antiguas y profundas creencias del pueblo originario de los Chupachos. Los lugareños de Chinchao advirtieron, la montaña estaba «pesada», el cerro Chinchao se había cerrado y era estrictamente necesario pagar a la tierra mediante ritos de ofrenda ancestrales para pedir que calmara su furia y despejara la neblina. Pati, la hermana de Jorge, no lo dudó: reunió con respeto los elementos sagrados exigidos por el coloso: aguardiente, cigarrillos Inca, caramelos y coca verde de Chinchao, y se los entregó a una anciana chupacho muy experimentada en estos cultos. Al mismo tiempo, en un sincretismo único de fe, un sacerdote celebraba una misa solemne por el alma de los fallecidos.

Lo que ocurrió después rozó lo increíble y quedó grabado como un milagro en la mitología local. Tras semanas de tormenta y oscuridad absoluta, luego del pago a la montaña, la densa neblina que tapaba todo el cerro se levantó por completo. El cielo se abrió de par en par, el lodo espeso dio tregua y salió un sol radiante que iluminó toda la zona del siniestro. De pronto, el monte hostil cambió su semblante: las aves nativas comenzaron a trinar con fuerza y los animales silvestres correteaban dentro del monte con total naturalidad. Todo era completamente distinto; la montaña había aceptado la ofrenda y se volvía accesible.

Con el terreno despejado y sin las dificultades climatológicas de los días previos, los rescatistas venidos de Lima comenzaron a trepar la montaña con fluidez. Al llegar al punto exacto del impacto en Las Tres Alcantarillas, la luz del sol desnudó un cuadro horrible y desgarrador. Los restos de los pasajeros se encontraban totalmente esparcidos por la pendiente, calcinados y destrozados por la violencia del impacto y el fuego. A pesar del dantesco escenario, la milagrosa tregua del clima permitió recuperar los cuerpos de las víctimas y las partes del avión para devolverlos a sus hogares.

El doloroso descenso desde las cumbres de Carpish marcó el fin del secuestro místico de la montaña y el inicio de un luto eterno. Jorge Ríos tenía solo 38 años y un futuro brillante por delante. Fue un joven activo, tenaz e imparable en todo lo que se proponía, pero, por sobre todas las cosas, un buen esposo y un padre amoroso y responsable que dejó viuda a su compañera y huérfanos a sus cuatro hijos; el mayor de quince años y el menor de apenas cinco.

Aunque sus restos descansan físicamente en el camposanto Jardines de la Paz en Lima, su presencia, su talento empresarial y su memoria viven y vivirán por siempre en los corazones huanuqueños y tíngales. Hoy, cuando la neblina vuelve a tapar la carretera de Carpish, el pueblo recuerda con respeto que en esas cumbres el misticismo y la tragedia humana se volvieron una sola voz que se niega a quedar en el olvido.

 

*Cronista, economista y abogado. “Escribiendo con sentimiento huanuqueño”

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