Por: Jorge Chávez Hurtado
Este viernes 24 de julio, Huánuco volverá a mirar el calendario con un nudo en la garganta. No será una fecha cualquiera. Se cumplirán 95 años del nacimiento de Francisco Gumersindo Atencia Ramírez, el hombre que convirtió la guitarra en un puente entre la memoria y el corazón de un pueblo.
Será el segundo natalicio que llegará sin su presencia física.
Y, sin embargo, basta que alguien pulse los primeros acordes de «Adiós Cariño», «Sueño de Amor», «Hoja Sagrada» o “Alma” para que el maestro regrese. Porque hay hombres que parten. Pero existen otros a quienes la muerte solo les cambia de escenario.
Aquella noche del 7 de octubre de 2024, cuando el reloj marcó las 9:25, Huánuco perdió mucho más que a un compositor. Perdió a uno de sus últimos guardianes culturales. Dicen quienes lo acompañaron en sus últimos minutos que abrió lentamente los ojos para contemplar, una vez más, los rostros de quienes tanto amó. No hubo discursos. No hubo despedidas solemnes. Solo una mirada profunda, dos lágrimas deslizándose con la lentitud de un viejo huayno y un último suspiro que pareció confundirse con el silencio.
Quizá en ese instante los cerros de San Cristóbal, Paucarbamba y Rondos guardaron un minuto de duelo. Quizá el valle del Pillco dejó de respirar por unos segundos. Porque no todos los días se despide al hombre que dedicó su vida a enseñarle a un pueblo cómo sonaba su propia identidad.
Había nacido el 24 de julio de 1931, en la hacienda de Taullín, hoy centro poblado La Libertad, entre montañas, caminos de piedra y las legendarias lagunas del Pichgacocha. No describo ese paisaje por referencias ajenas. Lo conocí durante catorce años, cuando allí inicié mi vida como maestro. Sé cómo amanece entre la neblina, cómo el viento conversa con los alisos y cómo el silencio de las lagunas parece guardar antiguas melodías. Por eso me resulta fácil imaginar al pequeño Gumersindo descubriendo, mucho antes de abrazar una guitarra, que la naturaleza también sabe componer música.
A los diez años ya dominaba la guitarra con una naturalidad sorprendente. Mientras otros niños perseguían cometas, él perseguía acordes. A los diecinueve ofreció su primer recital en el histórico Teatro Segura de Lima. Pero el maestro Gumersindo nunca entendió la música como un camino hacia la fama; la entendió como una misión.
Por eso, mientras muchos artistas soñaban con brillar en solitario, él decidió sembrar.
En 1949 participó en la fundación del Centro Literario Musical Enrique L. Vega. Más tarde creó el Centro Musical Melodía Huanuqueña y contribuyó también al nacimiento del Centro Musical Huánuco. No levantó solamente instituciones; levantó refugios donde generaciones enteras aprendieron a querer la música de su tierra.
Su vida fue una permanente siembra.
En las aulas del Instituto Superior de Música Daniel Alomía Robles enseñó técnica, disciplina y sensibilidad. Como director y profesor formó músicos, pero, sobre todo, formó defensores de la identidad cultural.
Compuso más de cincuenta obras musicales. Huaynos, yaravíes, harawis, mulizas, valses, cachuas y chimayches brotaron de una inspiración que parecía inagotable. También conquistó catorce concursos nacionales con himnos para ciudades e instituciones del Perú. Pero ninguna medalla parecía emocionarlo tanto como escuchar que un niño aprendía una de sus composiciones o ver bailar a una pareja al ritmo de sus huaynos.
Porque Gumersindo Atencia jamás escribió para la gloria personal.
Escribió para Huánuco.
Fue también el impulsor del traslado de los restos del inmortal Daniel Alomía Robles a la tierra que lo vio nacer y promovió la construcción de su cripta. Publicó la Antología de la Música Tradicional Huanuqueña. Luchó por recuperar el histórico Club Central para convertirlo en un futuro centro cultural. Donde veía abandono, imaginaba cultura; donde otros observaban ruinas, él soñaba con un escenario.
En mayo de 2024, cuando muchos pensaban que el tiempo comenzaba a doblarle las alas, volvió a sorprender con Bajo el cielo huanuqueño, una producción musical que reunía nuevas composiciones como Mensaje de Amor, Qué Rico Ponche, Distancia, Sumaq Cholo, Mujer, Alma Peruana y Hoja Sagrada. Era la prueba de que el verdadero artista jamás se jubila.
Dos meses antes de partir, durante la celebración de sus 93 años, dejó unas palabras que hoy estremecen por su vigencia.
«Incentivemos nuestra cultura, que no se pierda del todo. Que vengan todos los ritmos de moda, pero no olvidemos lo nuestro. No perdamos nuestra personalidad. Guardemos mucho de nuestra cultura, por nuestro propio bien.»
Nadie imaginó entonces que aquellas frases terminarían convirtiéndose en su testamento espiritual. Hoy, mientras se acerca el 24 de julio, no basta con recordar que hace noventa y cinco años nació un extraordinario compositor. La verdadera pregunta es otra.
¿Estamos cuidando la herencia que nos dejó?
Porque el mejor homenaje no será una ceremonia protocolar ni una corona de flores. Será que un niño aprenda a tocar guitarra para interpretar un huayno huanuqueño.
Será que un adolescente descubra que la identidad no es una palabra antigua, sino una forma de amar el lugar donde nació. Será que las nuevas generaciones comprendan que la cultura no sobrevive en los museos, sino en la voz de quienes siguen cantándola.
Este viernes, cuando se cumplan 95 años de su nacimiento, Huánuco volverá a pronunciar su nombre. Y en algún rincón de esta tierra, una guitarra comenzará a llorar bajito. Entonces comprenderemos que el maestro nunca aprendió a morir.
Porque algunos hombres parten de este mundo, pero dejan algo más poderoso que la vida: dejan una canción. Y una canción verdadera nunca muere.




